CAPÍTULO 120
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(Punto de vista del autor)
Vivian dejó que vibrara una vez más, con la mirada fija en el nombre. Luego contestó.
La llamada fue breve. La voz de Martha sonó plana, no revelaba nada. Solo: ven a la finca.
Vivian colgó y fue directa al espejo.
Se tomó su tiempo. Base de maquillaje, un toque de colorete, el pelo recogido con la soltura justa para parecer natural. Eligió el vestido que sabía que la hacía parecer delicada: azul pálido, escote discreto, exactamente lo que una futura Luna debía llevar para ir a ver a la madre de su compañero.
Durante el trayecto repasó todas las razones posibles por las que Martha querría verla.
Cuando cruzó la verja de la finca, ya había dado con la respuesta más obvia.
Los detalles de la ceremonia. Martha quería repasar la ceremonia.
El ama de llaves la condujo al salón. Martha ya estaba allí, sentada en el sofá, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo.
Vivian entró con su mejor sonrisa: suave, cálida, con un toque de timidez.
—Mamá —dijo con alegría—. Ya estoy aquí.
Martha no levantó la vista.
—¿Quién es tu madre?
Las palabras cayeron como una bofetada.
La sonrisa de Vivian no flaqueó. Soltó una risita, como riéndose de sí misma.
—Tienes razón, lo siento, aún no hemos celebrado la ceremonia. Me he adelantado. —Rectificó con soltura—: Luna Martha.
Le tendió la caja que había traído: un pequeño y elegante surtido de pasteles de la mejor pastelería de la ciudad, atado con una cinta.
Martha le echó un vistazo.
—Yo no como esas cosas.
Vivian dejó la caja en la mesita auxiliar sin inmutarse. Se sentó frente a Martha, cruzó las manos sobre el regazo y mantuvo un tono dulce.
—¿He hecho algo mal? Pareces molesta.
Martha la miró entonces. La miró de verdad.
—La persona que donó sangre para Ronan —dijo—. No fuiste tú, ¿verdad?
No era una pregunta.
Algo frío le recorrió el pecho a Vivian. Mantuvo el rostro inmóvil.
—El Rh nulo es rarísimo —dijo—. ¿Quién más podría haber llegado a tiempo para…?
—Esta tarde he mandado a alguien al Mercy General a comprobarlo —dijo Martha—. Los registros son claros.
Silencio.
La voz de Martha no se alteró.
—Te daré una oportunidad para que se lo cuentes tú misma a Ronan. Si no lo haces, lo haré yo. —Hizo una pausa—. Y la ceremonia queda cancelada.
Bajo el borde del vestido, los dedos de Vivian encontraron la tela de la falda y la apretaron con fuerza.
Aguantó así un largo instante. Luego, poco a poco, aflojó los dedos.
Levantó la vista.
—¿Te has enterado —dijo— de que Aria está embarazada?
Las manos de Martha se detuvieron.
Algo le cruzó el rostro: un destello, rápido y sin defensas. Movió ligeramente las manos sobre el regazo.
Había pasado años esperando que Stormcrest tuviera un heredero. Esa única palabra —embarazada— atravesó de un tajo todo lo demás. Por un instante, los cálculos se le reordenaron en la cabeza. Si Aria llevaba en el vientre al hijo de Ronan…
Vivian la observaba. Vio exactamente lo que necesitaba ver.
—Estaba embarazada —continuó Vivian—. Pero abortó.
La expresión de Martha cambió.
—Y el niño no era de Ronan. —Vivian mantuvo un tono ligero, casi compasivo—. Era de Kai. Ese hombre con el que la ven por todas partes últimamente. —Inclinó la cabeza—. Daisy lo sabe. Ronan también.
Martha frunció el ceño.
—¿Y entonces por qué Ronan no me ha dicho nada?
Vivian dejó que el silencio durara exactamente los segundos justos.
—Puede que —dijo despacio— sea porque todavía no ha renunciado a ella. —Miró a Martha con algo que casi parecía preocupación—. Puede que siga pensando en intentar recuperarla.
El rostro de Martha se endureció.
Se levantó de golpe y dejó caer la mano abierta sobre la mesa con un golpe seco. La compostura que había mantenido toda la vida se quebró con ese mismo golpe.
