CAPÍTULO 115
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(Punto de vista de Aria)
Me giré.
Ronan iba en una silla de ruedas que un ejecutor empujaba por el borde de la multitud. Tenía el rostro sombrío y hermético.
En el instante en que Daisy lo vio, se lanzó hacia él.
—¡Ronan! —Se le quebró la voz en el momento justo—. Me ha pegado. Me ha dado una patada. Me duele todo… mírame la cara…
Las lágrimas brotaron rápidas y abundantes.
El dolor probablemente era real. Pero la actuación que lo rodeaba era otra cosa muy distinta.
Ronan frunció el ceño. Me miró a mí y luego miró la mejilla hinchada de Daisy.
—Pegar a alguien en público. ¿Eso es lo que enseñan en la manada Ravenshade?
Lo miré.
—Llevas semanas acosándome —dije—. Daisy acaba de meter un coche en una zona peatonal y apuntarnos con él. Desde luego, sois tal para cual.
Endureció la mirada.
—¿Cómo que os apuntó con él?
Se volvió hacia Daisy.
Ella apartó la mirada.
—Solo quería… solo quería asustarla un poco. Nadie ha salido herido de verdad.
Se tocó la cara.
—Salvo yo.
Ronan la miró fijamente un segundo. Algo cambió detrás de sus ojos. Supe que ya lo había deducido por la forma en que ella no era capaz de sostenerle la mirada.
Pero aun así se volvió otra vez hacia mí.
—Pídele perdón a Daisy —dijo—. Hazlo y esto acaba aquí.
Casi me reí.
Elena no se quedó en el casi. Se rio sin más.
—Nos ha echado un coche encima —dijo Elena—. ¿Y ahora tenemos que disculparnos nosotras? ¿Qué lógica es esa?
—Tú le pegaste primero…
—Después de que casi nos atropellara —lo cortó Elena.
—Aria. —La voz de Ronan bajó, más dura ahora—. Discúlpate.
Ya estaba harta.
Me di la vuelta y eché a andar.
Su mano salió disparada y me agarró del brazo.
Me agarraba con fuerza. Ya no me lo estaba pidiendo.
—No te vas de aquí hasta que…
Una mano apareció por el costado.
Se movió con facilidad, sin prisa, y le quitó a Ronan la mano de mi brazo de un manotazo. Alcancé a ver un destello de garras en las puntas de sus dedos, apenas extendidas, que desaparecieron al instante.
Esa misma mano se posó en mi costado y me hizo retroceder un paso.
Reconocí el olor antes de volver la cabeza. Hierbas y algo limpio por debajo. Cálido y familiar.
Kai.
Estaba a mi lado, mirando a Ronan sin ninguna expresión en particular.
—Sabes de sobra quién tiene la culpa aquí —dijo Kai—. No hay nada que arreglar.
Alcé la vista hacia él.
—¿Qué haces aquí?
—Pasaba por aquí.
La mirada de Ronan se movió de mí a Kai. Y después se quedó en Kai.
El aire se volvió más pesado.
La presión de alfa de Ronan se desplegó, lenta y deliberada, suficiente para que la mayoría retrocediera sin darse cuenta.
Kai no se movió.
Ni siquiera parpadeó.
Ronan apretó la mandíbula.
—Me da igual lo que seas para ella —dijo Ronan—. Hoy se disculpa con Daisy. Eso no se negocia.
Kai le lanzó una mirada.
—Los asuntos de Ari —dijo— son mis asuntos.
Vivian dio un paso adelante.
—Vamos a calmarnos todos. —Su voz era suave, cuidadosamente medida—. Daisy no debería haber hecho lo que hizo. Eso es cierto. Podemos dejarlo pasar; no hace falta darle más importancia de la que tiene.
Daisy giró la cabeza hacia ella de golpe.
—Vivian…
—Cállate —dijo Vivian, todavía sonriendo.
Daisy se calló.
Entonces, desde algún punto detrás de Kai, se oyeron unas botas pesadas sobre el pavimento.
Connor apareció por la izquierda de Kai, con un grueso mazo de hierro al hombro, como si no pesara nada. Lo seguían otros tres hombres, todos de la misma complexión: grandes, relajados y nada preocupados por la escena en la que se estaban metiendo.
Connor le sonrió a Kai.
—Jefe. ¿Lo hacemos o qué?
Kai emitió un sonido breve. No llegaba a ser una palabra. Solo un asentimiento.
La sonrisa de Connor se ensanchó.
Se dio la vuelta, dio dos pasos hacia el borde de la plaza, echó el mazo hacia atrás y lo descargó sobre el capó del todoterreno negro que conducía Daisy.
El estrépito del metal fue enorme.
Volvió a golpear. El parabrisas fue el siguiente: primero una telaraña de grietas, luego un hundimiento total hacia dentro.
Daisy gritó.
—¡Ese es el coche de Ronan! ¡Se lo regaló a Vivian! ¡Ella me lo prestó! ¡Parad…!
Nadie se detuvo.
Los hombres de Connor se sumaron. Los paneles laterales cedieron. Los retrovisores se desprendieron. La luna trasera se vino abajo de un solo golpe limpio.
Vivian tenía la cara blanca como el papel.
Daisy seguía gritando, pero le había quedado una voz delgada y desesperada, como si no encontrara aire suficiente.
A su alrededor, la plaza entera se había quedado en silencio. Todos miraban.
Las manos de Ronan se cerraron sobre los reposabrazos de la silla de ruedas. Los nudillos se le pusieron blancos. El músculo de la mandíbula le trabajaba sin parar.
—¿Se puede saber —dijo en voz muy baja— qué crees que estás haciendo?
Kai no lo miró.
Se volvió hacia mí.
—¿Tienes la noche libre? —preguntó—. Podríamos cenar juntos.
Parpadeé.
—…Claro.
—¿En el local de Julian?
—Sí, me parece bien.
Con el rabillo del ojo vi cómo Ronan apretaba aún más el reposabrazos.
—Lawson.
La voz de Ronan sonó cortante y alta.
Kai lo miró al fin.
—¿Crees que no veo lo que estás haciendo? —dijo Ronan—. Estás destrozando un coche que pagué yo. La estás invitando a salir delante de mis narices. Lo estás haciendo a propósito.
Kai le sostuvo la mirada.
—¿Y si es así?
Ninguno de los dos apartó la vista.
Ronan, furioso. Kai, completamente inmóvil.
—¿Te crees que puedes faltarle el respeto a la manada Stormcrest y seguir paseándote por Denver como si nada? —dijo Ronan—. No tienes ni idea de dónde te estás metiendo.
A Kai se le movió la comisura de la boca. Apenas.
—Hasta ahora me ha ido bien —dijo.
A su espalda, los martillazos seguían sonando.
En total no pasaron ni cinco minutos.
Cuando Connor paró por fin, el todoterreno estaba irreconocible. Techo hundido, ventanillas reventadas, todos los paneles abollados sin remedio. Ahí seguía, como algo que hubiera caído desde muy alto.
Connor tiró el mazo al suelo. El hierro cayó sobre el asfalto con un sonoro golpe metálico.
Se sacudió las manos, miró a su alrededor, a todos los que seguían clavados en el sitio —Daisy, Vivian, Ronan, el corro de curiosos apretujados contra los escaparates—, y soltó un suspiro lento y satisfecho.
—Parece que a la gente se le olvida —dijo, lo bastante alto para que todos lo oyeran.
Miró a Daisy. Luego a Ronan.
—Os metéis con uno de los nuestros… ¿De verdad creéis que el nombre Nighthollow no significa nada?
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