Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 109
68%

CAPÍTULO 109

— ◆ —

(Punto de vista de Aria)

Ronan no se movió.

Siguió con la mirada clavada en el edificio, a mi espalda. Apretó la mandíbula. Se le quedó rígida, bloqueada. Algo turbio se le instaló en el rostro.

Y entonces estalló.

—¿Qué ha pasado ahí arriba? —exigió saber—. Entre Kai y tú. Dime exactamente qué está pasando.

La pregunta cayó como una bofetada: brusca, fea y sin el menor derecho a hacerla.

Lo miré fijamente un instante.

Luego tomé una decisión.

—¿Quieres saber qué está pasando? —dije—. Muy bien. Kai y yo ya estábamos juntos antes de que yo pidiera el divorcio.

Clavó los ojos en los míos.

—Fui yo quien insistió en el divorcio —dije—. ¿De verdad creías que lo hice solo para dejarte el camino libre con Vivian?

Lo dije a propósito. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Un sonido grave le salió de la garganta: no era exactamente un gruñido, pero se le parecía. Su lobo, asomando.

—Eso es mentira —dijo.

—¿Tú crees?

Le sostuve la mirada sin pestañear.

Ronan bajó los ojos. Apretó los reposabrazos de la silla de ruedas hasta que se le quedaron los nudillos blancos.

—Te lo prohíbo —dijo—. Tienes prohibido cualquier contacto con Kai Lawson. Ninguno.

Casi me reí.

—Me lo prohíbes —repetí.

—Ya me has oído.

—Ronan. —Lo miré como se mira algo que cuesta creer que sea real—. Estamos divorciados. Lo que pase en mi vida no tiene nada que ver contigo.

—Eso no importa…

—Tenías a Vivian —dije—. La elegiste a ella. Cada día, durante años, la elegiste a ella antes que a mí. Así que dime: ¿con qué derecho te plantas aquí a decirme que no puedo buscar mi propia felicidad?

Lo decía en serio, cada palabra.

Y mientras las decía, allí de pie, sentí que algo encajaba en su sitio dentro de mí.

El chico al que había buscado durante una década, aquel al que me había aferrado como a una tabla de salvación, nunca había sido Ronan. Nunca había sido este hombre que tenía delante. Este hombre frío, arrogante, ensimismado, que llevaba años mirándome sin verme.

No sentía nada por él.

Ni rabia. Ni dolor. Ni siquiera lástima.

Solo cansancio.

(Punto de vista del autor)

Buscar mi propia felicidad.

Esas palabras se le clavaron a Ronan como una astilla.

Había ido allí esa noche por un único motivo.

El oso de peluche. Desde que Aria había salido de su habitación del hospital aquella mañana, no había podido estarse quieto.

Cada vez que cerraba los ojos veía su cara —inexpresiva, cauta— mientras volvía a meter aquel oso viejo en el bolso, como si escondiera algo que no quería que él viese.

Había ignorado las órdenes del sanador. Había llamado a sus ejecutores y había seguido su coche.

Y luego la había visto entrar en Skyline Residences con Kai Lawson.

Había esperado abajo casi dos horas.

Cuando ella salió por fin por las puertas del vestíbulo, él había aspirado su olor al instante. Un leve aroma a hierbas. Nada más. Ningún rastro de otra persona en su piel. Los humanos no dejaban marcas de olor como los lobos. No podía saber si la habían tocado. No podía leer nada.

Y no saber era peor que saber.

Ahora ella estaba delante de él diciéndole que quería ser feliz.

Ronan sacó la mano de golpe y la agarró por la muñeca.

Los ojos le cambiaron: un ámbar oscuro se abrió paso a través del gris. Las puntas de los dedos se le afilaron. Sintió las garras hundirse en la piel de ella.

—Esto no ha terminado —dijo, con voz baja y dura—. Eras mi esposa. Mi Luna. No voy a quedarme aquí parado viendo cómo te metes en la vida de ese hombre como si los últimos diez años no hubieran significado nada.

Aria no se inmutó.

—Suéltame la muñeca —dijo—. No lo voy a repetir.

Él no la soltó.

—Corta todo contacto con Kai Lawson —dijo—. Todo. Hoy mismo.

Ella se quedó inmóvil un segundo.

Después giró la muñeca con un movimiento seco y limpio, y se zafó de él.

Antes de que pudiera reaccionar, ella puso las dos manos en la silla de ruedas y empujó.

La silla chocó con un golpe seco contra el coche aparcado detrás de él.

Ronan se fue hacia delante. Agarró la manilla de la puerta con una mano y a duras penas se mantuvo en el asiento.

