Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 124
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CAPÍTULO 124

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(Punto de vista de Aria)

Elena volvió de golpe a la realidad.

Se quitó de encima el brazo de Wyatt y dio un paso atrás.

—Yo… tengo que ir a comprarle la cena a mi madre —dijo—. Me ha escrito. Me tengo que ir.

No miraba a ninguno de los dos.

Cogió el bolso y se alejó a toda prisa; al llegar a la esquina casi iba corriendo.

La vi desaparecer.

Aquello no era vergüenza. Era alguien que huía de algo que le daba miedo.

Me volví hacia Wyatt.

—¿Qué ha pasado entre vosotros dos? —pregunté—. Ya te había esquivado otras veces, pero nunca así.

Wyatt mantuvo la mirada fija en la esquina donde se había esfumado. Luego, despacio, la apartó.

—La noche que Nathan organizó esa cena para celebrar lo tuyo —dijo—. Elena bebió demasiado.

Tenía la sensación de que ya sabía por dónde iba la cosa.

—¿Vosotros dos…?

—Sí —dijo él.

Había algo de cansancio en su expresión.

—Después le dije que asumiría la responsabilidad. Me dijo que se lo pensaría en serio. —Soltó el aire—. Pero no se me acerca.

Lo pensé un segundo.

—¿No habías dicho que no la ibas a presionar? —pregunté—. Creía que pensabas esperar.

Sonrió, pero no era una sonrisa alegre.

—Me sobrevaloré.

Bajó la vista a la acera.

—Una vez cruzas esa línea, no hay vuelta atrás. Mi lobo ya solo la reconoce a ella. Y ahora es peor. Solo con imaginármela cerca de otro tío…

Se detuvo.

—Casi pierdo la cabeza —dijo—. Todo lo que construí durante años, la paciencia, el autocontrol… ella lo echó todo por tierra. Ya no puedo volver a fingir.

No dije nada.

No le faltaba razón. Se había pasado años a su lado, observándola sin decir una palabra. En mi vida anterior había hecho exactamente lo mismo hasta el final.

—Lo tengo decidido —dijo—. No voy a contenerme más.

Se giró un poco y miró calle abajo.

—Antes me decía a mí mismo que, si ella se emparejaba con otro, yo dejaría la manada Frost. Devolvería todo tal y como lo encontré y me marcharía. Ese era el pacto que había hecho conmigo mismo.

Hizo una pausa.

—Pero ya no quiero eso.

Dijo que había estado estudiando un nuevo proyecto financiero. Iba a montar su propia empresa. Algo que fuera realmente suyo, no construido sobre el apellido Frost, no ligado a ser el hijo adoptado.

—Cuando tenga algo que sea mío —dijo—, cuando pueda plantarme delante de ella sin pensar en de dónde vengo, voy a quedarme con ella. Pase lo que pase.

Me miró de reojo.

—Sé que es egoísta. Llevo años dándole a esa familia todo lo que tenía. —Apretó la mandíbula—. Quiero ser egoísta una vez. Solo esta vez.

Lo dijo en voz baja, pero no sonó nada suave.

—No voy a soltarla.

Unos minutos después, se marchó.

Me quedé allí un momento y luego eché a andar hacia el aparcamiento.

Apenas había dado unos pasos cuando alguien me llamó por mi nombre.

Damon Iron y Tristan Swift salían por la entrada del hotel. Detrás de ellos iban unos cuantos lobos más, caras conocidas del círculo social de Denver.

Había sido Damon quien me había llamado.

Me detuve y esperé a que se acercara.

—Veo que se te ha curado bien la mano —dije con una sonrisa.

No era un cumplido. Él lo sabía.

La última vez, Nora me había pedido personalmente que no fuera a por Damon. Había accedido, por ella. Pero eso no significaba que lo hubiera olvidado.

La expresión de Damon se oscureció al instante.

Sus ojos se volvieron duros y afilados, y las pupilas se le tiñeron de aquella luz amarilla de lobo. Tenía peor genio que Ronan. A cualquier otro que le hubiera hablado así ya lo habría puesto en su sitio.

Pero no se movió.

Estaba bastante segura de que no había olvidado lo que Kai le había hecho.

