Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 125
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CAPÍTULO 125

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(Punto de vista del autor)

Nora desenvolvió despacio los lirios blancos y los colocó en el jarrón de cristal del alféizar.

Los ajustó uno a uno y movió cada tallo hasta que el arreglo quedó a su gusto.

Su madre adoptiva la observaba desde la cama, con una leve sonrisa en el rostro pálido.

—¿Desde cuándo traes flores? —preguntó.

Nora se dio la vuelta. Sonrió con los ojos.

—Dicen que la semana que viene podemos empezar el tratamiento de desintoxicación —dijo—. Quería darte algo que mirar.

Su madre adoptiva soltó un suspiro suave.

—Tengo casi cincuenta años, Nora. Al final da igual que tratemos esto o no —negó despacio con la cabeza—. No tiene sentido tirar todo ese dinero.

Nora se acercó a la cama y se sentó en el borde.

—No es tirar el dinero —dijo.

Lo dijo con dulzura, pero sin dejar lugar a discusión.

—Cueste lo que cueste. No es tirar el dinero.

Su madre adoptiva se quedó callada un momento.

—Yo solo te saqué de aquel río —dijo—. Te tuve conmigo poco más de un año. Y desde entonces te has dejado la piel: has pagado mis facturas médicas, has costeado los estudios de mi hijo.

Miró a Nora con los ojos cansados.

—Si alguien tiene una deuda aquí, soy yo.

Nora negó con la cabeza.

—Tú me devolviste la vida —dijo sin más—. Todo lo demás es lo que me toca.

Su madre adoptiva no insistió más.

Solo alargó el brazo y le dio unas palmaditas en la mano.

Nora se quedó hasta bien entrada la noche. Le subió la manta hasta los hombros a su madre adoptiva y se levantó.

—Le prometí al gerente del hotel que esta noche entraría a trabajar —dijo—. Duerme un poco.

Fue hasta la puerta y la cerró tras de sí con cuidado, para que no hiciera ni un ruido.

Dos hombres trajeados esperaban en el pasillo.

No dijeron nada. Uno de ellos señaló el ascensor con un gesto.

Nora apretó el pomo de la puerta a su espalda.

Pensó en gritar. Pensó en el ruido que haría, en la escena que se armaría, en su madre adoptiva, que se despertaría al otro lado de esa puerta y empezaría a hacer preguntas.

Soltó el pomo.

Asintió una sola vez.

Bajaron en el ascensor en silencio. Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, Nora dio un paso fuera y echó a correr.

Corrió a toda velocidad hacia la entrada principal, con los zapatos resonando contra las baldosas y la respiración agitada.

Los dos hombres no la persiguieron.

Simplemente la dejaron marchar.

Llegó a las puertas de la entrada, las empujó… y se detuvo.

Damon Iron estaba al pie de la escalinata del hospital.

La miraba fijamente.

Detrás de él, los guardianes se desplegaban en abanico a ambos lados de la entrada. Decenas. Todas las salidas cubiertas. Toda la fachada del edificio bloqueada sin que se hubiera pronunciado una sola palabra en voz alta.

Damon empezó a caminar hacia ella.

Un paso. Luego otro.

Nora no podía moverse.

Se le quedaron las manos frías. Los pies no le respondían. La parte del cerebro que aún le funcionaba le repetía «corre, corre, corre», pero su cuerpo ya había entendido lo que su mente todavía no había asimilado.

No tenía a dónde ir.

Ya lo había descubierto todo. Si huía, la que lo pagaría sería su madre adoptiva.

Se quedó quieta y lo vio acercarse.

El corazón le golpeaba las costillas. No por emoción. Ni por nada que se le pareciera.

Solo miedo. Hasta la médula.

Su loba se hizo un ovillo y se quedó completamente inmóvil.

Por un segundo estúpido había pensado que iba a agarrarla como antes. Que la atraería hacia sí, que la encerraría entre sus brazos y que no la dejaría apartarse ni un centímetro.

En cambio, alargó la mano de golpe y la agarró por un puñado de pelo.

Tiró hacia arriba.

Los pies casi se le despegaron del suelo.

Se inclinó y le miró la cara. Las quemaduras del compuesto de plata le cubrían casi toda la mejilla y la mandíbula, oscuras e irregulares. El acónito de la crema que le enmascaraba el olor se le pegaba a la piel, amargo y químico, y sepultaba todo lo que había debajo.

Se quedó mirándola.

No la reconoció.

Nora estuvo a punto de echarse a reír.

Dos años. Llevaba dos años buscándola. Y en ese momento la tenía a quince centímetros de la cara y él no tenía ni idea.

Había tenido tantísimo cuidado. Había pasado tanto miedo. Y resultaba que podría haberse cruzado con él por la calle sin más.

