Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 100
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CAPÍTULO 100

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(Punto de vista de Aria)

Lo primero que noté fue el olor.

Antiséptico. Penetrante y limpio.

Parpadeé mirando el techo. Placas blancas. Un fluorescente que zumbaba en algún punto por encima de mí.

Un hospital.

Intenté incorporarme y sentí un tirón en la mano derecha. La aguja de una vía, sujeta con esparadrapo, y un tubo transparente que subía hasta la bolsa colgada del soporte, a mi lado.

Me había desmayado. Demasiada sangre extraída demasiado rápido.

Me incorporé despacio, y fue entonces cuando lo vi.

Kai estaba sentado en el pequeño sofá, frente a la cama, con el portátil abierto sobre las rodillas. El sol de la tarde entraba oblicuo por la ventana y le iluminaba un lado de la cara: la línea afilada de la mandíbula, el modo en que sus ojos recorrían la pantalla.

Me oyó moverme. Cerró el portátil, se levantó y cruzó la habitación en dos zancadas.

—¿Cómo te sientes?

—Mejor —dije—. Mucho mejor.

Miré la vía y luego lo miré a él.

—¿Me has traído tú aquí?

—Sí.

Se inclinó y me volvió a subir la manta hasta el regazo, de donde se había escurrido.

—¿Quieres comer algo?

Asentí.

—Algo caliente. ¿Sopa, quizá?

No hizo ademán de coger el teléfono. Solo bajó la mirada un segundo.

—Connor se encargará.

Supuse que ya se lo había dicho a Connor. Así era Kai: siempre un paso por delante de lo que hacía falta hacer.

Se sentó en el borde de la silla junto a la cama.

—¿Has comido hoy? —preguntó.

—Desayuné —dije—. No llegué a comer.

—¿Por qué te desmayaste?

No vi motivo para mentir.

—Ronan tuvo un accidente —dije—. Un choque de coches. Necesitaba sangre. Su grupo sanguíneo es raro y en el hospital no tenían sangre compatible. Fui a donar.

Apretó la mandíbula. Algo le cruzó la cara, rápido, contenido. Abrió un poco la boca, como si fuera a decir algo.

Luego la cerró.

Apartó la mirada.

El silencio se alargó, y él no lo llenó. Se quedó allí sentado y hundió lo que estuviera sintiendo en algún sitio donde yo no pudiera verlo.

Connor llamó a la puerta y entró poco después, con un recipiente de sopa caliente y una bolsita con pan.

—Aquí tienes —dijo, y lo dejó en la mesa auxiliar y la acercó rodando hasta la cama.

Miré a Kai.

—¿Me puedes poner el cuenco en el regazo? Me resulta más fácil si…

—Puedes alcanzarlo tú sola.

Su voz sonó plana. No antipática, exactamente. Solo plana.

Parpadeé.

Entonces levanté la mano derecha y le mostré la aguja pegada con esparadrapo al dorso.

—Tengo una vía en esta mano —dije—. Con esta mano no puedo agarrar bien.

Un segundo de silencio.

Se levantó, cogió el cuenco y lo dejó con cuidado delante de mí sin decir una palabra.

Volvió al sofá, abrió el portátil y se quedó mirando la pantalla.

Cogí la cuchara con la mano izquierda, algo torpe.

—Está caliente —dijo, sin levantar la vista.

—Lo sé.

Comí despacio.

No dijo nada más. Yo le robaba miradas entre cucharada y cucharada. Tenía la expresión completamente vacía. No sabía si estaba enfadado de verdad, o solo cansado, o simplemente siendo Kai.

Me dije que no importaba. Kai no era de los que guardan rencor. Era de trato fácil. Se le pasaría.

Casi me lo creí.

Cuando terminé la sopa, la bolsa del gotero estaba vacía. Entró la enfermera, revisó la vía y me sacó la aguja. Me presionó un algodón sobre el pinchazo y me dijo que lo sujetara.

Cogí el teléfono.

Me quedé mirando la pantalla un momento.

Llamé a Vivian.

Sonó dos veces.

—Vaya —dijo al contestar—. No esperaba saber de ti tan pronto. ¿Sigues pensando en él?

—Quiero saber si ha salido adelante —dije—. Nada más.

—Sí, claro. —Su voz era ligera, casi divertida—. Cuesta dejarlo atrás, ¿verdad?

—Doné una cantidad considerable de sangre —dije—. Quiero saber que no se desperdició. Eso es todo. Esa es la única razón por la que llamo.

