CAPÍTULO 82
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(Punto de vista del autor)
Daisy le tendió el teléfono.
Ronan lo cogió.
Sus ojos recorrieron la pantalla. Se detuvo.
El registro estaba a nombre de Aria. Interrupción del embarazo. Unos dos meses de gestación.
Dos meses atrás, él y Aria todavía estaban casados.
—Ya se veía con él —dijo Daisy con la voz tensa—. Mientras vosotros dos seguíais casados, Ronan. Ya estaba con ese hombre.
Ronan no respondió.
Siguió mirando la pantalla.
Dos meses. En esos dos meses había visto a Aria más de una docena de veces. Había estado lo bastante cerca para leerla. Y no había captado nada: su olor siempre había sido tenue, casi imposible de interpretar. Nunca había logrado leerla con claridad, ni una sola vez en todo su matrimonio.
Había creído que ella simplemente era así.
Daisy se cruzó de brazos.
—Siempre supe que algo no cuadraba en ella —dijo—. Todo ese tiempo haciendo el papel de compañera devota y, mientras tanto, te hacía esto a tus espaldas.
Ronan no dijo nada.
—Y tuvo el descaro de arrastrar a Vivian por el lodo con todas esas pruebas —continuó Daisy—. Y ahora mira. Era ella la que te engañaba. Que no te engañe más con su numerito de inocente. Tienes que hacer algo. Tienes que hacer que ella y ese hombre paguen por…
—Cállate.
Habló bajo. Sin inflexión.
Daisy se calló a media frase.
Dio un pequeño paso atrás.
Ronan levantó los ojos del teléfono. Su expresión no había cambiado. Su voz, completamente serena.
—Esto no sale de esta habitación —dijo.
Daisy parpadeó. Luego asintió deprisa.
—Por supuesto —dijo—. Lo entiendo. La reputación de la manada…
—He dicho que no sale de esta habitación. —Le devolvió el teléfono—. Nada más.
—Pero ¿qué vas a hacer al respecto? —preguntó ella—. No puedes permitir que ella…
Él la miró.
Ella cerró la boca.
Recogió el bolso, le lanzó una última mirada insegura y salió del despacho.
La puerta se cerró tras ella con un chasquido.
Ronan se quedó allí un momento.
Luego se giró y le dio una patada brutal al costado de la estantería.
La madera se astilló. Una hilera de libros cayó al suelo.
Su lobo soltó un gruñido grave desde el fondo del pecho. Rabia. Y algo más: algo para lo que no tenía nombre y tampoco quería tenerlo.
Había ido a verla. Se había humillado. Se había plantado delante de ella y había admitido que se había equivocado, que había estado ciego, que le debía mucho más de lo que jamás le había dado.
Había creído que la había juzgado mal.
Había creído que ella era la agraviada.
Se quedó de pie entre los restos de la estantería, mirando la pared.
En eso también se había equivocado.
Elena había acortado el viaje.
Estaba visitando a unos parientes con su madre cuando llegó el mensaje de Celeste: breve, medido. Lo decía todo sin decir casi nada.
Elena reservó el primer vuelo de vuelta a Denver.
Fue directamente a la clínica donde Celeste hacía el turno de tarde.
Celeste estaba detrás del mostrador cuando Elena entró. Se la veía pálida. De esa palidez que ni la mejor iluminación disimula. Pero se mantenía erguida, con las manos firmes, y consiguió sonreír al ver a Elena cruzar la puerta.
Elena esperó a que la sala de espera se vaciara un poco y luego se llevó a Celeste al rincón junto al armario del material.
—Anoche mismo te hicieron el procedimiento —dijo Elena, bajando la voz—. ¿Qué haces aquí?
Celeste mantuvo la sonrisa profesional.
—Estoy bien —dijo.
—No lo parece.
—Necesito las horas. —Celeste miró hacia la recepción—. Estoy bien, Elena. De verdad.
