Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 111
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CAPÍTULO 111

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(Punto de vista de Aria)

Seguía intentando despertarla cuando Wyatt apareció en la entrada del salón.

Estaba igual que siempre: tranquilo, impasible, sin un pelo fuera de sitio.

—Me ha llamado Nathan —dijo—. Me ha dicho que Elena estaba aquí.

Miró por encima de mi hombro, hacia el sofá, donde ella seguía despatarrada e inconsciente.

—Yo la llevo a casa —dijo—. Gracias por cuidarla. Sé que no ha sido fácil.

—Es toda tuya —dije.

Me hice a un lado. No tenía por qué meterme en medio. Lo que estuviera pasando entre esos dos tenían que resolverlo ellos.

Wyatt se acercó al sofá, se agachó un segundo, le pasó un brazo por debajo de las rodillas y la levantó. Ni se movió. La cabeza le cayó sobre el hombro de Wyatt.

La sacó en brazos sin decir una palabra más.

Los vi marcharse, luego cogí el bolso y fui al baño antes de irme.

Salí unos minutos después y eché a andar hacia el ascensor.

Y entonces lo oí.

Una puerta abierta de par en par al fondo del pasillo. Voces de dentro: cortantes, desagradables, lo bastante altas para erizarte el vello de la nuca.

Aminoré el paso.

Desde donde estaba veía el interior del reservado. Preston Ridge estaba allí dentro, rodeado de unos cuantos tipos con ese aire fofo y bien alimentado de los lobos que no han dado un palo al agua en su vida.

Estaban todos alrededor de una mujer tirada en el sofá. Llevaba uniforme de hotel. Tenía el pelo revuelto. La cara mojada.

Repetía que no había hecho nada, que no le había dado pie a nadie.

Nadie la escuchaba.

Preston se inclinó sobre ella y la agarró por el cuello del uniforme.

Entré.

—Preston —dije—. Veo que sigues igualito.

Se giró de golpe.

En cuanto me vio la cara, se le agrió la expresión.

Había oído lo que contaba la gente después del banquete de cumpleaños del abuelo. Que a Preston lo habían tumbado delante de todos y que desde entonces no había conseguido superarlo. Que ya nadie de los círculos habituales lo tomaba en serio.

Al verlo ahora, con la mandíbula tensa y los ojos encendidos… sí. Aquello le llevaba carcomiendo una buena temporada.

—Tú —dijo—. Hay que tener mucho morro para presentarse aquí.

—La puerta estaba abierta —dije—. Difícil no darse cuenta.

—Voy a hacer que te arrepientas de esto. —Bajó la voz—. Te lo juro.

Me apoyé en el marco de la puerta y lo miré.

—Adelante —dije—. Inténtalo.

Dio un paso hacia mí.

Luego se detuvo.

Vi algo cruzarle la cara: un destello de algo que no quería recordar. El cuerpo lo recordó antes de que el cerebro se diera cuenta.

Se irguió y se cruzó de brazos.

—Yo no pego a mujeres —dijo—. Lárgate.

Yo, en cambio, di un paso hacia dentro.

Retrocedió medio paso antes de darse cuenta de que lo había hecho. Luego pareció recordar que no estaba solo y recuperó la seguridad de golpe. Se volvió hacia sus amigos y me señaló con el dedo.

—Sujetadla —dijo—. Sacadla de aquí.

Sus amigos se miraron.

Uno de ellos se acercó y dijo en voz baja:

—La manada Ravenshade lleva una buena racha últimamente. Y ella fue la Luna de Stormcrest. Ponerse a malas con ella…

—Me da igual. —Preston le dio una patada en la pierna al que tenía más cerca—. Hacedlo. Ya.

Vinieron a por mí.

Dos de ellos transformaron las manos a medias, con las garras fuera.

No esperé a que llegaran hasta mí.

Me aparté a un lado, dejé que el impulso del primero lo llevara de largo, le agarré la muñeca y se la torcí. Se fue al suelo de mala manera. El segundo lanzó un golpe demasiado abierto. Me agaché, pasé por debajo de su brazo y lo tumbé junto al primero. Los demás dudaron un segundo de más.

Fue suficiente.

Para cuando terminé, estaban todos en el suelo. Ninguno iba a levantarse pronto.

En lo más hondo del pecho, Chloe soltó un sonido grave, casi de suficiencia.

Me erguí y miré a Preston.

Se había quedado blanco como el papel.

Abrió la boca. Intentaba decir algo.

Alargué la mano, cogí una botella de cerveza vacía de la mesa y la estrellé con fuerza contra el canto.

El cristal se rompió limpiamente. Me quedé con el cuello en la mano: afilado, mellado, aprovechable.

Eché a andar hacia él.

—Espera… —Se le quebró la voz—. Espera, espera…

Le fallaron las piernas. Se sentó en el suelo.

—No…, por favor… —Levantó las dos manos—. Me he equivocado, ¿vale? Me he equivocado. No la tocaré. Llévatela, es tuya, solo… no te acerques más…

Me detuve frente a él.

Le lancé la botella rota.

Se estrelló en el suelo, junto a sus pies. Los cristales se esparcieron por la alfombra. Algunos trozos pequeños le alcanzaron la cara al pasar: se le abrieron finas líneas rojas en la mejilla y la mandíbula.

Dio un respingo violento y se llevó las manos a la cara.

Le di la espalda y fui hacia el sofá.

La mujer seguía allí sentada; le temblaban los hombros y las lágrimas le resbalaban por la cara.

Le tendí la mano.

—Vamos —dije—. Nos vamos.

Levantó la vista. Se le cortó la respiración.

—Gracias —susurró—. Muchísimas gracias…

—Luego —dije—. Primero salgamos de aquí.

Me cogió la mano y se puso de pie.

Al pasar junto a Preston, bajé la mirada.

Una mancha oscura se le extendía por la parte delantera del pantalón.

—Esta noche tu vejiga está haciendo horas extras —dije.

Salimos al pasillo.

Me detuve en cuanto nos alejamos de la habitación y me giré hacia ella.

—¿Estás bien?

Asintió. Todavía le temblaban las manos.

—Gracias —repitió—. De verdad. No sé qué habría…

—No vuelvas a entrar ahí —dije—. Y piénsate buscar otro trabajo. Preston es rencoroso. Si te quedas, te hará la vida imposible.

Me miró. Algo se le afirmó en el gesto.

—Lo haré —dijo—. Algún día encontraré la forma de devolvértelo. Lo digo en serio.

—No me debes nada —dije—. Solo cuídate.

La acompañé hasta el vestíbulo y no me moví hasta que se subió a un coche.

Subí al mío y me largué de allí.

(Punto de vista del autor)

La mujer se llamaba Lila.

Hizo el trayecto de vuelta a su casa sin decir gran cosa. El conductor no hizo preguntas.

Cuando se bajó delante de su edificio, seguía dándole vueltas a lo ocurrido: cómo aquella mujer había entrado sin titubear, cómo los había despachado a todos como si no fuera nada.

Casi no se fijó en la figura que había al pie de la escalera.

Una mujer de mediana edad salió de la sombra y le cortó el paso.

—¿Eres Lila? —preguntó.

Lila se detuvo.

—¿Quién lo pregunta?

La mujer sonrió. La sonrisa no le llegó a los ojos.

—Me llamo Agnes Ravenshade —dijo—. Por lazos de familia, soy tu tía.

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