Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 117
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CAPÍTULO 117

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(Punto de vista de Aria)

Pensé: «Ya está otra vez con sus tonterías».

Casi nunca hablaba mucho. Pero para ciertas cosas siempre tenía una respuesta preparada.

No iba a dejarme pagar nada de eso. Ya lo sabía.

Me quedé un momento en silencio y después pregunté:

—¿Tienes pensado ir a Las Vegas pronto?

Me miró de reojo.

—A mediados del mes que viene. ¿Por qué?

—Ya te debo demasiado —dije—. Si pudiera hacer algo que de verdad sirviera, preferiría eso a discutir por dinero.

—No me debes nada.

—Kai. —Lo miré—. Responde a la pregunta. ¿Vas a ir?

—Sí.

—Entonces no vayas.

Levantó ligeramente una ceja.

—Ese sitio es peligroso —dije.

Se quedó callado un segundo. Luego dijo:

—Viví allí más de diez años.

—Lo sé.

—Yo era parte de lo que lo hacía peligroso.

No supe qué responder a eso. Lo dijo sin más, como si hablara del tiempo. Sin vergüenza. Sin pose.

Volví a mirar por la ventanilla.

Él siguió conduciendo.

Le di vueltas a las palabras en la cabeza, buscando la manera de decir lo siguiente sin que pareciera que estaba completamente loca.

—Tuve un sueño —dije al fin.

No contestó; simplemente esperó.

—Un gran atentado. En el centro de Las Vegas. El hotel más caro de la ciudad: el edificio entero se vino abajo. Todos los que estaban dentro murieron.

Sentí las palabras raras en la boca. Sabía cómo sonaba todo aquello.

—Si tienes que ir —dije—, quédate en otro sitio. Lejos de esa zona. Es lo único que te pido.

Me oí a mí misma y casi me reí.

—Sé que solo es un sueño —añadí rápidamente—. No te estoy diciendo que cambies todo el viaje por un sueño. Solo que, si no te cuesta nada cambiar de hotel, lo cambies.

No dijo nada durante un momento.

Luego dijo:

—Haré que alguien reserve en otro sitio con antelación.

Me volví para mirarlo.

—¿En serio?

—Sí.

—¿De verdad me crees?

—Te creo —dijo—. Y, aunque no sea real, cambiar de hotel no me cuesta nada. Si a ti te deja más tranquila, con eso me basta.

No supe qué contestar a eso.

Esperaba que se lo tomara a broma. O que asintiera con educación y se olvidara en cuanto yo dejara de hablar.

Me volví hacia él y él ya me estaba mirando.

Solo un segundo.

Había algo en sus ojos: profundo y sereno, como asomarse a unas aguas sin fondo. Algo que daba ganas de acercarse más sin saber por qué.

Chloe se removió, apenas, en algún lugar por debajo de todo lo que yo había construido para mantenerla callada.

Aparté la vista deprisa.

Clavé los ojos en la calle y no volví a mirarlo.

(Punto de vista del autor)

De vuelta en la plaza, Connor derribó al último ejecutor.

Al tipo apenas le habían asomado las garras entre los nudillos cuando Connor le pisó la muñeca y lo apartó de una patada.

Se dio la vuelta y le sonrió a Ronan.

—¿Esto es lo mejor que tiene Stormcrest? —Negó con la cabeza—. Mucho ruido y pocas nueces. Igual que su Alpha.

Daisy abrió la boca.

Luego miró a los hombres que seguían de pie alrededor de Connor y volvió a cerrarla.

Ronan seguía sentado en la silla de ruedas. Tenía los ojos inexpresivos y fríos, fijos en Connor como si ya estuviera planeando algo lento y doloroso.

Su dominancia salió en oleadas, tan pesada que sus propios ejecutores se estremecieron y bajaron la cabeza.

Los hombres de Connor no reaccionaron en absoluto.

Los solitarios no se inclinaban ante el Alpha de otra manada. Las cosas no funcionaban así.

Y la silla de ruedas no ayudaba. Ronan lo sabía. Todos los que estaban allí lo sabían.

Connor había acertado. Un tigre de papel.

—Esto no se me va a olvidar —dijo Ronan con voz de grava.

Connor se encogió de hombros.

—Adelante. No vas a tener ocasión de usarlo.

Lo dijo con toda tranquilidad, como si comentara el tiempo.

Aquella frase pisoteó lo que quedaba de la compostura de Ronan hasta dejarla aplastada.

Connor se agachó y recogió del suelo el bolso de Daisy.

—Ah, y el coche y las facturas médicas de tus hombres. Si quieres presentar una reclamación, Nighthollow Industries tiene una oficina en Denver. —Se metió el bolso bajo el brazo—. Ellos se encargarán.

