Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 104
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CAPÍTULO 104

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(Punto de vista de Aria)

Recordaba cómo se había desarrollado lo de Lanwater en mi vida anterior.

Tres partes habían sacado adelante ese proyecto juntas.

Una de ellas era una filial de Stormcrest.

En aquel entonces, le había entregado a Ronan y a su manada absolutamente todo: mi tiempo, mi energía, mi lealtad.

Lanwater había sido uno de los mayores puntos de inflexión de toda aquella época. Recordaba cada detalle.

Dejé el teléfono y miré el montón de trabajo que tenía sobre el escritorio.

Eran casi las nueve. Volví a lo mío.

Oliver llamó a la puerta veinte minutos después.

—Derek ha convocado una reunión —dijo—. Quiere que estés allí.

Ya sabía de qué iba. La parcela llevaba casi una semana sin novedades. Derek y su camarilla de accionistas veteranos estaban impacientes por mover ficha. No podían llegar al abuelo, así que venían a por mí.

Cogí el teléfono y salí detrás de Oliver.

La sala de juntas estaba a reventar. Casi todas las caras pertenecían al bando de Derek. El abuelo no estaba. Por supuesto que no: sabían que no les convenía intentar algo así con él en la sala.

Entré taconeando y me senté a la mesa.

Derek sonrió. La sonrisa no le llegó a los ojos.

—Aria —dijo—, solo quiero asegurarme de que no te has olvidado de esa parcela que compramos. La que nos costó trescientos millones.

—La recuerdo —dije.

—Nos dijiste que el anuncio de la oficina de urbanismo llegaría enseguida. Dijiste que Lanwater iba a ser zona de desarrollo prioritario. —Se inclinó hacia delante—. Eso fue hace casi una semana. El plazo que nos diste prácticamente se ha cumplido. ¿Dónde está el anuncio?

Me recosté en la silla.

—Saldrá pronto. Si no me crees, espera y verás.

A Derek se le borró la sonrisa.

—Y seguimos esperando. Ese es el problema. Trescientos millones en capital líquido no son calderilla para esta manada. Tomaste una decisión y, ahora mismo, pinta mal. Estás arrastrando a toda la manada a un agujero.

Ya ni se esforzaba en ser sutil. Lo decía sin rodeos: que no sabía lo que hacía.

Uno de los accionistas, cerca del otro extremo de la mesa, intervino.

—Seamos sinceros. Se pasó años volcando recursos en Ronan Stormcrest y no sacó nada a cambio. ¿Por qué iba a ser distinto esto?

Algunos se rieron. No muy alto, pero lo suficiente.

Otro añadió:

—Es una Alpha en funciones que ni siquiera es capaz de proyectar un aura. ¿Qué le estamos confiando que dirija, exactamente?

Los comentarios seguían llegando. Uno tras otro. Cada uno golpeaba un poco más fuerte que el anterior.

Los ancianos del otro lado de la mesa dejaron salir su presencia: esa presión lenta y deliberada que emplean los lobos veteranos cuando quieren que te sientas pequeña. Para una Alpha incapaz de responder con su propia aura, aquello pretendía resultar asfixiante.

Bajé la vista al teléfono.

El anciano Winston dio un manotazo en la mesa.

—¿Estás mirando el teléfono en plena reunión de la manada? ¿No tienes ni el menor respeto por los asuntos de la manada? ¿Por la gente que hay en esta sala?

Levanté la vista despacio.

—Ya he dicho lo que tenía que decir —le respondí—. No me estás escuchando. Eso no puedo evitarlo.

Abrió la boca para seguir.

Dejé que se me curvara una comisura de los labios.

—No estoy con el teléfono por gusto —dije—. Estoy esperando un mensaje. —Recorrí la mesa con la mirada—. Acabo de reenviar un enlace al chat de grupo de la manada. Abridlo. Tengo buenas noticias que me gustaría compartir.

Derek frunció el ceño. Sacó el teléfono, pulsó el enlace y se quedó inmóvil.

La sala se quedó en silencio.

Me quedé mirándole la cara.

