CAPÍTULO 101
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(Punto de vista de Aria)
Dormir podía esperar. El montón de carpetas de mi escritorio no bajaba.
Llevaba una hora con ellas y, cada vez que terminaba una página, parecían aparecer dos más.
Elena llegó de la cocina sin hacer ruido y dejó una taza de leche caliente recién hecha en la esquina de mi escritorio.
—Esto te hace falta —dijo, completamente seria.
—Estoy trabajando.
—Exacto —se cruzó de brazos—. La leche caliente te relaja y te agudiza la concentración a la vez. Es material obligatorio para trabajar desde casa.
Por fin levanté la vista.
—Elena. Eso no existe.
—Claro que existe.
—La leche no hace nada de eso.
Se encogió de hombros como si yo acabara de decir algo vagamente interesante y volvió hacia el sofá.
—Bébetela y ya está. No te va a matar.
Miré la taza. Luego la cogí y bebí.
No volví a decir nada al respecto.
Había avanzado unas tres páginas más cuando sonó el timbre.
Elena se levantó del sofá de un salto.
—Yo abro.
Abrió la puerta de un tirón.
Dos ejecutores entraron sin más, sin esperar.
La puerta golpeó con fuerza el hombro de Elena y la hizo retroceder. Cayó al suelo y se dio un golpe seco en el coxis.
Martha Stormcrest entró detrás de ellos.
Tenía la cara tensa. Ya tenía los ojos clavados en mí antes incluso de cruzar el umbral.
—Tú lo organizaste —levantó el dedo y me señaló directamente—. Le pagaste tú a ese camionero. Lo montaste todo.
Dejé el bolígrafo.
Martha no esperó a que hablara.
Dijo que esa tarde había ido a ver al camionero. Hubo algo raro en su comportamiento desde el principio: se había entregado sin ofrecer la menor resistencia, como si ya supiera exactamente lo que venía. Como si siguiera un guion.
Empezó a sospechar. Le pidió a Felix que lo investigara.
La hermana del camionero había recibido una transferencia bancaria. Quinientos mil dólares, desde una cuenta en el extranjero.
El camionero alegaba que eran los ahorros que su padre había acumulado tras décadas de trabajo. Martha no se lo creía. La transferencia no se podía rastrear más atrás. Ni una prueba sólida.
Así que había empezado a fijarse en los enemigos de Ronan.
Y la que tenía más motivos para querer verlo malherido era yo.
Ronan había retirado su inversión de la manada Ravenshade. Llevaba tiempo presionando a nuestros socios. Dijo que yo tenía todos los motivos del mundo para querer venganza.
Elena se levantó del suelo.
Se sacudió la ropa despacio, con toda la intención, y luego se puso las manos en las caderas.
—Permites que tus ejecutores tiren a alguien al suelo nada más cruzar la puerta —su voz era firme—. ¿Así hacéis las cosas?
Martha la miró como si fuera algo pegado en la suela del zapato.
—No tienes modales —dijo Martha—. Y, Aria, el hecho de que te relaciones con alguien así me dice todo lo que necesito saber sobre tu carácter.
Elena no pestañeó siquiera.
—Tus ejecutores me tiraron al suelo en cuanto entraron —dijo—. ¿Dónde han aprendido eso? Y, Martha —inclinó ligeramente la cabeza—, deberías vigilarte la tensión. A tu edad, no vale la pena alterarse tanto.
Martha se puso roja.
—Sujetadla —ordenó a los ejecutores.
Elena flexionó los dedos. Vi la luz reflejarse en la punta de sus garras.
Me puse delante de ella.
Chloe soltó un gruñido grave en mi pecho, pero no tenía nada con que respaldarlo: ni presión, ni dominancia que proyectar sobre la habitación. Solo mi cuerpo entre Elena y los ejecutores.
—Has venido aquí por mí —dije—. Así que habla conmigo. Déjala fuera de esto.
Martha resopló con fuerza por la nariz.
—Casi me hace olvidar por qué he venido —volvió a centrarse en mí—. Ese camionero. ¿Lo organizaste tú o no?
—¿Tienes pruebas?
—A Ronan todo le iba bien hasta hace poco. La mala prensa. La presión sobre sus socios comerciales. Y ahora alguien le pone un camión en el camino —su voz se endureció—. El divorcio fue idea tuya. Y ahora haces esto. ¿Esta es tu idea de la venganza?
