CAPÍTULO 89
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(Punto de vista del autor)
Ronan se dio la vuelta.
Aria tenía la frente apoyada contra la pared de ladrillo. Un fino hilo de sangre le bajaba desde la sien, de un rojo vivo contra la palidez de la piel.
No gritó. No dijo nada. Solo apoyó una mano en la pared y se sostuvo, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
A Ronan se le tensó el pecho.
Aquello lo había hecho él. No a propósito, pero le había soltado la mano. Le había dado la espalda. Y ella no había tenido nada a lo que agarrarse.
La culpa le cayó encima de golpe, con fuerza. Abrió la boca.
Vivian seguía abrazada a su cintura. Hundió más la cara en su pecho y soltó un suspiro tembloroso.
—Estaba muerta de miedo —susurró—. Ese hombre me agarró de repente, sin más. No podía moverme.
Ronan le puso una mano en la espalda. No apartó los ojos de Aria.
—Estás bien —dijo con voz inexpresiva—. Ya ha pasado.
Empezó a apartarse.
Entonces llegaron los guardianes de la manada.
Llegaron rápido: cuatro, de uniforme, con las radios chisporroteando. Les bastó un vistazo a los cuerpos tirados en el suelo y a la sangre del asfalto para empezar a conducir a todo el mundo hacia los vehículos.
Ronan no tuvo oportunidad de decirle una sola palabra a Aria antes de que la separaran de ellos.
El trayecto hasta el puesto de los guardianes fue corto y silencioso.
Ya en el puesto, un guardián se llevó a Aria por un pasillo lateral. A Ronan y a Vivian los llevaron a otra sala para interrogarlos.
El interrogatorio no duró mucho. No habían visto gran cosa: llegaron tarde e intervinieron cuando Aria ya estaba en el suelo. El agente les dio las gracias y les dijo que podían esperar a que les autorizaran a marcharse.
Ronan se levantó de inmediato.
Fue hasta la puerta de la sala a la que habían llevado a Aria. Por el panel de cristal esmerilado se veía movimiento dentro: una guardiana inclinada sobre Aria, que le hacía algo en la cabeza.
Levantó la mano para llamar.
La voz de la guardiana se oyó con claridad.
—Qué cara tienen esos renegados, ir así a por una loba.
Una pausa.
—Aunque, la verdad, una herida tan reciente ya debería estar cerrándose. ¿Por qué sigues sangrando?
Un instante de silencio.
Luego la voz de Aria, baja y serena.
—Esa no me la hicieron ellos.
La mano de Ronan se detuvo.
Se quedó ahí, con los nudillos a un par de centímetros de la puerta.
La guardiana dijo:
—Entonces, ¿quién…?
—¿Podemos empezar con la declaración? —dijo Aria—. Preferiría quitármelo de encima.
Ronan bajó la mano.
Se apartó de la puerta.
La guardiana de dentro calló un instante y luego dijo algo que él no alcanzó a oír. Se quedó en el pasillo un momento, sin moverse.
Dio media vuelta y volvió sobre sus pasos.
La guardiana abrió la puerta unos minutos más tarde y miró a Ronan y a Vivian.
—Necesitamos que vengan los dos a verificar las declaraciones de la otra parte —dijo—. Por aquí.
Ronan la siguió, pero no pudo evitar mirar de reojo hacia la puerta abierta.
Aria estaba sentada en la silla del otro lado de la sala, con una tira de vendaje en la frente. Tenía la vista fija en la mesa.
No levantó la mirada.
Él quiso decirle algo. Se quedó ahí un segundo, con la boca entreabierta.
La guardiana ya avanzaba por el pasillo.
La siguió.
Jared y los cuatro renegados estaban en la sala del fondo. Sus heridas eran bastante peores que las de Aria: dos tenían pinta de necesitar un sanador antes de que amaneciera.
Durante el interrogatorio, Jared se recostó en la silla y dijo que Ronan lo había empezado todo. Sin provocación alguna. Dijo que se había acercado y había lanzado el primer puñetazo.
Ronan lo miró un momento.
Salió e hizo una llamada.
Duró menos de dos minutos.
Cuando volvió a entrar, un agente apareció en la puerta y le pidió a Jared que lo acompañara. Jared se puso pálido. Regresó veinte minutos después con pinta de que alguien lo hubiera desinflado, y se lo contó todo al agente: el bar, Elena, el hotel, absolutamente todo.
Poco después, un agente se asomó a la puerta de Aria y le dijo que podía marcharse.
