Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 108
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CAPÍTULO 108

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(Punto de vista de Aria)

Oliver me llevó a la sala de reuniones de la tercera planta.

Un joven con gafas se levantó en cuanto entré. Vincent. El asistente de Thane Nighthollow, el que nunca daba la cara en público. Nos habíamos dado la mano una vez, durante la primera ronda de negociaciones de inversión. Era exactamente como lo recordaba. Tranquilo, preciso, cada palabra medida.

Dijo que Nighthollow Industries estaba interesada en un proyecto conjunto en Lanwater. Que las condiciones eran flexibles. Que esta vez el responsable había venido en persona, pero que había salido a atender una llamada y volvería enseguida.

Asentí y me senté.

Por fuera, serena. Por dentro, lo estaba repasando todo a la vez.

Stormcrest llevaba semanas presionando a nuestros socios y nos iba cortando las salidas una a una. Y ahora, justo en medio de todo eso, Nighthollow entraba en escena y se hacía cargo del proyecto de Lanwater. Y no con un asistente. Con el propio CEO.

Pensé en el viaje a Vancouver. En la piedra de luna que se vendió por quince millones. En la cadena de pruebas del envenenamiento que apareció de la nada de un día para otro.

Todas las sospechas que había enterrado empezaron a aflorar otra vez, una tras otra.

La puerta se abrió.

Kai entró.

Lo miré.

Me vinieron dos palabras a la cabeza: «por supuesto».

Muy dentro de mí, Chloe se removió.

Se sentó en el sofá, a mi lado, relajado, como si lo hubiera hecho cien veces.

—Ni te has sorprendido —dijo—. Eso me gusta de ti.

No le acepté el cumplido.

—El CEO de Nighthollow —dije—. ¿Eres tú?

—Thane Nighthollow es lo que figura en los papeles —dijo—. Yo siempre he preferido Kai.

Lo miré fijamente un momento.

—Eres humano —dije—. ¿Cómo acaba un humano dirigiendo Nighthollow?

Sonrió.

—¿Quién ha dicho que Nighthollow solo acepte lobos?

—Crecí en el Territorio Renegado, a las afueras de Las Vegas —dijo—. A esa gente no le importan los linajes. Les importa lo que sabes hacer.

Mantuve el gesto impasible.

Su olor era el mismo de siempre: un leve rastro de hierbas y, por debajo, algo fresco, como a pino. Nada había cambiado en él. Pero ahí estaba yo, sentada, dándome cuenta de que llevaba meses equivocándome por completo sobre quién era.

Lo había tomado por un mantenido. Alguien que se pasaba el día tirado a la bartola y cogía algún turno en la taberna de Julian cuando le apetecía.

Quería que me tragara la tierra.

Volví a centrarme.

—El proyecto de Lanwater —dije—. ¿Cuál es tu verdadero motivo para entrar en esto?

—Es una buena inversión —dijo—. La rentabilidad es sólida. Eso es todo.

—¿Nada más?

—Nada más.

Dejé escapar el aire despacio.

Ya le había aceptado demasiado. No quería más favores que no pudiera devolver. Pero si esto era solo un negocio —si Nighthollow ganaba su dinero y se marchaba—, entonces estaríamos en paz. Con eso sí podía vivir.

Hablamos casi una hora. El marco básico quedó perfilado. Los detalles del contrato vendrían después.

Cuando terminamos, Kai y Vincent se levantaron para marcharse. Los acompañé abajo.

En el aparcamiento lo vi antes de que él dijera nada. Tenía una rueda trasera pinchada.

Kai la miró y luego apartó la vista. No llamó a una grúa. Dijo que le pediría a Connor que trajera otro coche.

Me oí decir:

—Puedo llevarte.

Las palabras ya habían salido.

Me miró y se le movió la comisura de la boca. Apenas.

Lo supe al instante. La rueda. Connor. Todo.

Pero ya lo había dicho.

—Skyline Residences —dijo.

Vincent se subió al asiento de atrás sin decir palabra y dejó libre el del copiloto. El osito ya estaba guardado en mi bolso.

No hice ningún comentario. Me limité a conducir.

Unos treinta minutos después, me detuve delante del edificio.

Kai se volvió hacia mí.

—Sube un rato.

—Debería volver…

—Traje caramelos del viaje —dijo—. De allí mismo. Artesanales.

La negativa se me murió en la garganta.

Me quedé ahí sentada un segundo.

—Está bien —dije—. Solo un momento.

Era consciente de lo poco convincente que sonaba. Me daba igual. Esos caramelos merecían la pena siempre, y en secreto sospechaba que les echaba algo, porque ningún caramelo normal podía sentar tan bien.

Arriba me di cuenta de que Vincent se había esfumado en algún punto entre el ascensor y la puerta.

Kai abrió un armario y sacó varios frasquitos de cristal llenos de caramelos de colores. Los dejó sobre la mesa.

—Todos nuevos —dijo.

Cogí uno, le di una vuelta a la tapa y me dejé caer un caramelo en la lengua.

El dulzor se extendió despacio. Algo se me destensó en el pecho.

Guardé el resto de los frascos en el bolso.

Me levanté para marcharme.

—Quédate a cenar —dijo.

Pensé en decir que no. De verdad que lo pensé.

Luego me acordé de cómo cocinaba.

—Vale —dije.

Para cuando acabamos de cenar, las ventanas ya estaban completamente a oscuras.

Le dije que no me acompañara abajo. Bajé sola en el ascensor, empujé las puertas del vestíbulo y salí al aire de la noche.

Metí la mano en el bolso y saqué uno de los frascos de caramelos. Agité el frasco hasta que cayó en la palma uno morado claro y me lo metí en la boca.

Levanté la vista.

Los pies se me quedaron clavados en el suelo.

Había tres ejecutores junto a mi coche. Enormes. Y entre ellos, una silla de ruedas.

Ronan.

El caramelo perdió todo su dulzor.

Tenía el coche completamente bloqueado. No me quedaba más opción que seguir hacia delante.

Me acerqué.

Ronan me había estado observando desde que salí por las puertas. Me siguió con la mirada paso a paso.

—¿Ahora sigues a la gente por diversión? —dije—. ¿O es una costumbre nueva?

Había notado el coche detrás de mí durante el trayecto. Lo había tomado por una casualidad. Al ver a sus ejecutores plantados junto a mi coche, entendí de qué iba en realidad.

No respondió a eso. Levantó una mano y los ejecutores retrocedieron.

Luego me miró.

—¿Estáis juntos? —Tenía la voz baja—. Kai y tú.

Tenía la mano aferrada al reposabrazos de la silla de ruedas. Se le habían puesto los nudillos blancos.

—Eso no es asunto tuyo —dije.

—Solo dímelo —insistió—. ¿Lo estáis?

—Lo que yo haga y con quién me vea no tiene nada que ver contigo —dije.

—¿Qué hacías ahí arriba? —preguntó.

Lo miré.

—No te debo ninguna explicación —dije.

Me giré y señalé mi coche, todavía encajonado por los dos lados.

—Aparta a tu gente.

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