Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 79
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CAPÍTULO 79

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(Punto de vista de Aria)

Jared inclinó la cabeza. La sonrisa no se movió. Como si nada en el mundo pudiera afectarle.

—Es raro que digas eso —dijo—. Elena y yo estamos juntos. Es lo más natural, ¿no?

—Sé lo de Moira.

La sonrisa se mantuvo. Pero algo se movió detrás de sus ojos.

—No conozco a nadie con ese nombre —dijo.

—Sigues viéndote con ella —dije—. Elena no lo sabe. Quieres un hijo, un bebé que puedas usar para convencer a tu familia de que acepte a Moira. Elena solo es el medio para conseguirlo.

La sonrisa por fin se quebró.

No desapareció del todo. Pero se congeló. Solo por un segundo se le resbaló la máscara y vi el cálculo que había debajo.

Luego volvió a recomponerla.

—No sé de dónde sacas todo eso —dijo—. Corté con ella hace mucho tiempo. No tengo ningún plan. Elena me importa.

Lo dijo con soltura. Con calma. Como si lo hubiera ensayado.

Lo miré un largo rato.

No me tenía miedo. Ese era el problema. Se notaba que estaba convencido de que Elena le creería a él antes que a mí. Eso le daba todo el terreno firme que necesitaba para plantarse.

No tenía sentido discutir con él allí.

—Hemos terminado —dije, y me marché.

Elena me encontró unos minutos más tarde; se abrió paso entre la gente con la copa en la mano.

—Ahí estás —dijo—. ¿De qué hablabais los dos?

—De música vieja —dije—. Le preguntaba si había oído hablar de ese grupo con el que estabas obsesionada en su día. El de las portadas horrorosas.

Elena soltó un quejido.

—Por favor, no los menciones.

—¿Ves? Ni tú puedes defenderlos.

Se echó a reír y se olvidó del tema.

El grupo se quedó en la taberna hasta bien pasada la medianoche.

Elena bebió sin parar toda la noche. La taberna de Julian guardaba una reserva especial: vino elaborado con una pizca de acónito, lo justo para hacer efecto en el organismo de un lobo.

Cuando el local empezó a vaciarse, Elena tenía las mejillas de un rojo intenso y se apoyaba en mi hombro solo para mantenerse en pie.

Jared apareció al otro lado de Elena.

—Yo la llevo a casa —dijo.

—Ya me encargo yo —dije.

Él sonrió.

—¿Seguro? Está bastante perjudicada.

—Seguro.

Me miró un momento. Luego la sonrisa se le ensanchó.

—Desde luego, no te fías de mí —dijo—. ¿Por qué estás tan a la defensiva conmigo?

—Sabes por qué —dije.

Su sonrisa no vaciló.

Pasé el brazo por la cintura de Elena, tiré de ella hacia la puerta y no miré atrás.

Noté sus ojos clavados en mí mientras cruzaba el local. Siguieron ahí hasta que la puerta se cerró a nuestras espaldas.

El trayecto hasta el territorio de la manada Frost fue silencioso. Elena dormitaba apoyada en la ventanilla y murmuraba algo que no logré entender.

Me detuve en la entrada principal y le escribí un mensaje a Wyatt.

Salió en menos de dos minutos. Se acercó al lado del copiloto, abrió la puerta y se agachó para levantar a Elena del asiento.

Elena se removió. Hizo un ruidito y le tembló la nariz. Luego hundió la cara en su cuello y se quedó quieta, y los brazos se le cerraron en torno a él por puro instinto, como si hubiera encontrado el único lugar que tenía sentido.

Wyatt se quedó totalmente rígido.

Permaneció ahí varios segundos, sin moverse. Después, con mucho cuidado, recompuso la expresión hasta dejarla neutra.

Salí del coche.

—Ha estado bebiendo —dije—. Pero no es la única razón por la que te he llamado.

Me miró por encima del hombro de Elena.

—Elena está saliendo con alguien —dije—. Un guitarrista llamado Jared. Tengo motivos para creer que sigue liado con otra mujer. Lo ha estado ocultando.