(Punto de vista de Aria)
La pierna todavía me dolía cuando salí al pasillo.
Cada dos pasos, un latido sordo me subía desde detrás de la rodilla. Mantuve el ritmo firme y no bajé la vista.
Ronan se acopló a mi paso.
Alargó la mano para cogerme del brazo.
Me aparté a un lado y seguí caminando.
La mano se le quedó suspendida en el aire. Lo oí resoplar.
—Esta noche te he salvado la vida —dijo—. ¿Y así es como te comportas?
Lo miré de reojo.
—Ronan —dije—, ¿en qué momento exactamente parezco enfadada?
Se quedó mirándome.
—Acabas de esquivarme la mano.
—También lo hago cuando no estoy enfadada —dije—. Lo sabes.
No contestó.
Caminamos unos pasos más. Iba callado, pero notaba que se armaba de valor para decir algo.
—¿De qué iba lo de esta noche? —dijo—. ¿Por qué ha ido Jared a por ti?
—Es personal —dije.
—Personal. —Hizo una pausa—. ¿No hay nada que puedas contarme?
No respondí.
—Esta noche Vivian y yo nos hemos visto arrastrados a esto —dijo—. Eso en lo que andas metida, sea lo que sea…
Se interrumpió a mitad de frase.
Siguió un silencio breve.
Lo miré una sola vez.
—Tienes razón —dije—. Os he metido a los dos en esto. Le diré a Oliver que os envíe algo. Una disculpa como es debido.
Abrió la boca.
—Gracias por lo de esta noche —dije—. Lo digo de verdad.
Seguí caminando.
Hubo un momento, allí en la calle, en que me soltó la mano. En que se dio la vuelta, cruzó hasta Vivian en tres pasos y me dejó sin nada a lo que agarrarme.
Me escoció. Unos tres segundos.
Pero lo entendía. Vivian era la persona a la que él acudía corriendo. Siempre lo había sido. Eso no era ninguna novedad, y no iba a quedarme ahí plantada para convertirlo en algo que no era.
Había salido de ese hotel y se había plantado delante de cuatro renegados por mí. Eso ya era algo.
No iba a sacar el otro tema.
Ronan tenía el ceño fruncido. Parecía buscar las palabras adecuadas.
No le di pie.
—Buenas noches, Ronan —dije.
Empujé la puerta de entrada de la comisaría y pasé.
A mi espalda, la voz de Vivian llegó desde el pasillo lateral, suave y un poco entrecortada.
—¿Ronan? Todavía estoy temblando un poco. ¿Podrías llevarme a casa?
No me di la vuelta.
Fuera, saqué el móvil para pedir un coche.
La pantalla estaba negra. Sin batería.
Pulsé el botón dos veces. Nada.
Me palpé los bolsillos. No llevaba efectivo.
Me quedé un momento en el bordillo.
Empecé a caminar.
Mi apartamento no estaba lejos. Veinte minutos, quizá veinticinco al ritmo que llevaba. La pierna me dolía, pero era soportable. Había pasado por cosas peores.
La calle estaba tranquila a esas horas. Había robles altos a ambos lados, con las sombras muy alargadas bajo las farolas. Mis pasos eran el único sonido.
Mantuve la vista en el suelo. La acera estaba levantada a trozos y, con la pierna como la tenía, no podía permitirme tropezar con una grieta.
No lo oí llegar.
Un hombre delgado pasó a mi lado en dirección contraria. Apenas me fijé en él: solo una forma al borde del campo visual.
Entonces alargó la mano como un resorte y me arrancó el móvil.
Al mismo tiempo me empujó a un lado.
Acabé en la franja de césped del borde de la acera: hierba, tierra suelta y un seto bajo que me golpeó detrás de las rodillas. La misma rodilla. Di contra el suelo y el dolor me estalló pierna arriba tan rápido que se me quedó la vista en blanco un segundo.
Me recorrió un sudor frío.
Intenté incorporarme. Me temblaban los brazos. La pierna no me respondía. Me quedé en el suelo.
El hombre ya había desaparecido.
Me quedé sentada en la hierba, sin moverme, un rato.
Luego alargué la mano y agarré un puñado de hierba a mi lado. Con raíces, tierra y todo. Lo arranqué y lo lancé con todas mis fuerzas, sin apuntar a nada en concreto.
No sirvió de mucho.
Una voz surgió de la oscuridad.
—Señorita Ravenshade.
Me quedé completamente quieta.
Chloe se quedó callada.
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