Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 99
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CAPÍTULO 99

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(Punto de vista de Aria)

—Eres la única que puede salvarlo.

Había algo en el fondo de la voz de Vivian: una tensión que no lograba disimular del todo.

—Las esquirlas de plata están incrustadas demasiado hondo. Su cuerpo no puede curarse con ellas dentro. Lleva más de una hora sangrando y en el banco de sangre del hospital no hay nada compatible con su grupo.

Apoyé la mano en el marco de la puerta.

—¿Cómo sabes mi grupo sanguíneo?

—Por el reconocimiento médico del instituto. —No dudó ni un instante—. Vi tu ficha por casualidad. Tu grupo coincidía con el de Ronan; es lo bastante raro como para que se me quedara grabado.

No dije nada.

—Aria. —Bajó la voz. Cualquiera que fuese el orgullo que solía llevar encima, lo había dejado a un lado—. Sé que tienes todos los motivos del mundo para colgarme ahora mismo. Pero esto no va de nosotras. Va a morir si no vienes.

Me quedé mirando la pared.

Pasaron unos segundos.

—¿Mercy General? —dije.

—Sí.

Cogí la chaqueta.

Oliver apareció en la puerta antes de que diera dos pasos.

—La subasta de Lanwater empieza a las dos —dijo—. Llevamos trabajando por esa parcela desde el día en que salió a la venta. No podemos llegar tarde.

—Lo sé.

—Señorita Ravenshade…

—Lo sé, Oliver. —Me puse la chaqueta—. Adelántate y llega temprano. Guarda nuestro sitio. Estaré allí antes de que abran las pujas.

Me lanzó esa mirada de siempre, la de cuando creía que estaba cometiendo un error pero sabía que más le valía no decirlo abiertamente.

—Este proyecto no puede esperar —dijo.

—Tampoco puede esperar un hombre que se está desangrando en una mesa de operaciones. —Pasé por su lado—. Allí estaré. Vete.

Cogí un taxi hasta Mercy General y la última media manzana la hice corriendo.

Vivian ya estaba de pie en el vestíbulo cuando empujé las puertas. Parecía serena —demasiado serena—, pero tenía las manos fuertemente entrelazadas a la altura del regazo.

—¿Cómo está? —pregunté antes incluso de recuperar el aliento.

—Sigue en el quirófano. Ya tengo el papeleo preparado. Solo tienes que firmar e ir con la sanadora.

No pregunté nada más. Firmé donde me señaló y seguí a la sanadora por el pasillo.

La aguja se me hundió en el brazo y aparté la mirada.

En lo más hondo de mí, Chloe se removió. No con esa viveza alerta y dispuesta de otras veces. Más bien como si se diera la vuelta despacio en sueños, incómoda, como si quisiera decir algo y no lograra salir a la superficie.

Cuando terminó, la sanadora se quitó los guantes y me miró directamente.

—Ha sido una extracción considerable —dijo—. Y con tu loba todavía dormida, la recuperación te costará más de lo normal. Tienes que quedarte aquí y descansar. Mandaré a una enfermera para que te ponga suero. No te vayas todavía.

—Entendido —dije.

Se marchó.

Miré el móvil.

13:31.

Me levanté, me puse la chaqueta y salí.

El trayecto en taxi duró doce minutos. Lo pasé casi entero con los ojos cerrados, presionándome la sien con dos dedos. Los bordes de la visión se me habían vuelto blandos y oscuros, como si alguien le hubiera bajado el brillo al mundo.

Parpadeé con fuerza. Obligué a los ojos a enfocar.

El coche se detuvo. Pagué y abrí la puerta de un empujón.

En la sala de subastas ya había mucho ruido cuando entré. Oliver me localizó desde el otro lado de la sala y vino directo hacia mí.

—Has llegado.

—Te dije que vendría. —Me senté a su lado.

La parcela de Lanwater salió en tercer lugar. La visión me temblaba por los bordes —manchas oscuras que se colaban desde los lados—, pero mantuve los ojos fijos al frente de la sala.

Se anunció la puja de salida.

Levanté la paleta.

Los demás pujadores fueron cautelosos. Se retiraron rápido. Tres rondas. Trescientos millones.

Cayó el martillo.

Solté el aire despacio y me recosté en la silla.

La subasta siguió su curso a mi alrededor. Cerré los ojos y dejé que Oliver se encargara de las preguntas posteriores. Cuando llegaron los documentos, los firmé sin leerlos: ya sabía lo que decían.

Cuando todo estuvo hecho, no me quedaba nada.

