CAPÍTULO 102
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(Punto de vista del autor)
Ronan miraba el techo.
El monitor pitaba. La habitación estaba en silencio.
Las palabras de su madre volvían una y otra vez.
Llevaba años esperando oír eso. Le había dicho a Martha más veces de las que podía recordar que Vivian era la única. La única que había querido en su vida.
Y ahora su madre, por fin, había dicho que sí.
No sintió nada.
Ni alivio. Ni emoción. Nada.
Cerró los ojos e intentó imaginarlo: la ceremonia de apareamiento. La luz de la luna. Los votos. La cara de Vivian.
Pero la cara no dejaba de cambiar.
Se transformaba, despacio, hasta dejar de ser Vivian.
Era un amplio césped. Invitados en todos los asientos. La luz del sol sobre la tela blanca, cortándola en franjas.
Aria avanzaba hacia él con su vestido de novia, flores en las manos, los ojos verdes firmes y serenos.
Abrió los ojos.
El techo seguía allí.
La puerta se abrió con suavidad. Martha volvió a entrar y se sentó en la silla junto a la cama.
—Tienes un aspecto horrible —dijo ella—. ¿Te duele algo?
—No. —Le salió la voz ronca—. Solo estaba pensando.
Ella lo observó un momento y luego lo dejó pasar.
—Esta noche he ido a ver a Aria —dijo.
Ronan dejó de respirar.
—Lo negó todo. —Martha juntó las manos sobre el regazo—. No quiso admitir ni una sola cosa. No conseguí sacarle nada.
—Ella no haría algo así.
Las palabras salieron antes de que pudiera contenerlas.
Se oyó decirlo y se sorprendió a sí mismo.
Martha lo miró.
—Sabía que dirías eso —dijo en voz baja.
Ronan se volvió hacia la ventana.
Aun así, la cabeza se le puso a darle vueltas, como siempre.
En el mundo de los licántropos, la lista de gente que lo odiaba de verdad era corta.
Si era sincero consigo mismo, Aria tenía más motivos que nadie.
La inversión retirada. La presión sobre los socios de su manada.
Un año de matrimonio en el que él no le había dado nada.
Tenía motivos.
Y la manada Ravenshade tenía los recursos. Sobornar a un camionero no sería nada para ellos.
Cuanto más lo pensaba, más encajaba.
Cuanto más lo pensaba, menos encajaba.
Apretó la mandíbula y no dijo nada.
—Felix sigue investigando la transferencia —dijo Martha—. Encontraremos algo.
Ronan asintió una vez.
Ella no insistió más.
(Punto de vista de Aria)
La noticia del accidente de Ronan corrió rápido.
A la mañana siguiente, cuando llegué a la oficina, tres personas distintas ya me lo habían mencionado de pasada. Los cotilleos de los círculos altos de las manadas iban a su propio ritmo, y que a un Alpha de Stormcrest lo atropellara un camión era de esas cosas de las que la gente hablaba.
No me sorprendió que Nathan apareciera.
Salí del edificio al terminar el trabajo y localicé su coche de inmediato: mismo modelo, misma matrícula. Estaba apoyado en el capó, con una gorra de béisbol y una mascarilla, con un ramo de rosas en la mano, intentando parecer despreocupado sin conseguirlo en absoluto.
Me acerqué y le quité la mascarilla.
—Sabes que con esa pinta llamas más la atención, no menos —dije.
Él parpadeó.
—Creía que colaba.
—Se te reconoce a diez metros, Nathan.
Me tendió las rosas.
—¿Cenamos?
Las cogí y las olí.
—Vale.
Ya había elegido el restaurante. Entramos y el encargado nos llevó directos a una mesa del fondo. Eché un vistazo a la sala: luz tenue, tranquilidad, reservados con respaldos altos.
—¿Esta vez la seguridad es buena de verdad? —pregunté.
Nathan se sentó y cogió la carta.
—Totalmente seguro.