El movimiento le desgarró la herida. El dolor lo golpeó como un muro.

La visión se le volvió blanca por los bordes.

No emitió ni un sonido.

Su lobo echó las orejas hacia atrás y soltó un gemido grave y quebrado.

(Punto de vista de Aria)

Se lo había advertido.

Él decidió no escuchar. Él se lo había buscado.

Me quedé plantada delante de él, mirándolo desde arriba, y la voz me salió completamente serena.

—¿Qué te importa a ti con quién paso mi tiempo? —dije—. Estamos divorciados, Ronan.

Hice una pausa.

—A no ser que… —Dejé la palabra suspendida un segundo—. ¿Me estás diciendo que, después del divorcio, has empezado a sentir algo por mí?

Esperaba que lo negara de inmediato.

Era lo que sabía de él: el orgullo por delante. Siempre.

Pero no lo hizo.

Se quedó ahí sentado. El aire de la noche se movía entre nosotros. Pasaron varios segundos.

Cuando por fin habló, lo hizo con voz ronca.

—¿Y si te dijera que sí?

Pestañeé.

Luego me reí.

Empezó baja, fue subiendo y se cortó en seco.

Porque no tenía ninguna gracia. Era simplemente absurdo.

Había seguido a ese hombre durante casi diez años.

Me había hecho más pequeña para encajar en su vida.

Me había tragado cada humillación diciéndome que acabaría mejorando.

Y cuando por fin se había terminado todo, cuando por fin había soltado de verdad, ahí estaba él, diciéndome que sentía algo por mí.

Lo conocía demasiado bien para creérmelo.

No me amaba. Simplemente no soportaba la idea de que algo que una vez había tenido estuviera ahora fuera de su alcance. Eso era todo. Puro afán de posesión disfrazado de sentimiento.

—Es lo más inútil que me ha dicho nadie en la vida —le dije.

La boca de Ronan se torció hacia un lado. No llegaba a ser una sonrisa.

—Lo sé —dijo—. A mí también me gustaría que fuera solo una broma.

Se miró las manos.

—Hace tiempo que lo sé —dijo—. Lo iba enterrando. Pero hoy… ese osito…

Se detuvo. Volvió a empezar.

—No podía dejar de pensar en ello. Si no hacía algo, iba a perder cualquier posibilidad de empezar de cero contigo. Así que vine.

Levantó la vista hacia mí.

—Quería saber si lo que sospechaba del osito era cierto —dijo—. Y quería saber si quedaba alguna parte de ti que todavía…

—No queda ninguna —dije.

—Ahora ya lo sé —dijo en voz baja.

Me di la vuelta. Caminé hacia la carretera. Pensaba parar un coche y marcharme.

Detrás de mí lo oí decirles algo en voz baja a sus guardias.

Dos de ellos se interpusieron en mi camino.

Me detuve.

Sabía defenderme. Pero Chloe estaba dormida y esos hombres podían transformarse. Tres contra una, sin mi loba… las probabilidades no me favorecían.

Volví a girarme.

—¿Qué significa esto? —dije.

—Todavía tengo preguntas —dijo Ronan.

—Tienes treinta segundos.

No se inmutó.

—Hace diez años —dijo—. ¿Me confundiste con otra persona? ¿Con quien te regaló ese osito?

Lo miré.

—Sí —dije.

Se le cortó la respiración. Solo un poco.

—Y lo que sentías entonces —dijo—, ¿era real o solo… porque creías que yo era él?

Ladeé la cabeza.

—¿De verdad te crees tan magnético como para que te hubiera perseguido diez años solo por tu encanto? —dije—. Sí, al principio te confundí con otro. Pero también llegué a sentir algo real por ti. Con el tiempo.

Dejé que aquello calara.

—La diferencia es que esos sentimientos se construyeron sobre una versión de ti que no existía.

Te miraba a través de un filtro. Ahora el filtro ha desaparecido.

—Lo miré de frente—. Y sin él, lo único que veo es a un hombre arrogante, desconsiderado, que nunca pensó en nadie más que en sí mismo.

Ahí no hay nada que yo pueda echar de menos.

Ronan se quedó callado un largo rato.

Inspiró despacio, como si intentara contener algo.

Entonces levantó la vista hacia mí y bajó mucho la voz.

—¿Y si te dijera que quiero empezar de nuevo? —dijo—. ¿Y si te dijera que estoy dispuesto a hacer lo que haga falta… y te pidiera que volvieras? ¿Que volvieras a ser mi Luna?

❦ ❦ ❦