La cara de Wyatt cambió.

La calidez se le borró del rostro. En su lugar apareció algo más frío y más duro.

—¿Lo sabe Elena? —preguntó.

—No —dije—. Todavía no tengo pruebas sólidas. Estoy en ello. Hasta que las consiga, necesito que la tengas cerca. No dejes que se vea con él a solas.

Titubeó.

—¿Estás segura de esto? —preguntó—. ¿No podría ser un malentendido?

Lo miré sin pestañear.

—Estoy segura —dije.

Me sostuvo la mirada un momento. Luego asintió.

—La mantendré aquí —dijo—. No saldrá sola.

Recolocó a Elena en los brazos y se volvió hacia la puerta.

—Wyatt.

Se detuvo.

—Mantenerla cerca —dije—. Puede que sea la mejor forma de protegerla.

No respondió.

—Eres el único que podría hacerla feliz de verdad —dije—. Durante el resto de su vida.

Guardó silencio un largo rato.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó.

—Desde hace tiempo.

Lo sabía por una noche de mi vida anterior.

Estaba hecha polvo por algo que había hecho Vivian —algo que tenía que ver con Ronan— y me llevé a Elena a rastras a la terraza del territorio de la manada Frost, y allí nos bebimos hasta el agua de los floreros.

Wyatt vino a recogernos. A esas alturas yo iba medio ida, pero no tanto como para perderme lo que vi.

Se había inclinado sobre Elena. Le había dado un beso en la frente. Despacio, con cuidado, como si temiera romper algo. Tenía en la cara la expresión de quien está ante algo sagrado.

Elena me había contado una vez que Wyatt llevaba ocho años enamorado de alguien. Ocho años. Eché la cuenta atrás. Coincidía exactamente con el año en que murieron sus padres. El año en que la manada Frost lo acogió.

El año en que conoció a Elena.

Wyatt se giró despacio. No llegó a mirarme de frente.

—Mi lobo nunca ha reconocido a nadie más que a ella —dijo en voz baja—. Pero yo no soy la persona adecuada para ella.

—¿Por qué no?

—Ella es una Frost —dijo—. Creció con todo. Yo soy el huérfano que se trajeron a casa por bondad. Da igual el aspecto que dé por fuera. Sé lo que soy por dentro.

—Warren y Diana nunca te han tratado así.

—Precisamente por eso —dijo—. Se portaron bien conmigo. No voy a devolvérselo obligándolos a aceptar algo que no tienen por qué aceptar. Elena merece algo mejor. Merece a alguien con posición. Con raíces. No a alguien que empezó sin nada y sigue sin tener nada que sea realmente suyo.

Nunca lo había oído hablar así.

Siempre tan sereno. Tan comedido. Ni una sola vez le había visto asomar lo que guardaba enterrado bajo toda esa calma.

—A veces —dije—, no pasa nada por ser egoísta.

No contestó.

—Es tarde —dijo en voz baja. Acomodó a Elena en los brazos y cruzó la puerta sin mirar atrás.

A la mañana siguiente saqué adelante la reunión de primera hora y una pila de expedientes urgentes antes de tener un momento para respirar.

Crucé la ciudad en coche y me reuní con un investigador privado.

Le expuse lo que necesitaba: vigilancia sobre Jared, constancia documental de sus contactos con Moira, cualquier cosa que sirviera como prueba sólida. Cerramos las condiciones y me marché.

Cuando volví a la sede de Ravenshade Corp, era mediodía.

Pasé la tarjeta y entré por la puerta principal.

Dos empleadas jóvenes iban unos pasos por delante de mí, con las cabezas juntas y la voz baja.

—Lleva aquí apenas una semana y ya se va antes de hora la mitad de los días —dijo una—. Y va por ahí como si esto fuera suyo.

—He oído que la forma en que consiguió el puesto no fue precisamente limpia —dijo la otra—. ¿Y te has fijado en que Victor no aparece últimamente? Da que pensar.

Me adelanté un paso.

—¿Qué decíais? —dije—. No me importa escuchar, si queréis repetirlo.

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