CAPÍTULO 71
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(Punto de vista de Aria)
Preston ni siquiera se había levantado todavía.
Mi pie le impactó en el costado antes de que el cerebro me diera tiempo a procesar lo que hacía. Puro reflejo. Hay gente que te provoca ese efecto.
Volvió a caer al suelo con un gruñido.
El tobillo malo me gritó de dolor. Casi me caí con él.
—¡Aria! —La voz de Victor restalló por todo el salón—. ¿Qué narices te pasa?
Preston rodó sobre un costado, la cara roja, enseñando los dientes.
—¿Qué coño? ¿Te crees que puedes…?
Victor ya estaba agachado junto a él, con una mano extendida y la voz en pleno modo control de daños.
—Preston, lo siento muchísimo. Ha tenido un año difícil. No pretendía…
—Lo pretendía todo —dije.
Victor levantó la cabeza de golpe.
—La primera patada fue instinto —dije—. La segunda fue una decisión. ¿Me pones delante a un hombre así y esperas que sonría y le dé la mano?
—Aria. —Victor se irguió, con la mandíbula tensa—. Discúlpate. Ahora.
—No.
Agnes dio un paso adelante, con la voz temblorosa.
—¿Tienes idea del esfuerzo que nos ha costado organizar esto? Lo hemos hecho por ti.
Ahí estaba.
Por ti.
Algo frío se me asentó en el pecho. Ya había oído esas mismas palabras antes. En mi vida anterior decían exactamente lo mismo cada vez que me quitaban algo. Cada vez que me apartaban, me arrancaban algo, se adjudicaban otro trozo de Ravenshade. Todo por mi propio bien.
—Si Preston es tan buen partido —dije—, ¿por qué no se lo presentaste a Fiona?
Agnes abrió la boca.
—Porque alguien como él no está a la altura de mi…
Se interrumpió.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
La miré.
—Adelante. Termina la frase.
Se le puso la cara roja.
—Acabas de decirme que es un buen hombre, de familia poderosa —dije—. Pero no es lo bastante bueno para tu hija. Así que decidiste pasármelo a mí. ¿Y a eso lo llamas hacer algo por mi propio bien?
Miré a Victor.
—Hablas como si lo tuvieras todo controlado. Pero lo único que estás consiguiendo es quedar en ridículo delante de media manada.
Preston se quitó de un manotazo la mano de Agnes del brazo.
—No me toques.
Se levantó solo y se sacudió la chaqueta con movimientos bruscos y furiosos.
—Derek prácticamente me suplicó que viniera a esto —le espetó a Agnes—. Debería haber dicho que no.
Se volvió hacia mí. Su mirada era repugnante.
—Estuviste un año con Stormcrest y ni siquiera llegó a marcarte —dijo—. ¿Y te crees que puedes permitirte ser tan exigente? Nadie hace cola por una Luna a la que un Alpha tiró a la basura.
No contesté.
No hacía falta.
Porque Isaac ya se acercaba desde el borde de la multitud.
Se plantó justo delante de mí, con los hombros firmes y la barbilla alta. Era más joven que casi todos los presentes, pero en ese momento no lo parecía.
—Repítelo —le dijo a Preston.
Preston parpadeó.
—Lo digo en serio —insistió Isaac—. Repítelo. Quiero asegurarme de que te he oído bien antes de responder.
Preston desvió los ojos hacia él. Un destello de reconocimiento le cruzó la cara.
La familia de Isaac dirigía MK, una de las manadas más antiguas y mejor conectadas de Europa. Eran conocidos por dos cosas: la lealtad a los suyos y la tolerancia cero con cualquiera que se metiera con ellos.
—Cuando yo tome el mando de MK —dijo Isaac, y su voz resonó clara por todo el salón—, Ravenshade tendrá la alianza que quiera. Doy mi palabra. Aquí y ahora, delante de todos.
Miró a Preston.
