Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 105
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CAPÍTULO 105

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(Punto de vista de Aria)

Entré en la habitación 3206.

Ronan estaba apoyado en las almohadas. Una gasa le envolvía la cabeza. Bajo el cuello abierto de la bata del hospital asomaban más vendas, que le cubrían el pecho.

Hacía diez años que conocía a ese hombre. Nunca lo había visto tan mal.

La que yo era antes habría llorado. Habría corrido a su lado a preguntarle si le dolía, y lo habría preguntado de corazón.

Ahora me quedé a los pies de la cama y no sentí nada.

—Has venido con las manos vacías —dijo Ronan. Tenía la voz ronca, pero no había perdido la costumbre de poner peros—. Queda un poco feo, ¿no crees? Venir a ver a alguien al hospital sin traer nada.

—No he venido de visita —dije—. He venido a hablar.

Su expresión cambió. La fina capa de cortesía que llevaba puesta se desprendió.

—Ya no hace falta fingir —dije—. Prefiero ahorrármelo.

Acerqué la silla que había junto a la cama y me senté.

—Las filiales de Stormcrest llevan tiempo bloqueando discretamente todas las solicitudes de colaboración que Ravenshade ha presentado para el proyecto Lanwater —dije—. Últimamente no te he hecho nada. Así que quiero saber por qué.

Ronan guardó silencio un momento. Luego dijo:—Probablemente sea cosa de mi madre.

—¿Martha?

—He estado encerrado aquí. Le he pasado a ella parte de la gestión mientras me recupero. —Se movió sobre la almohada y vi lo que le costaba el esfuerzo—. Cree que tuviste algo que ver con el accidente. Ha ido a por tu proyecto para devolver el golpe.

Pensé en la noche en que Martha apareció en mi apartamento. En la cara que traía. En las acusaciones que lanzó antes incluso de cruzar el umbral.

No me costaba creerlo.

—¿Puedes hacer que pare? —dije—. No te pido mucho; solo que deje en paz mi proyecto.

Le había dado mi sangre. Eso tenía que valer algo. Cuando él me ayudó aquella vez a la salida del Royal Crown, le di las gracias. Cuentas claras.

Ronan abrió la boca.

Me sonó el teléfono.

Me levanté y me acerqué a la ventana.

Era Kai.

—Hola —dijo—. Estaba pensando en pasar a ver a Barnaby. ¿Hoy te viene bien?

—Ahora mismo estoy en el hospital —dije—. No puedo volver. Pero Elena está en casa; ella te puede abrir.

Hubo una pausa.

—¿Has ido a ver a tu abuelo? —preguntó él.

—No —dije—. A Ronan.

Silencio. Unos cuantos segundos de silencio.

—Entonces iré otro día —dijo. Y colgó.

Me quedé allí de pie con el teléfono en la mano.

Su voz había sido neutra. Plana. Pero por debajo había algo a lo que no dejaba de darle vueltas. Una tensión. Un repliegue.

Chloe se quedó callada dentro de mí. Hecha un ovillo, inmóvil.

La última vez que me había despertado en una habitación de hospital —después de desmayarme por donar sangre—, Kai estaba allí. Había puesto esa misma cara de cautela. Controlada. Como si se estuviera guardando algo.

—¿Quién era?

La voz de Ronan irrumpió.

Me giré.—Kai.

El cambio en su cara fue inmediato.

—Te va de maravilla, ¿eh? —dijo. Las palabras salieron frías y planas—. Tú y Kai, juntos todos los días. ¿Cómo no ibas a estar contenta? —Tenía la mirada dura—. Yo aquí dentro. Y seguro que has estado encantada. Todos y cada uno de los días.

Tenía la mano sobre la manta. La vi cerrarse en un puño alrededor de la tela blanca.

No sabía de dónde salía todo esto. Y no quería tirar de ese hilo.

—¿Podemos volver a...?

—No puedo ayudarte —dijo. Su voz cortó lo que iba a decir—. Si a Kai le encanta tanto meterse en tus negocios, ve y pídeselo a él. Ponle ojitos. Seguro que te compra el proyecto Lanwater entero solo para verte sonreír. ¿Y tú qué haces aquí?