—Claro. Y seguro que, de paso, no esperas un poquito de gratitud.

—No hay nada que Ronan tenga que yo quiera —dije—. Ni su gratitud. Ni su atención. Nada. Después de hoy no volveré a sacar el tema. Solo necesitaba saber que no había muerto.

Una pausa breve.

—Está estable —dijo ella—. La operación ha ido bien.

—Bien.

Colgué.

Dejé el teléfono y me quedé un segundo mirando la ventana.

Luego pasé las piernas por el borde de la cama y cogí la chaqueta.

—Pediré un coche para volver a casa —le dije a Kai—. Mañana haré que alguien te devuelva lo de la factura del hospital.

Levantó la vista de la pantalla.

—Vale —dijo.

Solo eso. Una palabra.

Esperé un momento, casi convencida de que diría algo más. Que se ofrecería a llevarme, o que me diría que descansara otra hora, o que haría cualquiera de las mil pequeñas cosas que solía hacer sin que nadie se lo pidiera.

Volvió a mirar el portátil.

Me dije que eso era bueno. Era exactamente así como había intentado mantenerlo todo: a cierta distancia, sin complicaciones, nada demasiado cercano.

Y aun así, algo seguía sin encajar.

Enterré ese pensamiento y salí.

(Punto de vista del autor)

Treinta segundos después de que la puerta se cerrara, Connor entró desde el pasillo.

Se apoyó en el marco con los brazos cruzados.

—¿Sabes? —dijo—. Las otras veces que ella decía que iba a pedir un coche, tú siempre acababas «pasando por allí por casualidad» y la llevabas.

Thane lo miró.

Connor se irguió al instante.

—Quiero decir… siempre fuiste muy generoso. Ofreciéndote a llevarla. Por pura bondad de corazón.

Thane no dijo nada. Volvió a mirar la pantalla.

Connor se aclaró la garganta y se marchó.

La habitación quedó en silencio.

Thane cerró el portátil y lo dejó a un lado.

Se recostó en el sofá y miró la ventana. La luz de fuera había cambiado: se había vuelto larga y dorada, como siempre a última hora de la tarde.

Lo sabía, de una manera vaga y abstracta: que Aria podía seguir sintiendo algo por Ronan. Se había dicho que ya lo tenía asumido. Tenía años de práctica en asumir cosas que no podía controlar.

Pero saberlo en teoría y verlo pasar eran dos cosas muy distintas.

Había ido a ese hospital sin decírselo a nadie. Había donado sangre hasta desmayarse. Y lo había hecho por él.

Dentro del pecho de Thane, Logan daba vueltas. De un lado a otro, inquieto y cabizbajo. Luego el lobo se detuvo y dejó salir una sola palabra, baja y rotunda.

Nuestra.

Cinco años atrás, ella había hecho lo mismo por Ronan. Y Ronan se había pasado cinco años mirando a otra.

Thane no iba a cometer ese error.

No sabía cuánto tiempo tenía, ni cuántos muros más iba a levantar ella, ni cuánto tardaría en permitirse confiar en alguien como se merecía.

Pero él no pensaba irse a ninguna parte.

(Punto de vista de Aria)

Ya era noche cerrada cuando llegué a casa.

Elena estaba en el sofá con Barnaby despatarrado en el regazo y la televisión encendida. Los dos levantaron la vista cuando entré por la puerta.

Barnaby se tiró del cojín y se acercó trotando, con el rabo moviéndose en todas direcciones.

—He traído cupcakes —dijo Elena. Hizo una pausa—. Me los he comido todos. Llevaba esperando un montón.

Me reí a mi pesar.

—Estaba ocupada.

—Ya, se nota. —Se encogió de hombros, sin el menor arrepentimiento—. ¿Cómo estás? Tienes cara de cansada.

—Voy a darme un baño —dije—. Y luego a dormir.

Me hundí en la bañera y dejé que el agua caliente me cubriera los hombros.

La cabeza no paraba. El papeleo de Lanwater. La revisión del abuelo, mañana por la mañana. Los ancianos de la manada y la discusión que tendrían preparada para entonces.

Me quedé allí hasta que el agua empezó a enfriarse; después salí y me puse el pijama.

Cuando volví al salón, Elena había dejado una taza de leche caliente en la mesa de centro.

Barnaby se acercó sin hacer ruido y me apoyó el hocico húmedo en el tobillo.

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