CAPÍTULO 77
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(Punto de vista de Aria)
Elena se quedó inmóvil, con la mano a medio camino del tenedor.
—Esa es Martha Stormcrest —susurró.
Agarró la silla y la arrastró hacia mi lado de la mesa. El restaurante olía a carne asada y especias. Estaba claro que quien ocupaba el reservado de al lado no había captado nuestro olor entre tanto aroma.
—No lo hagas —dije, y le serví una copa de vino tinto.
—Solo estoy escuchando —dijo.
—A eso me refiero exactamente.
Me ignoró por completo.
La voz de Martha llegaba a través de la mampara, afilada y seca. Luego respondió otra voz. Más suave. Más cautelosa.
Vivian.
Decía algo de que sus sentimientos por Ronan no tenían nada que ver con el dinero. Su voz tenía ese tono tan característico que siempre empleaba: frágil por fuera, obstinada por debajo.
Martha se rio. No fue un sonido cálido.
—Quieres ser la Luna de la manada Stormcrest —dijo Martha—. No lo adornes. Quieres el título, y quieres todo lo que eso conlleve para tu familia. De eso ha ido todo esto desde el principio.
Vivian empezó a protestar.
Martha no la dejó terminar.
Elena se inclinó hacia mí con los ojos muy abiertos y articuló sin voz: «La odia».
Cogí el tenedor y empecé a comer.
Lo fuimos reconstruyendo a partir de la conversación.
Martha le había concertado a Ronan un encuentro con una posible compañera.
La otra mujer era de una manada de posición comparable.
La cita ya estaba fijada. Luego Martha se enteró de que Ronan y Vivian habían vuelto y fue derecha a hablar con su hijo para acabar con aquello.
Su razonamiento era práctico. Ronan acababa de divorciarse.
Que Vivian apareciera a su lado inmediatamente después dejaba fatal a toda la manada.
La gente daría por hecho que el romance había existido durante el matrimonio.
Esa clase de rumores dañaba la reputación de Stormcrest, y a Martha eso le importaba más que casi nada.
Ronan no la escuchó.
Así que Martha fue directamente a Vivian.
—Primero lo intentó con él —murmuró Elena—. Y él la paró en seco.
—Come —dije.
No lo hizo.
La voz de Vivian se alzó un poco desde el reservado de al lado.
Contó que ella y Ronan habían estado juntos desde la universidad.
Que la única razón por la que se separaron entonces fue el acuerdo comercial entre Stormcrest y Ravenshade.
Que ahora, con Stormcrest ya estable, no había motivo para mantenerlos separados.
Dijo que se querían. Le pidió a Martha que los dejara ser felices.
La respuesta de Martha llegó fría y seca.
—Si tanto te quiere, ¿por qué no te ha dicho ni una sola vez que te querrá el resto de su vida? Dice que te marcará. Nunca ha dicho nada más allá de eso.
Vivian empezó a decir algo de que Ronan no era bueno con las palabras.
—No he terminado —dijo Martha.
Silencio por parte de Vivian.
—Lo que Ronan siente por ti no es simple cariño.
Hay algo más ahí. Algo que no es amor. No sé qué hiciste ni cómo lo hiciste, pero lo que sea que lo ata a ti no es limpio.
Soy su madre. Conozco a mi hijo. Estuvo casado con Aria un año y fue frío con ella, pero nunca fue indiferencia.
Ahora están divorciados y él sigue apareciendo dondequiera que esté ella.
¿De verdad no lo ves, o finges no verlo?
Elena me agarró la muñeca.
Apretaba con fuerza. Tenía los ojos como platos.
—Está diciendo que eres tú —susurró—. Está diciendo que Ronan en realidad…
Retiré la mano.
—¿Recuerdas lo que me contó tu madre? —dije—. Dijo que, cuando tenías diecisiete años, estabas colada por un chico que causó tantos problemas que toda la manada Frost se sabía su nombre.
La expresión de Elena cambió.