—Eso dijiste la última vez.
—Y la última vez lo dije en serio.
—Nuestra foto estaba en los tablones de la comunidad esa misma noche.
—Eso fue algo puntual.
Abrí la carta.
—No te creo.
—Pero aquí sigues.
No contesté a eso.
Pedimos. Cuando se llevaron las cartas, Nathan se recostó en el asiento y me miró con esa expresión que ponía cuando estaba a punto de decir algo que llevaba tiempo guardándose.
—Así que te has enterado de lo de Ronan —dijo.
—Accidente de coche. Sí.
Hizo girar el vaso de agua despacio.
—¿No quieres ir a verlo?
Dejé el tenedor.
Sabía perfectamente por qué me lo preguntaba.
Hacía unos años, Ronan había sufrido una herida de plata durante una disputa territorial. Fiebre alta, hospital, todo. Recibí la llamada en plena noche y fui directa para allá. Me quedé sentada junto a su cama hasta la mañana.
Nathan había venido a recogerme. Empujó la puerta y entró justo cuando Ronan me gritaba que me largara de allí, todo porque sin querer le había tirado un vaso de la mesilla.
Nathan había querido asegurarse de que Ronan pasara unos cuantos días más en aquel hospital.
Se lo impedí.
De camino a casa no dije ni una palabra. No me quedé tranquila hasta que supe que a Ronan le habían dado el alta sin complicaciones.
Nathan entendió algo después de aquello. Nunca lo dijo en voz alta, pero yo lo sabía. Había visto lo real que era para mí. Y, aunque no soportaba a Ronan, mantuvo las formas. Por mí.
Eso fue entonces.
—No voy a ir —dije.
Nathan me miró.
Darle mi sangre ya había sido más que suficiente.
—No me interesa cómo esté —dije—. No tengo energía para preocuparme por alguien que ya no tiene nada que ver conmigo. Con la manada tengo bastante.
Volví a coger el tenedor.
Nathan me observó un segundo más. Luego se relajó de forma visible: se le cayeron los hombros, se le aflojó la cara entera.
—Vale —dijo.
Llamó al camarero y pidió una botella de vino de luz de luna.
—Nathan.
—Estamos celebrando.
—No estamos celebrando nada.
—Por fin te has librado de él. Eso cuenta.
Se sirvió una copa antes de que el camarero terminara de dejar la botella en la mesa.
Cuando llegó el plato principal ya se había tomado tres copas y tenía la mirada algo perdida. Iba por la mitad del filete cuando se llevó la mano a la boca, se levantó con mucho cuidado y echó a andar deprisa hacia el pasillo del fondo.
Dejé el cuchillo y lo seguí.
La puerta del baño de hombres se cerró tras él. Me quedé esperando fuera, en el pasillo.
La puerta del baño de mujeres se abrió a mi lado.
Salió una joven con un vestido de flores. Se detuvo al verme, pareció algo avergonzada y se inclinó hacia mí.
—Perdona —dijo en voz baja—. ¿No tendrás un tampón de más? No me lo esperaba…
—Sí, espera. —Abrí el bolso—. Tengo uno.
Pareció aliviada. Entramos en el baño de mujeres y le di lo que necesitaba.
Unos minutos después salió y me sonrió.
—Muchísimas gracias —dijo—. De verdad.
Entonces su mirada pasó por encima de mi hombro.
Le cambió la cara por completo: luminosa, relajada, feliz.
—¡Kai! —llamó.
Algo pequeño y extraño se me removió en el pecho.
Me giré.
Kai salía del ascensor con una bolsa de la compra colgando de una mano. Su mirada se clavó en la mía al instante. Se detuvo apenas un segundo.
Después siguió caminando hacia nosotras.
Se paró delante de la mujer y le tendió la bolsa.
—Lo he cogido todo.
Ella la cogió y lo miró con una sonrisa.
—Esta señorita me ha echado una mano mientras no estabas.
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