—¿Se puede saber qué le pasa? —Las palabras le salieron roncas, desiguales—. ¿Cómo puede seguir colgado de una mujer así? Después de todo lo que…
—Mamá.
Vivian se puso en pie despacio. Repitió la palabra, tranquila y deliberada, y esta vez Martha no la corrigió.
Vivian cruzó la habitación y tomó la mano de Martha entre las suyas.
Martha intentó retirarla. Vivian no la soltó.
—Escúchame —dijo Vivian en voz baja—. Lo de la donación de sangre queda entre nosotras. Ronan no tiene por qué saberlo.
Martha se quedó mirándola.
—Piensa en lo que pasaría si saliera a la luz —dijo Vivian—. Que la propia Luna del Alpha de Stormcrest lo traicionó antes incluso de estar unidos. Esa clase de historia corre de boca en boca. Y tú sabes lo rápido que corre.
Dejó que aquello calara.
—Las dos queremos lo mejor para Ronan. Las dos queremos que Stormcrest siga estable. —No le aflojó la mano—. Así que no complicemos las cosas. Tú no te cruzas en mi camino y yo no me cruzo en el tuyo. ¿No es más sencillo?
Martha tenía el rostro del color de la ceniza. La mandíbula apretada. La mano libre, apretada contra el muslo.
No dijo nada.
No hacía falta.
Vivian le soltó la mano, se irguió y caminó hacia la puerta. Sin prisa. Con la barbilla firme.
La puerta se cerró a su espalda con un chasquido.
Martha se quedó sola en la sala de estar.
El silencio se cerró sobre ella por todos lados.
Pensó en el año que Aria había vivido bajo ese techo. Nunca había sido cruel con ella, exactamente; solo indiferente. Aria había tenido comida, ropa, todo lo necesario y nada más. Martha se había dicho que con eso bastaba. Que era más que suficiente.
Y ahora estaba allí de pie, con el calor de la mano de Vivian todavía en la suya, y sin ninguna salida que no le costara algo.
Había tomado la decisión un año antes. Ahora lo estaba pagando.
(Punto de vista de Aria)
El proyecto Lanwater por fin había salido adelante.
Las cifras de la manada volvían a subir y la salud del abuelo iba por buen camino. Los sanadores lo tenían con un tratamiento constante de hierbas de luna, y estaba funcionando.
Esa noche había luna llena.
Empujé su silla de ruedas por el camino que rodeaba el hospital mientras se ponía el sol. Las hojas secas cubrían el suelo y crujían bajo las ruedas. La luna acababa de asomar por encima de la línea de los árboles cuando el primer aullido bajó flotando desde las montañas.
El abuelo echó la cabeza hacia atrás y escuchó.
—Mi lobo quiere correr —dijo—. Pero el cuerpo ya no colabora.
Chloe se removió en algún lugar muy dentro de mi pecho.
Al volver a entrar, casi chocamos con alguien que salía por la puerta lateral.
Nora.
Se la veía delgada. No solo cansada: agotada de verdad, como si llevara semanas tirando con el depósito vacío.
Detuve la silla de ruedas y me acerqué a ella.
—¿Cómo está tu madre de acogida?
Nora respondió en voz baja.
—El acónito lleva demasiado tiempo en su organismo. Necesita pronto un tratamiento completo de desintoxicación, o irá a peor. —Hizo una pausa—. He estado ahorrando, pero no me llega ni de lejos.
—Yo puedo cubrirlo por ahora —dije—. Me lo devuelves cuando puedas.
No dijo que sí de inmediato. Se quedó un momento mirando al suelo.
—¿Conoces a algún comprador de joyas de confianza? —preguntó—. Alguien discreto. Tengo algo que quiero vender.
Ya me imaginaba bastante bien de qué se trataba.
—Hay una casa de subastas en el estado de al lado —dije—. Lo bastante lejos como para que Damon no pueda seguirle la pista.
Nora asintió despacio.
Empujé la silla de ruedas por la entrada y las puertas se cerraron a nuestra espalda.
El abuelo se quedó callado un momento. Luego dijo:
—Agnes vino ayer al hospital. La eché.
Alzó la vista hacia mí.
—¿Victor ha estado tramando algo últimamente?
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