Tristan se interpuso entre nosotros con una sonrisa, zalamero como siempre.

—¡Aria! ¿Qué haces por aquí? ¿Cenando?

Me volví hacia él y suavicé un poco el tono.

—Acompañando a una amiga —dije—. Esta noche tenía una cita de emparejamiento.

Damon soltó un sonido corto y frío.

—Acompañando a una amiga —repitió—. ¿O buscando a tu próximo alfa ahora que Ronan está en el hospital?

Dejé de sonreír.

—¿Crees que yo lo metí ahí? —pregunté.

—¿No fuiste tú?

—La manada Stormcrest está en lo más alto de esta región —dijo él—. Hay muy poca gente que se atreva a tocar a Ronan. Y tú encabezas la lista.

Lo miré un momento.

No había nada que explicar. Quien ya ha decidido lo que piensa de ti no escucha explicaciones. Solo espera a que termines de hablar para seguir teniendo razón.

Me volví hacia Tristan.

—Tienes mala suerte con los amigos —dije—. Ronan y Damon, dos de los peores caracteres de Denver, y a ti te han tocado los dos. Es impresionante.

Tristan abrió la boca para darme la razón, pero se topó con la mirada de Damon.

Se rascó la nuca y se calló.

Me di la vuelta para marcharme.

—¿Sabes dónde está Nora?

La voz de Damon sonó a mi espalda.

Me giré de nuevo.

—¿Y si lo sé? —dije.

—Dímelo.

Ni un «por favor». Ni una explicación. Solo una orden, como si estuviera acostumbrado a que todos obedecieran sin más.

Lo miré directamente a los ojos.

—¿Y si no lo hago?

No respondió.

Se quedó mirándome. Tenía la mandíbula tensa. Las manos inmóviles a los costados.

No podía hacerme nada y lo sabía.

Después de un largo momento, habló.

—No necesito que me lo digas —dijo con frialdad—. La encontraré yo mismo.

No reaccioné.

Que mirara todo lo que quisiera.

Desde la última vez que él estuvo a punto de reconocerla, Nora se aplicaba cada día una crema para enmascarar el olor. Llevaba trazas de acónito, justo lo suficiente para tapar por completo su olor natural. Ni el lobo con mejor olfato podría rastrearla a través de ella.

Me había contado su plan. En cuanto tuviera el dinero del anillo, en cuanto estuviera pagado el tratamiento de su madre adoptiva, se iría de Denver. Se llevaría a su madre adoptiva y al hijo de esta. A algún lugar lejano. A algún lugar nuevo.

Cuando se hubiera ido, no quedaría nada que Damon pudiera encontrar.

Pasaron unos días.

La casa de subastas llamó para decir que habían encontrado un comprador.

No quería que Nora fuera sola y, total, era fin de semana, así que la llevé yo misma en coche al estado vecino.

El comprador era un hombre de mediana edad con un traje gris. Hablaba despacio y se movía como alguien que no había tenido prisa en su vida. No regateó. Miró el anillo, hizo dos preguntas y pagó un millón doscientos mil dólares sin pestañear.

La casa de subastas se quedó con su comisión.

Nora sostuvo el resto en las manos y se quedó mirándolo un segundo.

Luego volvimos al coche y conducimos directas a Denver. Directas al hospital. Pagó el saldo completo en recepción sin pararse ni a respirar.

(Punto de vista del autor)

El hombre del traje gris salió de la casa de subastas e hizo una llamada.

Le dijo a Damon que el anillo estaba confirmado: era el mismo que Damon le había dado a Nora. Pero Nora no había ido a venderlo en persona. Había sido Aria, con una mujer a la que no conocía.

Damon estaba en medio de una reunión informativa cuando entró la llamada. Los lobos sentados frente a él ya sudaban. Los dejó sudar.

Tamborileó despacio en la mesa con los dedos, una vez, dos.

—Quiero todo lo que haya sobre esa desconocida —dijo—. Treinta minutos.

Si Aria no le daba una vía de entrada, encontraría otra.

Nunca había deseado nada sin acabar consiguiéndolo.

Con Nora no sería distinto. De eso estaba seguro.

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