Mantuvo la cara inexpresiva.

—No conozco a nadie que se llame Nora —dijo, aunque el cuero cabelludo le ardía de dolor—. Suéltame.

—Vendiste un anillo —dijo Damon con voz baja y tensa—. Un anillo que yo le di. Así que no me digas que no la conoces.

Nora apretó los labios y no dijo nada.

Damon la retuvo así un momento más.

Luego la soltó.

Ella trastabilló hacia un lado. Él no hizo el menor ademán de sostenerla.

—Tráedla —les dijo a los hombres que lo seguían—. Ahora no quiere hablar. Ya hablará luego.

(Punto de vista de Aria)

Salí de la habitación de mi abuelo y enfilé el pasillo hacia el ascensor.

Quería asomarme unos minutos a la habitación de la madre adoptiva de Nora y después irme a casa.

Al llegar al control de enfermería alcancé a oír retazos de una conversación: dos enfermeras jóvenes hablaban en voz baja, con las cabezas muy juntas.

Aflojé el paso.

Una de ellas decía que nunca había visto nada igual.

Un hombre que había aparecido en la entrada principal con decenas de guardias y se había llevado a alguien del edificio.

La otra contó que alguien había llamado a la policía, y que los agentes se habían presentado, habían dado una vuelta de cinco minutos y se habían marchado sin hacer una sola pregunta.

Como si ya supieran que debían mantenerse al margen.

Me detuve en el mostrador.

—La mujer a la que se llevaron —dije—. ¿Era familiar de la paciente de la habitación 4015?

Una de las enfermeras más jóvenes levantó la vista y asintió. Empezó a decir algo sobre la cara de la mujer, pero se contuvo.

—Era fácil de reconocer —dijo en cambio—. Imposible no fijarse en ella.

Saqué el móvil y pedí que me sacaran las grabaciones de seguridad del hospital.

Nada.

Habían borrado todo lo de las dos últimas horas.

Me quedé ahí quieta un instante.

Llamé a Ronan.

Contestó al segundo tono.

—¿Tienes el número de Damon? —pregunté.

—¿Para qué?

—Se ha llevado a mi amiga. Quiero recuperarla.

Hubo una pausa al otro lado.

—Esa amiga —dijo él—. ¿Se llama Nora?

Dejé de caminar.

—¿Cómo lo sabes?

—Damon la mencionó hoy.

Bajé la voz.

—Te dijo que iba a ir tras ella —dije—. Y tú no me contaste nada.

—Tú no le dijiste a Damon dónde estaba —respondió Ronan—. Tenía que buscarse otra manera. No voy a impedir que un hermano busque a alguien que le pertenece.

—Alguien que le pertenece —repetí.

Esas palabras me dejaron un sabor amargo en la boca.

—Qué amigo tan leal eres —dije—. Dime una cosa: ¿sabes de verdad lo que le hizo?

Ronan no contestó de inmediato.

Me pregunté si lo sabría.

Casi nadie lo sabía.

Me enteré de lo de Damon y Nora por casualidad, en una fiesta, en mi vida anterior. Por entonces los padres biológicos de Nora ya la habían encontrado. Habían cortado las rutas comerciales externas de la manada Iron para vengarse de Damon, y toda la historia había salido a la luz.

Nora había crecido solo con su padre adoptivo. Era la única familia que tenía. Había tenido un novio con el que llevaba tres años, alguien con quien había estado a punto de casarse.

Conoció a Damon una vez, en una pequeña exposición de arte. Bastó una mirada para que él decidiera que la quería.

Fue tras ella. Cuando descubrió que tenía novio, se la llevó igualmente. La forzó. Después él mismo le mandó fotografías al novio y se quedó mirando cómo se rompía aquella relación.

Nora intentó marcharse. Lo intentó una y otra vez.

Así que Damon se las arregló para que el padre adoptivo acabara enganchado al juego. Las deudas se acumularon a toda velocidad. Unos renegados contratados por los prestamistas se presentaron en la puerta del anciano con puños americanos bañados en plata y lo mandaron al hospital.

Nora ya no tenía adónde ir.

Volvió con Damon y le pidió que parara todo aquello.

Después de eso, se quedó. Día tras día, en esa casa, bajo su control.

La adicción del padre adoptivo empeoró. La deuda siguió creciendo.

Y cada vez que se arrodillaba ante Damon y le ofrecía el cuello para suplicar algo —que le perdonara un pago, un poco más de tiempo—, él le decía lo que le venía en gana mientras ella se quedaba quieta y lo aguantaba.

El anciano vio a su hija hacer eso una y otra vez, y todo por culpa suya.

Al final, para liberarla a ella y liberarse a sí mismo, se metió en un río.

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