(Punto de vista del autor)

En el momento en que Aria salió de la sala de subastas, todo lo que la mantenía en pie cedió de golpe.

Primero le fallaron las piernas. Se venció hacia un lado, rápido, sin aviso.

Unas manos la sujetaron antes de que llegara al suelo.

Intentó abrir los ojos. Notaba que alguien la tenía agarrada —los dos brazos, con firmeza—, pero los párpados no la obedecían. Se cerraron y se quedaron así.

Oliver iba dos pasos detrás de ella. Lo vio todo.

Reconoció al hombre de inmediato. El vídeo había circulado lo suficiente: aquel en el que ese mismo hombre le había echado la chaqueta por los hombros a Aria a la salida de Maple Hall.

Pero el vídeo no había captado el peso de su presencia.

En persona, el aire a su alrededor cambiaba.

El instinto le dijo a Oliver que retrocediera antes de que al cerebro le diera tiempo a protestar.

En lugar de eso, dio un paso al frente.

—Gracias —dijo—. Yo me la llevo.

El hombre no se movió. Se recolocó el peso en los brazos, acercó a Aria contra el pecho y echó a andar hacia el aparcamiento.

Oliver lo siguió.

—Perdone… He dicho que yo me la llevo. ¿Quién es usted?

Un segundo hombre se interpuso en su camino. Hombros anchos, una cicatriz en la mandíbula, sonrisa fácil.

Connor.

Le puso una mano en el hombro a Oliver, sin apretar, solo lo justo.

—Tranquilo —dijo Connor—. Él no va a permitir que le pase nada.

—Eso no es una respuesta.

Oliver intentó rodearlo.

—Necesito saber quién es.

Connor miró hacia el aparcamiento, donde Thane ya doblaba la esquina y desaparecía con Aria en brazos.

Luego miró de nuevo a Oliver y sonrió.

—Es su futuro marido.

Oliver se quedó allí plantado.

Connor se encogió de hombros como si fuera lo más obvio del mundo y se marchó.

En el pasillo de la UCI, la operación de Ronan había terminado una hora antes.

Vivian estaba sentada en una de las sillas que había fuera de la habitación. Tenía las manos entrelazadas en el regazo. El rostro, impasible.

Beatrice se acomodó en el asiento de al lado y se inclinó hacia ella.

—Cancela todo en el estudio —murmuró—. Tú te quedas aquí todo el día. Cuando despierte, que tu cara sea la primera que vea. Que piense que has estado destrozada.

—¿Organizaste tú el accidente?

Beatrice no se inmutó.

—Si quieres algo, haces que ocurra. El camionero dirá que le fallaron los frenos. Ya está todo arreglado. Nadie lo relacionará con nosotras.

—Te dije que no lo hicieras.

—Y yo te dije que esperar no estaba funcionando. —La voz de Beatrice no se alteró—. No le muestres nada. Ni una fisura. ¿Me entiendes?

Vivian miró por el cristal al hombre de la cama. Tubos por todas partes. Monitores pitando. El rostro inerte y pálido.

Estuvo mucho rato sin hablar.

Luego cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, estaban serenos.

No había marcha atrás. Nunca la había habido, en realidad; no desde el momento en que se atribuyó por primera vez el mérito de algo que no había hecho. Todos los pasos que había dado desde entonces habían seguido el mismo camino.

La única salida era seguir adelante.

Estaría allí cuando despertara. Le cogería la mano. Lo miraría como si hubiera estado aterrada ante la idea de perderlo.

Terminaría lo que su madre había empezado.

Poco después de que Beatrice se marchara, el ascensor del final del pasillo se abrió.

Martha Stormcrest salió a toda prisa, con los tacones resonando en el suelo. Llevaba el rímel corrido. Tenía los ojos enrojecidos.

Agarró a Vivian del brazo en cuanto llegó a su lado.

—¿Cómo está? ¿Qué ha pasado? ¿Está…?

—Ha salido de la operación. —Vivian mantuvo la voz suave y firme—. Todavía no ha despertado. Pero consiguieron la sangre a tiempo. Está estable.

Martha le soltó el brazo y apoyó las dos manos en el cristal.

Al otro lado del cristal, su hijo yacía inmóvil en la cama.

Le temblaron los hombros. No intentó disimularlo.

Vivian se colocó a su lado y durante un momento no dijo nada. Después le puso una mano con suavidad en la espalda.

Martha se volvió.

Por primera vez desde que Vivian la conocía, no había cálculo en los ojos de la mujer mayor. Ni tanteo. Ni frialdad evaluadora.

Solo una madre que había estado a punto de perder a su hijo.

La miró durante un largo instante.

Luego asintió.

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