CAPÍTULO 98
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(Punto de vista del autor)
Vivian llegó a casa justo antes de la cena.
Su padre, Edgar, ya estaba en la mesa, esperando.
No dijo nada hasta que sirvieron la comida. Entonces dejó el tenedor y la miró.
—¿Cómo van los preparativos de la ceremonia de apareamiento?
Vivian mantuvo la voz firme.
—El banquete de compromiso se canceló. Eso dio mucho que hablar. Ronan dijo que me marcaría; solo quiere esperar a que las cosas se calmen.
Ivy, sentada frente a ella, soltó una risa breve.
—Esperar a que las cosas se calmen. ¿Cuánto tiempo lleva diciendo eso?
Vivian miró a su hermana con calma.
—Si quieres, lo llamo ahora mismo. Que venga y te lo diga él en persona.
La sonrisa de Ivy no se alteró, pero se calló.
Por debajo de la mesa, Edgar le dio una patada en la espinilla a Ivy.
Ivy cogió la copa y no dijo nada más.
Después de la cena, Edgar se llevó a Vivian aparte.
Habló en voz baja, pero sin un atisbo de dulzura.
—Hay que ponerle fecha a la ceremonia —dijo—. El negocio de la manada Thorne lleva dos años funcionando gracias al respaldo de Stormcrest. No podemos seguir esperando a que Ronan decida cuándo. Encárgate de ello.
Vivian asintió una vez y dijo:
—Entendido.
Su madre, Beatrice, la esperaba en el pasillo, cerca de la puerta principal.
El resto de la familia ya había subido. Solo estaban ellas dos.
Beatrice se inclinó hacia ella.
—¿Hasta qué punto es grave?
Vivian abandonó la expresión serena que había mantenido toda la noche.
—He perdido su confianza —dijo sin rodeos—. Y cada vez le presta más atención a Aria. Lo único que lo mantiene conmigo es lo que pasó hace cinco años.
—Pues apóyate en eso —dijo Beatrice.
—No puedo. —Vivian apretó la mandíbula—. Esa deuda nunca fue mía. Me la atribuí yo. Si algún día descubre la verdad, se acabó. Todo.
Beatrice guardó silencio un momento.
Luego dijo:
—¿Y si le damos un motivo nuevo?
Vivian la miró.
—Otro accidente —dijo Beatrice—. Tú lo salvas otra vez. Y mientras se recupera, juegas bien tus cartas: haces que se sienta culpable, que sienta que te debe algo. Lo empujas a comprometerse.
Vivian negó con la cabeza.
—Ya le mentí una vez. Si me pilla haciéndolo otra vez…
—No te pillará si tienes cuidado.
—No es cuestión de tener cuidado. —Vivian bajó la voz—.
Ronan tiene un grupo sanguíneo extremadamente raro.
Hace cinco años, quien le dio sangre en realidad fue Aria.
Eso no puedo repetirlo. No hay nadie con un grupo compatible a quien pueda recurrir.
—Hizo una pausa—. Y si algo sale mal en un accidente provocado, podría morir. No estoy dispuesta a llegar tan lejos.
Beatrice abrió la boca.
—He dicho que no —dijo Vivian—. No vuelvas a mencionarlo.
Beatrice apretó los labios y no dijo nada más.
Pero sus ojos ya estaban en otra parte.
Al día siguiente, justo antes del mediodía, sonó el teléfono de Ronan.
Era Beatrice.
—Vivian se ha desmayado en el estudio —dijo con voz atropellada—. Iría yo misma, pero estoy liada, no puedo moverme de aquí. ¿Podrías ir a ver cómo está? Por favor.
Ronan frunció el ceño. Unas semanas atrás alguien había seguido a Vivian. No se le había quitado de la cabeza.
No tenía nada en la agenda a la hora de comer.
—Voy —dijo.
Condujo solo.
Estaba parado en un cruce tranquilo, esperando a que cambiara el semáforo, cuando vio algo por el retrovisor izquierdo.
Un camión de carga. A toda velocidad. Sin frenar lo más mínimo.
Pisó el acelerador a fondo.
No fue suficiente.
El impacto fue como si se derrumbara un muro. El coche dio una vuelta de campana y cayó con fuerza en medio del cruce.
El camión iba cargado de plata industrial: barras atadas en haces, cajas de material en bruto. La caja se abrió en canal con el golpe. Las barras de plata atravesaron las ventanillas. Las esquirlas de plata se incrustaron en el habitáculo.
Ronan intentó transformarse. Instinto. Protegerse.
La plata le tocó la piel antes de que la transformación llegara a cuajar.
Lo notó de inmediato: el ardor, la forma en que se le bloqueaba el cuerpo, la sangre que no paraba.
El camión terminó por detenerse en la mediana ajardinada, al otro lado de la calzada.
El cruce quedó en silencio.
Vivian estaba comiendo con su equipo cuando le sonó el teléfono.
Vio el nombre de su madre y se apartó de la mesa.
—Está en el hospital. —Beatrice hablaba rápido y con la voz aguda, y por debajo de la urgencia había algo más, algo que sonaba casi a entusiasmo—. Tiene esquirlas de plata en las heridas. No puede curarse solo. Está perdiendo demasiada sangre. Necesitan un donante compatible ahora mismo.
Vivian lo entendió todo al instante.
Se apartó de su personal y bajó la voz.
—¿Quién te ha dicho que hicieras esto?
—Ya está hecho, Vivian. Esta es tu oportunidad…
—¿Mi oportunidad? —le tembló la voz—. Te lo dije anoche. Su grupo sanguíneo es demasiado raro. No puedo salvarlo. Nunca pude.
—¿Cómo que no puedes…?
—Porque no fui yo quien lo salvó la primera vez. —Las palabras le salieron duras, sin un gramo de emoción—. La persona que le dio sangre hace cinco años fue Aria. No yo. Te dije que no siguieras por ese camino. Te lo dije.
Silencio al otro lado de la línea.
Luego volvió la voz de Beatrice, ahora más apagada.
—El sanador ha dicho que si no recibe sangre pronto…
Vivian colgó.
Se quedó de pie en el centro de la sala.
Le dio una patada a la silla más cercana y la mandó patinando por el suelo. Su personal se quedó completamente inmóvil. Nadie habló. Nadie se movió.
Empezó a dar vueltas por la sala. La mente le iba a toda velocidad.
El grupo sanguíneo de Ronan era tan raro que la mayoría de las bases de datos no tendrían ni una sola coincidencia registrada. La única persona que ya había demostrado ser compatible era Aria.
Vivian dejó de dar vueltas.
Cogió el móvil y buscó el número. Se quedó mirándolo un segundo.
Llamó.
(Punto de vista de Aria)
Estaba cogiendo la chaqueta para salir a comer cuando me sonó el móvil.
Número desconocido.
Contesté de todos modos.
—Soy Vivian. —La voz al otro lado era cortante y atropellada—. Ronan ha tenido un accidente de coche. Está en el Mercy General ahora mismo. Tiene fragmentos de plata en las heridas; no puede curarse. Está perdiendo sangre y no encuentran donante compatible. Tienes que venir.
Me quedé ahí de pie, con el móvil en la mano.
Tardé un momento en decir algo.
Una parte de mí quería colgar sin más. Guardarme el móvil en el bolsillo, salir por la puerta e ir a comer como tenía planeado.
Pero algo me detuvo.
Al final dije:
—¿Y qué se supone que haría yo si fuera?
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