—Dijo que estabas completamente loca por él —añadí—. ¿Hablamos mejor de eso?
Elena dejó la copa de vino sobre la mesa con muchísimo cuidado.
Se irguió en el asiento.
Miró la pared de enfrente y no dijo nada.
Volví a mi comida.
Al otro lado de la mampara, Vivian seguía hablando. Dijo que no entendía qué insinuaba Martha. Mantuvo la voz serena, pero el esfuerzo era evidente.
A Martha se le agotó la paciencia.
—Te lo pondré fácil —dijo Martha—. Hay cinco millones sobre la mesa. Cógelos y márchate. Si no lo haces, te prometo una cosa: mientras yo viva, jamás pondrás un pie en Stormcrest como su compañera. Jamás.
—No quiero su dinero —dijo Vivian.
Su voz se había endurecido.
—Ni quinientos. Ni cinco millones. No voy a dejarlo.
Una silla chirrió al echarse atrás.
Los tacones de Martha repiquetearon contra el suelo.
—Entonces no tenemos nada más que decirnos.
No se despidió. Sus pasos se alejaron del reservado hacia la salida sin aflojar el paso.
Elena soltó el aire despacio y devolvió la silla a su sitio.
—Vaya —dijo.
—Come —dije.
Comimos en silencio unos minutos.
Vivian apareció en el extremo de nuestra mesa.
Venía del reservado de al lado. Se detuvo justo delante de nosotras, y la expresión de su cara no era de vergüenza. Era de hostilidad.
—¿Me has seguido hasta aquí? —preguntó, con los ojos clavados en mí.
Elena levantó la vista del plato.
—Hemos venido a cenar —dijo Elena—. ¿Te crees que el mundo gira a tu alrededor?
—Estoy hablando con ella —dijo Vivian, sin mirar a Elena.
—Y yo estoy hablando contigo —dijo Elena—. Así que las dos estamos hablando. ¿Dónde está el problema?
Vivian apretó la mandíbula.
Se volvió hacia mí.
—Lo que sea que estés planeando —dijo—, olvídalo. No vas a recuperarlo. Me eligió a mí. Siempre me ha elegido a mí. Tú solo fuiste algo que pasó entre medias.
No dije nada.
Esperó.
Cogí el vaso y bebí.
Le tembló la expresión. Esperaba una reacción y no la había conseguido. Se dio la vuelta y se marchó.
Elena la siguió con la mirada.
—¿No vas a decir nada? —preguntó.
—¿Qué iba a decir?
Elena se lo pensó.
—Tienes razón —dijo.
Terminamos de cenar. Pedí la cuenta y empecé a ponerme la chaqueta.
—Vente conmigo al bar de Julian —dijo Elena.
—Estoy intentando beber menos.
—Te pido una sidra caliente —ya se estaba levantando—. Julian la prepara buenísima. Te va a encantar.
La miré.
—Una hora —dije.
Sonrió y se agarró a mi brazo antes de que pudiera cambiar de opinión.
En la taberna de Julian había ruido y calor. Uno de esos sitios donde todo el mundo se conoce lo suficiente como para discutir. Elena repasó con la vista los reservados del fondo, encontró lo que buscaba y me arrastró por la sala antes de que pudiera preguntarle qué se proponía.
Un hombre se puso de pie cuando nos acercamos.
Iba vestido con ropa informal, pero todo en él parecía calculado. La chaqueta, la postura, la sonrisa fácil que puso al ver a Elena.
La atrajo hacia sí y la abrazó.
Le dio un beso en la mejilla.
—Jared —dijo, mirándome—. El novio de Elena. Me alegro de conocerte por fin.
No le devolví la sonrisa.
Me quedé allí plantada, mirándolo, y se me cayó el alma a los pies.
Conocía esa cara.
Sabía exactamente quién era Jared.
Nunca lo olvidaría. Ni en esta vida ni en ninguna otra.
Era el hombre que le había destrozado la vida a Elena.
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