CAPÍTULO 81
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(Punto de vista de Aria)
Celeste miró hacia donde se había ido Kai y después se volvió hacia mí.
Parecía a punto de decir algo. No lo dijo.
No teníamos tanta confianza, y ella no era de las que insisten.
Subimos en ascensor hasta la novena planta. Una enfermera esperaba ya en la puerta del pasillo.
Me acerqué a Celeste y le pregunté en voz baja:
—¿Estás segura de esto?
No titubeó.
—En cuanto vi el resultado de la prueba, ya lo tenía decidido —dijo—. Este niño no debería venir a este mundo. Ni por su bien ni por el mío.
Su voz sonaba firme. Sus ojos, no.
Había algo en ellos que no supe interpretar: dolor, quizá, o algo más antiguo que el dolor.
Antes de cruzar la puerta, me agarró la muñeca. Apretaba con fuerza.
—Por favor —dijo—, nadie puede saber nada de esta noche. Encontraré la manera de devolverte el favor. Te lo prometo.
—No diré nada —dije.
Me sostuvo la muñeca un segundo más, luego me soltó y entró.
La puerta se cerró tras ella.
Me quedé sola en el pasillo.
Kai volvió unos diez minutos después, con una bolsa de papel en una mano y dos vasos de sopa en la otra.
—Hay una tienda al otro lado de la calle —dijo—. Sándwiches. Espero que te parezca bien.
Miré a mi alrededor: los fluorescentes, las sillas de plástico, el suelo de linóleo.
—¿De verdad vas a comer aquí? —pregunté.
—¿Demasiado sencillo para ti?
—No es eso. —Me senté y cogí uno de los vasos—. Es solo que… no pareces de los que comen en los pasillos de un hospital.
Levantó una ceja.
—Por cómo hablas, por cómo te mueves —dije—. Das la impresión de pertenecer a un sitio con código de vestimenta. No a una silla de plástico bajo luces fluorescentes.
Se rio. Fue una risa auténtica: discreta, pero auténtica.
—Yo antes rebuscaba comida en los contenedores de basura —dijo—. Manzanas podridas, sobre todo. Cuando conseguía encontrarlas.
Lo dijo como quien cuenta que una vez se equivocó de salida en la autopista. Sin el menor rastro de emoción.
Lo miré.
—Estás de broma —dije.
Él se limitó a desenvolver su sándwich.
Le estudié la cara un momento y luego lo dejé pasar. No parecía alguien que hubiera pasado hambre nunca. Pero algo en el modo en que lo había dicho me hizo dudar.
La intervención de Celeste duró menos de media hora. Solo estaba de dos meses.
Después la dejaron en observación. Cuando la sanadora por fin la dejó salir, se la veía pálida y agotada de un modo que no tenía nada que ver con la intervención.
La ayudé a llegar al ascensor.
Ella apenas habló. Yo tampoco.
Abajo, en el vestíbulo, le pregunté si quería que la llevara.
—Pediré un coche —dijo—. Ya has hecho suficiente.
Consiguió esbozar una pequeña sonrisa. Le costó lo suyo.
La vi subir al coche y saqué el móvil para escribirle a Kai.
Su coche ya estaba junto a la acera.
Me subí y cerré la puerta.
—Siento que hayas perdido la noche con esto —dije.
—Todavía me debes una cena —dijo.
Salió a la carretera.
Las farolas aparecían y desaparecían. La ciudad estaba tranquila a esas horas. Miré la carretera que se abría delante y dejé que el silencio se asentara un minuto.
Entonces dije:
—Las pruebas contra Victor. Los registros del extracto de acónito. Fuiste tú, ¿verdad?
No lo negó.
—Sí.
—Y Damon y Penelope. Lo que les pasó. —Mantuve la vista en la carretera—. También fuiste tú.
—Sí.
Ya lo sabía. Lo sabía desde hacía tiempo.
Pero oírlo en voz alta era distinto.
Lo había hecho todo sin decir una palabra. Sin reclamar mérito, sin dar explicaciones. Como si interponerse entre el viento y yo fuera algo que hacía sin más.
Me giré y miré por la ventanilla.