Elena soltó el aire.
—El dinero puede esperar —dijo—. Tu cuerpo no.
Celeste asintió. Pero su mirada ya estaba en otra parte.
Elena la observó un instante.
—¿Quién era él? —preguntó en voz baja.
La expresión de Celeste no cambió. Pero no dijo nada durante un largo rato.
—No quiero hablar de eso —dijo al fin.
Elena no insistió.
Conocía lo bastante de la historia de Celeste: sin manada, sin contactos familiares, sin nadie que le hubiera regalado nada.
Había escalado desde el último escalón de la carrera de curandera a base de pura tozudez.
Lo que hubiera pasado era una carga que le tocaba llevar a ella. Elena no iba a hurgar en ello.
Solo le apretó el brazo una vez y la dejó volver al trabajo.
(Punto de vista de Aria)
En cuanto supe que Elena había aterrizado sana y salva, empecé a escribirle cada hora para saber cómo estaba.
Al tercer mensaje lo pilló.
«¿No estarás enamorada de mí en secreto?», me contestó.
Le mandé un emoji de cara inexpresiva.
Acto seguido se lanzó a escribir un párrafo entero sobre que no pasaba nada por tener sentimientos, que ella era muy adorable, que no me iba a juzgar y que lo dijera sin más.
Puse el móvil boca abajo sobre el escritorio y ahí lo dejé.
Al caer la tarde volvió a escribirme.
«Se suponía que esta noche iba a ver a Jared. Pero Wyatt me acaba de preguntar si quiero ir con él a una cena de negocios. Ha dicho que Ronan y Vivian van a estar los dos allí».
Y añadió: «Sé que te dije que te equivocabas cuando decías que Ronan no había cortado de verdad con Vivian. Tenías razón. No cortó. Le ha abierto un estudio de diseño. Van juntos a todas partes».
Luego: «Ya le he dicho a Wyatt que sí. Voy a recogerte. Lo de Jared lo he cancelado».
Leí esa última línea dos veces.
Bien.
Llevaba tiempo buscando la manera de decirle que Jared no merecía su tiempo. Había llegado sola a esa conclusión.
Wyatt me escribió poco después para confirmar la cena y decirme que estuviera lista.
Todavía estaba mirando su mensaje cuando llegó el de Kai.
«Sobre esa cena que me debes. ¿Te va bien esta noche?».
Le contesté: «No puedo. Cena de negocios. Lo dejamos para otro día».
Lo envié y dejé el móvil a un lado.
El chat se quedó en silencio.
Lo miré un momento más de lo necesario.
Ya iban dos. Dos veces que le cancelaba un plan.
Aparté la idea y volví al trabajo.
Había pensado ir directa desde la oficina. Cambiarme allí, sin complicaciones.
Elena tenía otros planes.
Apareció en la entrada principal de Ravenshade Corp a las seis menos diez, me agarró del brazo y me llevó derecha a un salón de belleza a dos calles de allí antes de que pudiera decir nada.
—No necesito una hora de preparativos para una cena de negocios —dije.
—Vivian va a estar allí —dijo ella.
—Vivian me da igual.
—A mí no. —Empujó la puerta del salón—. Quiero que todo el mundo en esa sala vea cómo estás ahora. Quiero que vean que dejaste ese matrimonio y que has salido ganando.
En realidad, demostrarle algo a Ronan o a Vivian me daba exactamente igual.
Pero a Elena le brillaban los ojos, y había adelantado el vuelo de vuelta, y había cancelado lo de Jared, y me estaba arrastrando hacia la puerta del salón como si fuera la misión más importante de su vida.
La dejé hacer.
Una hora más tarde íbamos en un coche camino de Maple Hall.
El conductor paró delante de la entrada principal y rodeó el coche para abrirnos la puerta.
Me bajé.
Alcé la vista.
Una figura alta venía hacia nosotras desde el otro lado de la entrada.
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