Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 123
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CAPÍTULO 123

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(Punto de vista de Aria)

Elena me puso el menú en las manos por debajo de la mesa.

—Les he dicho a mis padres que esta noche cenaba contigo —susurró—. No digas nada.

Cogí el menú sin decir palabra.

Ya sabía por qué estaba allí. Estaba buscando pareja, y todo aquello tenía a Wyatt de fondo. No iba a sacarle el tema en ese momento.

Abrí el menú y pedí.

El hombre sentado junto a la cita de Elena no me había quitado los ojos de encima desde que entré por la puerta. Se inclinó hacia delante.

—¿Estás soltera? —preguntó.

—No —dije—. Tengo novio.

Se le apagó el interés al instante. No volvió a dirigirme la palabra el resto de la noche.

Elena se giró hacia el hombre que tenía enfrente. Se llamaba Max. Era guapo: mandíbula marcada, corte de pelo impecable, una cara fotogénica. Elena parecía al menos ligeramente interesada, que era más de lo que yo esperaba.

La conversación derivó hacia el trabajo.

Max sonrió como si llevara un rato esperando esa pregunta.

—Mi familia tiene varias cadenas grandes de supermercados —dijo—. Con varios locales. Los ingresos mensuales son bastante sólidos.

Elena asintió con cortesía. El dinero le daba igual. Nunca le había hecho falta. Sus padres y Wyatt siempre se habían asegurado de que tuviera todo lo que necesitaba. Aunque el hombre que tenía enfrente no tuviera nada a su nombre, si le gustaba, lo tendría en cuenta igual.

Pero Max no se percató de su indiferencia.

Siguió hablando.

—Tenemos un par de propiedades en el centro —dijo—.

Y hay un edificio antiguo que tenemos ahí parado; solo el terreno vale un montón.

Ahora mismo no tengo un trabajo fijo, pero mis padres se encargan de todo.

Eso sí, mi madre es bastante exigente con la chica con la que acabe.

He tenido unas cuantas novias, y ninguna le pareció lo bastante buena, así que corté con ellas.

Hizo una pausa y luego miró por la ventana hacia el coche que Elena había aparcado en la entrada.

—¿Ese Maserati es tuyo? —preguntó.

—Mmm —dijo Elena.

—No está mal. —Asintió despacio—. Nuestras familias están más o menos al mismo nivel. Podría funcionar.

Vi desaparecer de la cara de Elena el último rastro de interés.

Max se recostó en la silla, muy satisfecho de sí mismo.

—¿Y tú a qué te dedicas? —le preguntó.

Elena sonrió.

—A nada, ahora mismo. Mi familia se ocupa de mí.

A Max se le torció el gesto.

—¿No trabajas? ¿A tu edad? ¿Cuánto tiempo piensas depender de tus padres? Si entras en mi familia, ¿vas a quedarte ahí sentada viviendo de gorra?

Elena apretó la mandíbula.

—Tengo varias propiedades frente al mar en Malibú —dijo con una calma perfecta—. Nunca he necesitado depender de nadie.

Inclinó la cabeza.

—Y como admiras tanto a tu madre, quizá deberías pasar el resto de tu vida con ella. Por lo que cuentas, haríais muy buena pareja.

Miró hacia la ventana.

—El Maserati de ahí fuera lo he pagado yo. Mira el precio si quieres.

Max abrió la boca. No le salió nada.

Entonces se le iluminaron los ojos.

—Espera, ¿o sea que tu familia está forrada de verdad? —Le cambió el tono por completo. Se inclinó hacia delante—. No tenía ni idea. Deberíamos hablar más. ¿Tu familia estaría dispuesta a…?

Elena estuvo a punto de echarse a reír. Apretó los labios y se recostó.

—Esta cita se ha acabado —dijo.

Max se tensó.

—He venido buscando pareja en serio. ¿Te parece una broma?

—Tienes el listón muy alto —dijo Elena—. Y tu madre también. No me gustaría decepcionar a ninguno de los dos. Deberías seguir buscando.

