CAPÍTULO 114
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(Punto de vista del autor)
Cuando Aria y Elena salieron, Daisy se acercó a Vivian.
—No dejes que te afecte —dijo Daisy en voz baja y apremiante—. Ronan nunca ha querido a nadie más que a ti. Aria te estaba mintiendo. Lo único que quiere es meterte ideas en la cabeza para que lo dejes.
Vivian asintió despacio.
Pero en realidad no la estaba escuchando.
Porque lo sabía: Aria había dicho la verdad.
Ronan había esquivado el tema de la ceremonia durante meses. Luego, aquella noche, volvió a su habitación del hospital y aceptó sin más, sin avisar a nadie.
Algo había pasado. Algo que tenía que ver con Aria.
Y la vez anterior, la noche antes de anunciar el compromiso, se había pasado toda la noche aparcado frente al edificio de Aria.
Vivian apretó los labios con tanta fuerza que le supo a sangre.
Ya sabía lo que significaba. Aria pesaba más en el corazón de Ronan que ella misma, y probablemente desde hacía mucho.
Pero ¿y qué?
Ella no estaba allí por amor. Estaba allí por el título. Luna de la manada Stormcrest.
Aunque Ronan la traicionara más adelante, no pensaba renunciar.
Fueran cuales fueran sus razones para aceptar la ceremonia, tenía que aferrarse a esa oportunidad.
No iba a flaquear.
Daisy seguía hablando, pero Vivian ya había dejado de oírla.
Terminaron de elegir las joyas y salieron del centro comercial. Daisy se puso al volante y sacó el coche del aparcamiento.
Al pasar junto a la plaza, Daisy las vio.
Aria y Elena, caminando despacio, con las bolsas en la mano, totalmente tranquilas.
Algo cambió en la mirada de Daisy.
—¿Quieres que les dé un susto? —preguntó.
Vivian echó un vistazo hacia allí.
—Déjalo.
Lo dijo sin darle importancia. Como si lo dijera de verdad.
Pero no hizo nada por impedírselo.
Daisy era su perro. Un perro que se alimentaba solo, que mordía por su cuenta y que cargaba con la culpa por su cuenta. El arreglo siempre le había funcionado.
Daisy llevaba rumiándolo desde la joyería. No había digerido la humillación de quedar en evidencia delante de las dependientas, delante de Aria, delante de todo el mundo.
Apretó las manos sobre el volante.
Vivian miró por la ventanilla del copiloto y no dijo nada más.
Daisy giró el volante de golpe.
El coche se subió al bordillo y se metió disparado en la plaza.
Los peatones gritaron y se dispersaron. Daisy se pegó al claxon, pisó el acelerador a fondo y enfiló directa hacia Aria.
Elena se giró en redondo y agarró a Aria del brazo.
—¡Aria, corre!
Tiró de ella. Aria no se movió.
Elena se había quedado blanca. Tiró más fuerte, pero Aria estaba plantada como si le hubieran salido raíces.
Aria ya había visto quién iba al volante.
Daisy.
No iba a hacerlo de verdad. Aria lo sabía. Daisy no tenía agallas para tanto.
La loba de Elena le gritaba que se moviera. Apretó los dientes y luego hizo lo único que se le ocurrió: abrazó a Aria y se interpuso de cara al coche.
Daisy esperaba que Aria echara a correr.
Esperaba gritos, tropiezos, quizá una caída. Quería verla huir a trompicones.
En cambio, Aria se quedó allí, sin más.
Daisy hundió más el acelerador. Mantuvo el claxon pulsado. No apartó los ojos de la cara de Aria, esperando a que se le quebrara el gesto.
No se quebró.
Aria le sostuvo la mirada como se mira una simple molestia.
Fue Daisy la que se acobardó primero.
Pisó el freno a fondo.
El coche se detuvo con un chirrido a menos de un metro de donde estaba Aria.
(Punto de vista de Aria)
Elena abrió los ojos.
Se palpó el cuerpo. Luego me revisó a mí.
Después me soltó, fue derecha a la ventanilla del conductor y se puso a increpar a Daisy.
—¿Tú estás mal de la cabeza?
Daisy bajó la ventanilla hasta la mitad.
—¿Por qué no os habéis apartado? Estaba pitando.
Elena soltó una risa sin el menor rastro de humor.
—Te has metido con el coche en una plaza peatonal. Hay carteles por todas partes. Prohibido el paso de vehículos. Te saltas la ley ¿y encima preguntas por qué no nos hemos apartado?
Sacó el móvil.
—Voy a llamar a la policía de tráfico ahora mismo. Te van a retirar el carné antes de que acabe el día.
Daisy se encogió de hombros.
—Adelante. Tengo chófer. A mí me da igual.
Elena se remangó.
La esquivé y me puse delante.
Metí la mano por la ventanilla, busqué el seguro y lo quité.
Abrí la puerta de un tirón, agarré a Daisy del brazo y tiré.
Ya venía inclinada hacia delante por el frenazo. Aproveché ese impulso, la saqué del asiento y salió despedida.
Se estrelló contra el suelo.
Antes de que pudiera reaccionar, le crucé la cara de una bofetada.
Sonó seco y cortante.
Se le hinchó media cara casi al instante.
Abrió la boca.
Le hundí la rodilla en el hombro y la inmovilicé.
Se retorció y forcejеó para levantarse. La dejé llegar a medio camino, me hice a un lado y la devolví al suelo de una patada.
Cayó de cara contra el suelo y no se levantó enseguida.
Giré la muñeca una vez y la miré desde arriba.
—Adelante —dije.
Me miró desde el suelo.
Le temblaba todo el cuerpo.
No dijo ni una palabra.
Vivian se bajó por el lado del copiloto.
Se acercó, ayudó a Daisy a ponerse en pie y luego se volvió hacia mí.
—Aria. —Su voz sonó baja y herida—. Solo estaba conduciendo. No tenías por qué hacer esto.
Elena se cruzó de brazos.
—Metió el coche en una zona peatonal y lo lanzó contra nosotras. ¿Qué se suponía que teníamos que hacer? ¿Esperar a acabar en el hospital?
A Vivian se le enrojecieron los ojos por los bordes. Se llevó la mano al pecho.
—Daisy creció en la manada Stormcrest. Cuidó de ti cuando estabas allí. ¿Cómo has podido pegarle así? ¿No podéis hablar las cosas como dos adultas?
Miré a Vivian un momento.
Luego me reí: una risa corta y apagada.
—Vivian. —Mantuve un tono neutro—. Sabes perfectamente lo que Daisy me ha hecho. No te quedes ahí fingiendo que no lo sabes.
Miré de reojo a Daisy, que seguía tambaleándose.
—No le he roto nada —dije—. Ni la he mandado bajo tierra. Teniendo en cuenta lo que acaba de hacer, yo diría que ya es bastante clemencia.
A mi espalda, una voz cortó el aire.
Era fría. Y muy serena.
—¿A quién piensas destrozar exactamente?
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