—¿Y tú? Tú eres un ejemplo ambulante de lo que no hay que hacer. Ella no te miraría dos veces ni en tu mejor día.
Preston abrió la boca.
Luego la cerró.
Se dio la vuelta y se marchó sin decir una palabra más.
Isaac lo vio irse y después soltó un resoplido corto.
—Cobarde.
A nuestro alrededor, los invitados habían empezado a murmurar. Capté algunos retazos.
—El heredero de MK acaba de defenderla…
—¿No está ya saliendo con alguien? ¿Ese tal Kai?
—He oído que había otro hombre en aquella reunión del mes pasado…
—¿Para qué iba Victor a organizar esto si ella ya tiene pretendientes?
No quería quedarme en medio de todo aquello.
Le toqué el brazo a Isaac e incliné la cabeza hacia el pasillo lateral. Me siguió sin que hiciera falta pedírselo.
Cuando estuvimos lejos de la gente, lo miré.
—¿Había algo de verdad en todo eso? —pregunté—. ¿O era solo para sacarme del apuro?
Se le subió el color por el cuello.
—La parte de la alianza es de verdad. Lo demás fue… —Carraspeó—. Sobre todo para sacarte del apuro.
Estiré la mano y le revolví el pelo.
Me apartó la mano de un manotazo, entre refunfuños.
—¿Dónde está Elena? —pregunté—. No la he visto desde que estábamos arriba.
—La llamaron —dijo Isaac—. Un tío. Se fue bastante rápido.
Frunció el ceño, intentando recordar.
—Jared, creo. Algo así.
Se me cayó el alma a los pies.
Conocía ese nombre.
Abrí la boca para decir algo…
—Disculpen.
Una joven omega llegaba corriendo hacia nosotros desde el fondo del salón. Tenía la cara pálida. Le temblaban las manos.
—Señorita Aria…, es el Anciano Richard…, se ha desplomado junto a la piscina…
El suelo pareció inclinarse bajo mis pies.
Ya había echado a correr.
Me abrí paso entre la gente que se había congregado junto a las puertas de la piscina; todos se apartaban al verme la cara. Llegué a la primera fila y me detuve.
El abuelo estaba en el suelo.
Tenía el cuerpo rígido, luego convulso, luego rígido otra vez. De su garganta salía un sonido que nunca le había oído. Grave. Quebrado.
Los lobos a su alrededor tenían la cabeza baja. Un murmullo grave recorría el grupo.
Me quedé en blanco.
Me temblaban las manos. Lo notaba. Cerré los ojos con fuerza un segundo, solo uno, y me lo tragué todo.
Luego caí de rodillas a su lado y me puse a trabajar.
Mantuve la voz firme. No dejé de mover las manos. No me permití pensar en nada más.
La ambulancia llegó rápido. Los sanitarios entraron corriendo con la camilla.
Intenté levantarme y apartarme.
Se me habían dormido las piernas de estar de rodillas. Se me dobló una rodilla. Me fui al suelo y me frené con las dos palmas.
El vestido blanco se arrastró por el barro.
Me derrumbé. Las lágrimas salieron antes de que pudiera contenerlas.
Me limpié la cara con el dorso de la mano y me incorporé. El tobillo me palpitaba. Tenía las palmas sucias. No me importó.
Seguí a los sanitarios hasta la ambulancia.
—Aria.
Isaac se acercó al trote por detrás.
—Voy contigo.
No le contesté.
Subí y no aparté la mirada de la cara de mi abuelo en todo el camino.
(Punto de vista del autor)
Junto a la piscina, Ronan se quedó inmóvil y miró cómo se cerraban las puertas de la ambulancia.
Tristan se colocó a su lado.
—¿No vas a seguirla?
Mantuvo la voz baja.
—Era tu esposa.
Ronan vio alejarse la ambulancia.
—Lo era —dijo—. Ya no lo es.
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