Max se puso rojo.

—No te lo tengas tan creído solo porque tienes dinero. Esa actitud te va a dar problemas.

Elena se levantó y me agarró del brazo.

—No podemos permitirnos las exigencias de tu familia —dijo con toda amabilidad—. Mucha suerte.

Salimos de allí.

En cuanto pisamos la acera, me eché a reír.

—¿De dónde lo has sacado? —pregunté.

Elena se llevó una mano a la frente.

—Hay un registro conjunto de presentaciones para buscar pareja que gestionan varias manadas. Vi su foto y pensé que tenía buena pinta. —Negó con la cabeza—. Ni siquiera puse mi apellido. Frost. Lo dejé en blanco.

—Lista —dije—. Muy lista.

Resopló.

—En la foto parecía normal.

Yo seguía sonriendo.

—¿Y qué te ha hecho apuntarte a esto?

Desvió la mirada.

—Simplemente pensé —dijo despacio— que la mayoría de las lobas de mi edad ya tienen pareja. Supongo que debería empezar a planteármelo.

No me miró mientras lo decía.

No insistí. Ya lo sabía.

Estaba intentando olvidar a Wyatt. Él le había dicho que quería hacerse responsable de ella, y yo estaba bastante segura de que ahí estaba justamente el problema.

Sabía lo bueno que era: con ella, con sus padres, con todo el mundo.

No quería que un momento de debilidad le arruinara la vida.

Así que intentaba cerrar la puerta ella misma.

Buscar a alguien nuevo. Que todo quedara zanjado.

Estaba a punto de decir algo cuando oí unos pasos acercándose a toda prisa por detrás.

Max.

Volvía a sonreír, como si los últimos cinco minutos no hubieran existido.

—Oye, he llamado a mi madre —dijo—. Le pareces genial. ¿Y si organizamos una reunión entre nuestras familias?

Elena se quedó mirándolo.

Encima creía que había sido él quien la había rechazado.

Ella abrió la boca.

Un brazo surgió por un costado.

Le rodeó los hombros a Elena y la atrajo hacia sí con una naturalidad absoluta, como si lo hubiera hecho mil veces.

Wyatt.

Era unos centímetros más alto que Max. Expresión serena. Ojos cálidos. Miró a Max como se mira algo que resulta un poco molesto.

—¿Qué le estás contando a mi novia? —preguntó. Tenía la voz baja y tranquila.

Max parpadeó.

—¿Eres su novio?

Wyatt sonrió.

—Sí.

La cara de Max cambió en un instante.

—¿Qué os pasa a vosotros? —soltó—. ¿Ya tiene pareja y anda por ahí en citas para buscar compañero? Es asqueroso.

Dio un paso adelante.

A Wyatt se le movió la garganta.

El sonido que salió fue bajo. Apenas audible. Pero surtió efecto.

Los dos tipos que estaban detrás de Wyatt —ambos con un físico de quien se pasa todas las mañanas entrenando— dieron un paso al frente al mismo tiempo.

Max los miró.

Luego miró a Wyatt.

Siguió hablando. Algo sobre que le estaban faltando al respeto, algo sobre que no tenía miedo. Pero los pies ya lo llevaban hacia atrás, y para cuando acabó la frase ya iba por mitad de la calle.

Elena no se había movido desde que Wyatt la había atraído hacia sí.

Estaba completamente quieta. Como si, mientras no respirara, él quizá no se fijara en ella.

Wyatt inclinó un poco la cabeza y acabó con la barbilla apoyada en el hombro de ella. Bajó la voz, justo al lado de su oído.

Yo estaba lo bastante cerca para oír cada palabra.

—Elena —dijo—, dijiste que necesitabas pensarte las cosas en serio.

El tono era dulce. Pero por debajo había algo más.

—¿Y esto es lo que se te ha ocurrido? ¿Quedar con otros lobos a mis espaldas?

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