La oficina de urbanismo había publicado esa misma mañana su anuncio oficial de zonificación. Lanwater figuraba como zona de desarrollo prioritario. Negro sobre blanco. Sello oficial. Sin margen para la discusión.

Nadie dijo nada durante un momento.

Luego, alguien en el extremo opuesto de la mesa emitió un sonido: no llegaba a ser una palabra, solo una exhalación brusca.

—Está sacado directamente de la web de la oficina de urbanismo —dije—. Comprobadlo vosotros mismos si queréis.

Derek ya estaba abriendo la web oficial. Movía los dedos deprisa. Recorrió la página, comprobó el anuncio, contrastó el número de documento.

La cara se le tensaba más con cada línea que leía.

El mensaje era real. Cada palabra.

Se recostó y no dijo nada. Se le notaba que intentaba averiguar cómo lo había sabido. No había habido filtraciones. Ninguna señal pública. Nada en las noticias que apuntara a esto. Y, aun así, yo había pujado trescientos millones por esa parcela antes de que nada de ello fuera público.

No lograba entenderlo. Se le notaba.

Eché la silla hacia atrás y me levanté.

—Como ya no hay más preguntas sobre el proyecto Lanwater —dije—, tengo que volver con mi equipo y empezar a organizar el plan de desarrollo. Os dejo con lo vuestro.

Nadie en aquella sala dijo una palabra.

Salí.

Oliver me alcanzó en el pasillo. Aguantó unos cuatro segundos antes de echarse a reír.

—Eso ha sido impresionante —dijo—. Perdona, sé que no debería, pero ha sido realmente impresionante. Les hacía falta.

Oliver solía medir sus palabras. Tenía buen instinto para saber cuándo mantenerse neutral. Hoy ni lo intentaba.

—Ese grupo le ha puesto trabas a todo lo que has hecho desde el primer día —dijo—. Daba gusto verlo.

Sonreí un poco.

—Cuando mañana suba la cotización, recuérdame que te suba el sueldo.

Volvió a reírse y sujetó la puerta del ascensor para que pasara.

Las acciones de Ravenshade Corp subieron cuatro días seguidos.

No me produjo ninguna satisfacción.

Los números eran sólidos. El anuncio había surtido exactamente el efecto que esperaba.

Pero Lanwater era un proyecto de desarrollo integral y la liquidez de Ravenshade no alcanzaba para sostenerlo por sí sola.

Llevaba una semana tanteando a posibles socios.

Desarrollo conjunto, riesgo compartido, beneficio compartido. Era una oferta razonable.

Todas mis gestiones, sin excepción, cayeron en saco roto.

Sin respuestas. Sin reuniones. Ni siquiera una negativa cortés.

Le pedí a Oliver que lo investigara.

Volvió dos días después con una cara que me lo dijo todo antes de abrir la boca.

—Stormcrest —dijo—. Han estado haciendo llamadas. Con discreción. A todo el que has tanteado han llegado ellos primero.

Dejé el bolígrafo.

Ronan estaba tumbado en una cama de hospital, lleno de vendas, y aún así seguía boicoteándome las operaciones. Yo había sangrado por ese hombre. Literalmente. Y en eso empleaba la convalecencia.

Cogí el abrigo.

El hospital estaba a veinte minutos en coche. Fui directa al mostrador de recepción.

Una enfermera joven levantó la vista. Me reconoció —se lo noté en el cambio de expresión— y me dio el número de habitación sin que tuviera que pedírselo.

—La 3206 —dijo.

Subí en el ascensor.

La puerta de la 3206 tenía una ventanilla estrecha. A través del cristal vi a Ronan incorporado contra las almohadas, escuchando a Felix, que le repasaba algo en una tableta. Estaba pálido. El vendaje le asomaba por encima del cuello.

Llamé.

Levantó la vista. Me buscó con la mirada a través del cristal. Algo le cruzó la cara; no intenté ponerle nombre.

Le dijo algo en voz baja a Felix. Felix asintió, se metió la tableta bajo el brazo y se acercó a la puerta.

La abrió y se hizo a un lado.

—Dice que puedes entrar.

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