CAPÍTULO 112
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(Punto de vista de Aria)
Llegué a casa, me duché y me fui al salón con una toalla liada en el pelo.
Barnaby rondaba la mesa de centro como si allí estuviera pasando algo importantísimo.
Le rasqué detrás de las orejas y cogí el móvil.
Un mensaje sin leer del investigador privado.
Decía que la gente de Victor llevaba un tiempo buscando a alguien con mucha discreción. Quienquiera que fuera, nadie soltaba prenda. No había conseguido sacar ningún nombre.
Le contesté: «Sigue vigilando. Avísame en cuanto cambie algo».
Dejé el móvil y me quedé mirando la pared un instante.
Victor ya estaba sepultado bajo un montón de cargos. Su prioridad debería ser rebajar la condena, no mandar a gente a buscar a alguien. ¿Qué podía hacer esa persona por él ahora mismo?
No me cuadraba.
Cogí a Barnaby y me lo llevé al baño a bañarlo. Me lanzó la mirada de traición de siempre.
Cuando acabé de secarlo y acomodarlo, ya había dejado de pensar en el asunto. Apagué la luz y me metí en la cama.
A la mañana siguiente, lo primero que hice después de lavarme fue llamar a Elena.
Wyatt se la había llevado en brazos la noche anterior sin decir una palabra. Quería saber si estaba bien.
El teléfono sonó un buen rato antes de que lo cogiera.
—¿Mmm? —Tenía la voz pastosa de sueño—. ¿Quién es?
—Soy yo —dije—. ¿Dónde estás ahora mismo?
Una pausa.
—Estoy en tu casa, ¿no…? —empezó.
Y entonces se calló.
Se oyó un revuelo repentino, como si se hubiera lanzado fuera de la cama. La oí murmurar algo entre dientes —«no, no, no, no»—, luego pasos rápidos, después un golpe seco y pesado y, a continuación, un chillido corto y agudo.
Luego, un ruido como de algo que rozaba el suelo.
Luego, nada.
Volví a llamar. Salió directamente el buzón de voz.
Me quedé mirando la pantalla.
Lo más probable era que se le hubiera caído el móvil al desplomarse.
(Punto de vista del autor)
Elena abrió los ojos y supo de inmediato que estaba en el sitio equivocado.
Era su habitación. Su cama. Su techo.
No recordaba haber vuelto a casa.
Se incorporó demasiado rápido y la cabeza le dio vueltas. El vino de lobo de la noche anterior seguía clavándole las garras.
No quería estar allí. Y desde luego no quería cruzarse con Wyatt.
Sin soltar el móvil, metió los pies en las zapatillas y salió disparada hacia la puerta.
Dio dos pasos escasos.
Las piernas le fallaron. Se dio un buen golpe contra el suelo: primero las rodillas, luego las manos, y después la cara se le fue hacia delante y se dio de narices contra el parqué.
El móvil salió despedido de su mano y se deslizó hasta la mitad de la habitación. La pantalla se quedó en negro.
Se quedó tumbada un segundo, con la mano apretada contra la cara. Una humedad caliente contra la palma.
Le sangraba la nariz.
La puerta se abrió.
Levantó la vista despacio.
Primero vio un par de tobillos. Luego subió la mirada.
Wyatt estaba en el umbral, observándola desde arriba con esa misma cara serena de siempre.
La sangre le corría entre los dedos.
Elena no se había dado cuenta de que el móvil se le había apagado.
Lo miró exactamente un segundo y volvió a bajar la cabeza.
Si no lo veía, él no estaba allí.
Wyatt cruzó la habitación y se agachó delante de ella. Le puso una mano en el brazo y la ayudó a sentarse en el borde de la cama. Tenía el ceño fruncido.
—¿Cómo te has caído? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza y no dijo nada. Mantuvo la vista clavada en el suelo y se echó hacia atrás para apartarse de él.
Él se dio cuenta.
Le soltó el brazo y retrocedió un poco. Alargó la mano hacia la mesilla, sacó unos pañuelos y se los tendió.
—Límpiate y baja —dijo—. Tus padres están esperando para desayunar.
Su tono era neutro. Como si no hubiera pasado nada.
Elena se apretó los pañuelos contra la nariz y se quedó muy quieta.
Al cabo de un momento dijo:
—Lo de anoche. Lo siento.
Solo recordaba fragmentos. Despertarse a oscuras. Buscarlo con las manos. Decir su nombre.