No volvió a mirar a Ronan.

Se dio la vuelta, les hizo una seña a sus hombres y se largó como si todo aquello apenas le hubiera robado diez minutos de la tarde.

En cuanto se fueron, Daisy se giró en redondo.

—Esto ha sido una locura. No pueden hacer algo así. No vamos a dejarlo pasar…

—Tú. —La voz de Ronan la cortó en seco—. No abriste la boca mientras estaban ahí delante. Y ahora resulta que tienes mucho que decir.

Daisy se tensó.

—Te dije que no volvieras a acercarte a Aria. —Bajó aún más la voz—. ¿Se te ha olvidado?

Ella apretó los labios y bajó la vista al suelo.

Vivian dio un paso adelante. Le puso una mano en el brazo a Daisy, con expresión dulce y preocupada.

—Estaba asustada, Ronan. No seas tan duro con ella. —Hizo una pausa y suspiró—. Es que… ya no entiendo a Aria. Antes nunca era así. ¿La habremos presionado demasiado? ¿Habremos hecho algo que la haya cambiado?

Ronan apretó la mandíbula.

—Intenté arreglarlo —dijo él—. Ella no quiso. No hay nada de qué hablar.

Seguía furioso. Pero se contuvo, como hacía siempre delante de Vivian.

La miró.

—¿Has cogido las joyas?

Vivian se acercó a lo que quedaba de la ventanilla del coche. Metió la mano entre los cristales rotos y sacó un estuche de joyas aplastado.

La tapa estaba doblada hacia un lado. Lo abrió.

El collar que había dentro se había partido en dos. A los pendientes les faltaban las piedras por completo.

Daisy dejó escapar un sonido, como si acabaran de darle un puñetazo.

—Ese conjunto valía cientos de miles —dijo ella—. Aria tiene que pagar hasta el último céntimo. Y después de todo lo que ha hecho: engañarte, quedarse embarazada de otro…

—Basta.

Los ojos de Ronan se posaron sobre ella como una losa.

Daisy recordó, un segundo demasiado tarde, que había prometido no mencionar eso fuera de las cuatro paredes de casa. Se tragó el resto de la frase.

—Iremos a elegir otra cosa dentro de unos días —le dijo Ronan a Vivian—. Vámonos.

Vivian asintió, con la mirada dulce y un poco triste. Enlazó el brazo con el de Daisy y se la llevó, diciendo que se aseguraría de que llegara bien a casa.

Cuando ya estuvieron lejos de Ronan, a Vivian le cambió la voz.

—¿De verdad estaba embarazada? —Mantuvo un tono ligero, despreocupado—. No tenía ni idea.

Daisy no pensaba. Nunca lo hacía.

—Sí. Fue todo un drama. El bebé no era de Ronan, está claro…

Y siguió hablando.

Vivian escuchó cada palabra.

Pero en lo que de verdad estaba pensando era en Ronan.

Lo sabía. Lo había sabido desde el principio. Y no había ido a por Aria por ello.

Eso no tenía sentido. Él no era así.

¿Qué tenía Aria contra él exactamente?

(Punto de vista de Aria)

Dos días después, Connor apareció en el edificio de oficinas de Ravenshade.

Llevaba el bolso de Daisy en la mano.

—Me llama cada seis horas —dijo, dejándose caer en la silla frente a mi escritorio—. Quiere que se lo devuelva.

—¿Y?

—Y lo recogí yo del suelo, así que es mío. —Le dio la vuelta entre las manos—. Parece caro. ¿Conoces a alguien del circuito que lo compre? Para que la jefa recupere algo por lo del coche.

—¿Ronan ha enviado una reclamación a la oficina de Denver?

—Qué va.

Lo pensé un momento.

—No lo hará —dije—. Se lo dijiste a la cara, delante de todo el mundo. Si manda esa factura, parecerá que anda contando céntimos. Como si necesitara el dinero. Prefiere tragarse la pérdida y fingir que le da igual.

Connor se quedó mirándome.

—Es lo más agotador que he oído en mi vida.

—Así es Ronan.

Negó despacio con la cabeza y se puso de pie.

Lo acompañé a la salida y volví a mi escritorio.

El resto de la mañana fue tranquilo. Fui despachando el montón de trabajo que tenía delante hasta la hora de comer, cuando por fin me recosté y me permití respirar un minuto.

Fue entonces cuando el teléfono que había en el bolso de Daisy empezó a sonar.

Lo miré. Luego lo cogí y contesté.

—Por fin. —La voz de Daisy llegó como una bofetada—. ¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo llamando? Pásame a Connor. Ahora mismo. Lo voy a denunciar a los ejecutores de la manada por robo. Ese bolso y todo lo que hay dentro vale una fortuna, y cuando lo metan en el calabozo…

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