—Kai —dije en voz baja—, no seas tan bueno conmigo.
Me detuve.
El resto de la frase no llegó. No sabía cuál era ese resto.
Me oyó. Sé que me oyó.
No me pidió que la terminara.
Nunca lo hacía: nunca me presionaba para que diera respuestas que todavía no había encontrado.
Se arrimó al bordillo delante de mi edificio y paró el coche.
—Buenas noches —dije.
Me bajé y caminé hacia la entrada. Iba más rápido de lo habitual.
No miré atrás.
(Punto de vista del autor)
Lo que Aria no sabía era que, justo después de que ella ayudara a Celeste a llegar al ascensor, una sanadora había detenido a Thane en el pasillo.
—¿Es usted el padre? —preguntó la sanadora.
Thane abrió la boca.
La sanadora no esperó.
—La intervención ha salido bien —dijo—, pero estas cosas pasan factura al cuerpo. Varias intervenciones pueden afectar a la fertilidad más adelante. Si ahora mismo no están pensando en tener un hijo, tengan cuidado en adelante.
Thane no tenía ningún interés en explicar la situación. Solo necesitaba alcanzar a Aria.
—Entendido —dijo, y se marchó.
Apenas había doblado la esquina cuando alguien salió de las sombras, en el recodo del pasillo.
Daisy.
Estaba allí con su madre: una revisión por una herida antigua, algo que le había quedado del contacto con un instrumento de plata años atrás. Iban de paso cuando ella se detuvo.
Reconoció al hombre de inmediato. Era el del vídeo, el que se había puesto delante de Aria a la salida de Ravenshade Corp cuando alguien le lanzó huevos. Ese clip había circulado por los círculos de las manadas durante días.
Había alcanzado a oír lo justo de lo que decía la sanadora.
Actuó rápido. Se acercó y la detuvo antes de que pudiera irse.
—Soy una amiga —dijo Daisy—. He venido a recoger a Aria. ¿Acaba de terminar?
La sanadora miró hacia el ascensor.
—Se acaba de marchar —dijo la sanadora—. Su novio ha ido tras ella.
Daisy dio media vuelta y volvió directamente con su madre.
—¿Conoces a alguien en este hospital? —preguntó, bajando la voz—. ¿Puedes conseguirme un historial?
Su madre frunció el ceño.
—¿Qué historial?
Daisy le contó lo que había oído.
A su madre le cambió la cara. Sacó el teléfono e hizo una llamada.
No tardó mucho.
A los pocos minutos, Daisy tenía el expediente en las manos. Un historial clínico, registrado a nombre de Aria.
Lo leyó.
Interrupción del embarazo. Aproximadamente dos meses de gestación.
Dos meses atrás, Aria y Ronan seguían casados.
Daisy se quedó mirando la página.
Pensó en el hombre del pasillo. Pensó en las fechas.
Cuanto más lo pensaba, más rabia le daba.
En su cabeza solo había una explicación: Aria se había liado con ese hombre antes incluso de que el divorcio fuera definitivo. Y ahora se había deshecho de la prueba.
Cogió el teléfono y llamó a Ronan.
Era tarde. Él contestó al tercer tono.
Condujo directamente hasta la finca Stormcrest y fue derecha a su despacho.
Llamó a la puerta. A Ronan nunca le había gustado que la gente se tomara libertades con él, ni siquiera la familia.
—Adelante —dijo él desde dentro.
Empujó la puerta y cruzó la habitación hasta su escritorio.
—¿Sabes con quién me he cruzado esta noche en el hospital? —preguntó.
Ronan bajó la vista hacia los papeles que tenía delante. No levantó la cabeza.
—¿Con quién? —dijo.
—Con Aria. Y con ese hombre con el que sale. Kai.
Él levantó la cabeza. Su expresión seguía siendo neutra, pero ahora tenía filo.
—Fueron a un hospital —dijo—. Y tú has conducido hasta aquí en plena noche para contarme eso.
—No es eso lo importante. —La voz de Daisy subió de tono—. Lo importante es a qué servicio fueron. La llevó a la planta de obstetricia, Ronan. Estaba allí para interrumpir un embarazo.
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