Estaba borracha de vino de lobo. Había perdido el control. Otra vez.
La vez anterior al menos había una razón: alguien le había echado algo en la bebida. Esta vez no podía culpar a nadie más que a sí misma.
Sabía que Wyatt tenía a alguien que le importaba. Sabía que nunca había estado con nadie. Y ella le había hecho eso. Dos veces ya.
La mente le lanzó una imagen sin pedirle permiso: los hombros de él, la línea de la espalda, el sonido de su voz cuando se le volvía grave.
El calor le subió otra vez a la cara.
Se mordió con fuerza la punta de la lengua y se obligó a concentrarse.
Se dedicó todos los insultos que se le pasaron por la cabeza.
Wyatt seguía mirándola. Su expresión era prudente. Callada.
—No fue culpa tuya —dijo él con suavidad.
Elena mantuvo la cabeza baja. No le vio la cara.
—No hace falta que digas eso —dijo ella—. Sé que estás enamorado de otra. Después de lo que pasó entre nosotros… imagino que tiene que ser durísimo para ti.
Lo pensó desde el lado de él. Si alguien que no le gustara le hubiera hecho eso, ella se habría derrumbado.
Wyatt se quedó callado un momento.
Luego se acercó un poco más y empezó a decir algo.
Elena lo interrumpió.
—Wyatt. —Alzó la vista—. ¿Podemos fingir que nunca pasó? Las dos veces.
Llevaba días dándole vueltas en casa de Aria. Lo había repasado una y otra vez y siempre llegaba a la misma conclusión.
Quería que todo volviera a la normalidad. Quería que él siguiera enamorado de quien lo estuviera. Ella se recompondría, lo superaría, y volverían a ser lo que siempre habían sido.
—Tú sigue con tu vida —dijo ella—. Yo seguiré con la mía.
Algo cambió en su mirada.
Muy dentro del pecho, su lobo soltó un gruñido sordo.
—¿Eso es lo que quieres de verdad? —preguntó él.
Ella agarró el bajo de la camiseta de dormir.
—Sí —dijo en voz baja.
Wyatt la miró un largo rato.
Luego se puso de pie.
—Vale —dijo él.
Ella esperó un segundo antes de preguntar:
—¿Entonces seguimos igual que antes?
Él no contestó.
—Vístete y ven a comer —dijo—. Llevan un rato esperando.
Fue hasta la puerta y la cerró tras de sí.
El golpe sonó apenas un poco más fuerte de lo normal.
No había levantado la voz. No había dicho nada cortante.
Pero Elena lo conocía lo bastante bien para saberlo.
Estaba enfadado.
Lo que no conseguía entender era por qué.
(Punto de vista de Aria)
Esa tarde Elena me escribió desde un número nuevo y me preguntó si quería ir de compras.
Dijo que se le había roto la pantalla del móvil viejo. No me explicó gran cosa de lo de la mañana, solo que ella y Wyatt lo habían «hablado». Se la veía más aliviada que en días.
Nos lanzamos a las tiendas y ella tiró la casa por la ventana. Llevaba semanas encerrada y se estaba desquitando. Cuando acabamos con las tiendas de ropa ya se había dejado casi treinta mil.
Me arrastró a una joyería.
—Acabas de cerrar lo de Lanwater —dijo—. Nunca te he regalado nada. Elige lo que quieras. Pago yo.
Me reí.
—¿Y si quiero algo que cueste un millón?
Agitó la mano.
—Vale. Comeré fideos instantáneos unos meses. Merece la pena.
El personal me reconoció en cuanto entramos.
Allí era clienta VIP habitual.
Me saludaron con mucha amabilidad y luego se retiraron cuando les dije que solo estábamos mirando.
Fui recorriendo despacio las vitrinas.
No me compraba joyas desde hacía más de un año. En mi época con Stormcrest apenas salía. Después del divorcio me había enterrado en el trabajo.
Me detuve frente a un collar de diamantes: cadena sencilla, talla limpia, sin adornos llamativos. Justo lo que me gustaba.
No tenía etiqueta con el precio. Supuse que no sería demasiado caro. No quería que Elena se dejara una fortuna.
Estaba a punto de llamar a alguien cuando una voz sonó a mi espalda.
Familiar. Animada. De cara a la galería.
—Vivian, mira ese collar, ¿qué te parece? Lo vi justo el mes pasado en una revista. Por lo visto es de un diseñador europeo de los grandes. Carísimo. ¡Te quedaría de maravilla!
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