Sentí que algo se me helaba en el pecho.

—Cuidado con lo que dices —le dije.

Él no paró.—Fuiste a un hospital con ese hombre. Os hicisteis juntos no sé qué procedimiento. ¿Y quieres que me crea que no pasa nada?

—Estaba con un amigo —dije.

Pero a mitad de la frase me detuve.

Lo miré. Lo miré de verdad.

Y, sin más, dejé de querer dar explicaciones.

—Lo resolveré sola —dije—. No te quito más tiempo de descanso.

Me giré para marcharme.

No sé en qué estaba pensando al venir aquí.

Pensé que quizá —después de la sangre, después de todo— me concederiía una cosa. Una sola cosa pequeña. Pensé que quizá esta vez sería distinto.

Pero eso ya lo había pensado antes. Durante diez años lo había pensado. Había sangrado por él, literalmente, más de una vez, y jamás me había mirado de otra manera por eso. Ni una sola vez se había ablandado. Ni una sola vez me había correspondido.

De él no iba a conseguir nada. Nunca lo había conseguido.

Cogí el bolso y fui hacia la puerta.

Al abrirla, me encontré a Vivian justo delante.

Me vio y le cambió la cara por completo. La calidez que traía se esfumó y la sustituyó algo cauteloso.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

La miré un segundo.

Y pasé de largo sin decir palabra.

(Punto de vista del autor)

En cuanto Aria entró en esa habitación, algo se apaciguó dentro de Ronan.

Llevaba días durmiendo mal. El dolor era constante. Los asuntos de la manada se le iban acumulando y nadie los llevaba como los habría llevado él. Cada hora había sido como arrastrarse por algo espeso y pesado.

Y entonces entró ella.

Y, sin más, el peso desapareció.

Fue entonces cuando lo entendió: aquello era lo que faltaba.

Durante diez años, cada vez que había resultado herido —excepto aquel verano después de la graduación—, ella había estado allí.

Sentada junto a su cama. Sin moverse hasta que él le decía que se fuera.

Esta vez no había venido. Ni una palabra.

Lo había sacado de su vida tan limpiamente como se corta un hilo.

Esa certeza se le quedó clavada en el pecho como un moratón.

Y entonces ella abrió la boca y resultó que solo venía a hablar de negocios.

Cuando Vivian entró, le leyó la cara al instante y sintió que se le caía el alma a los pies.

Entró en la habitación con cautela. Mencionó el nombre de Aria, tanteando el terreno.

Ronan le contestó de mala manera. Le dijo que no pronunciara ese nombre.

Vivian dio un respingo. Pero, por debajo de la sorpresa, algo en ella se relajó.

Estaba enfadado por una pelea con Aria. Eso era todo. No tenía nada que ver con ella. No se había descubierto nada.

Soltó el aire despacio.

Pero el alivio no le duró mucho. Hoy se había librado. Eso no significaba que fuera a librarse siempre.

Tenía que atar la ceremonia de apareamiento. Y pronto.

(Punto de vista de Aria)

Estaba a punto de llegar al aparcamiento cuando el teléfono volvió a sonar.

Era el encargado de la casa de la manada.

—Señorita Aria —dijo—, ha reventado una tubería cerca de su antigua habitación. Hay daños por agua. Quizá quiera venir a comprobar si se ha mojado algo importante.

Me había llevado casi todas mis cosas al apartamento hacía meses. En la casa de la manada no quedaba gran cosa.

Pero me detuve.

Había una cosa.

Debajo de la cama. Una caja de madera que había guardado durante diez años. Dentro, un oso de peluche: el que me había dado un chico, un chico que llevaba media máscara de pluma dorada, la noche en que pareció que todo podía ir bien.

Ronan y yo estábamos divorciados. Ese capítulo estaba cerrado.

Pero el oso no tenía nada que ver con Ronan. Llevaba diez años conmigo. Lo había pasado todo conmigo.

No podía dejarlo ahí, metido en el agua.

Me giré hacia el coche y puse rumbo a la casa de la manada.

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