—Tráeme pruebas —dije—. Estás en mi casa acusándome de haber ordenado un atentado contra un alfa. No voy a aceptar eso sin pruebas.
La expresión de Martha cambió.
—El camionero confesó —dijo—. Dijo que fuiste tú. Te nombró directamente.
La miré.
No sentí nada, porque no lo había hecho. No había nada que sentir.
Pero esa afirmación no tenía sentido. O quien de verdad lo organizó le había dicho al camionero que me nombrara, o Martha no había conseguido ninguna confesión y estaba allí a ver si me sacaba una reacción.
Bajé la mirada hasta su bolso.
El cierre no estaba del todo echado.
Me acerqué un paso, como si solo cambiara el peso de un pie a otro, y dejé que la mano rozara el lateral del bolso.
Volcó.
El bolso golpeó el suelo y el contenido se desparramó: un pintalabios, un tarjetero, el teléfono.
Y una pequeña grabadora, que rodó hasta detenerse junto al borde de la alfombra.
Martha la miró.
Luego me miró a mí.
Hizo un gesto con la cabeza a uno de los ejecutores, que se agachó a recogerla.
Me apoyé de espaldas en la pared y los vi moverse a toda prisa.
—No os molestéis —dije—. No he dicho nada que os sirva. No hice nada, así que no hay nada que podáis pillarme diciendo.
Dejé pasar un instante.
—Deberías irte. Y si prefieres quedarte, también me parece bien.
Solo quiero asegurarme de que te sientes cómoda con la historia que saldrá mañana por la mañana en los foros de la manada.
«La antigua Luna de Stormcrest irrumpe a medianoche en la casa de su exnuera y la sacan escoltada». Va a tener un montón de comentarios.
A Martha se le enrojecieron los ojos por los bordes.
—Recibirás tu merecido —dijo—. Todo lo que has hecho…
—Estaré esperando —dije.
Se quedó mirándome.
—Ronan y tú sí que os parecéis —dije—. Ninguno de los dos necesita pruebas para plantarse en la puerta de alguien. Eso te lo concedo: el parecido de familia es innegable.
Martha abrió la boca. Luego la cerró.
Recogió el bolso, se dio la vuelta y salió.
Los ejecutores la siguieron.
La puerta se cerró.
Elena levantó los dos pulgares al instante.
—Eso —dijo— ha sido increíble.
Le bajé las manos.
—Vete a la cama.
(Punto de vista del autor)
Martha ya estaba al teléfono antes de llegar al ascensor.
Le dijo a Felix que siguiera tirando del hilo de la transferencia. Quería el origen.
El sanador la llamó mientras iba en el coche. Ronan estaba despierto.
Le dijo al conductor que fuera más rápido.
La habitación del hospital olía a antiséptico y a aire reciclado. Vivian estaba sentada al borde de la cama, dándole a Ronan cucharadas de algo blando y pálido. Estaba envuelto en vendas desde el hombro hacia abajo. Detrás de él, un monitor pitaba con ritmo constante.
Él levantó la vista cuando Martha abrió la puerta de un empujón.
—Mamá. —La voz le salió ronca, como raspada.
Martha se acercó a la cama y miró los vendajes del pecho y el brazo.
—¿Te sigue doliendo? —preguntó.
—No.
Ella notó el esfuerzo que le había costado decirlo.
Vivian terminó la última cucharada y se levantó a recoger los platos. Tenía los ojos hinchados. Había llorado, y no hacía un momento: era ese enrojecimiento que solo deja llorar durante horas.
Ronan la observó mientras se acercaba a la bandeja.
—¿Ha estado aquí todo el tiempo? —preguntó, con la voz aún áspera.
—Sí —dijo Martha.
Pensó en lo que le había dicho el sanador cuando llegó al hospital: que la sangre había llegado justo a tiempo, que Vivian se había encargado de que fuera así. Vivian solo había dicho que habían encontrado sangre compatible a tiempo. No había añadido nada más. El resto lo había completado ella sola.
Martha nunca había tenido muy buena opinión de la familia de Vivian. Los Thorne eran una familia pequeña, dependiente, no la clase de estirpe que ella habría elegido para su hijo.
Pero había estado allí. Se había quedado.
Martha se quedó callada un momento.
Luego dijo:
—Ronan.
Él la miró.
—Cuando estés mejor. —Mantuvo la voz neutra—. Si quieres marcarla, adelante. Ya no me interpondré.
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