CAPÍTULO 69
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(Punto de vista de Aria)
—Una mujer que salió de tu edificio —dijo Tristan—. Sabes de quién hablo.
—Nora —dije con voz neutra.
No lo negó.
—¿Te ha enviado Damon?
Tristan asintió.
—Lleva casi dos años buscándola. Ha puesto patas arriba medio territorio occidental para encontrarla. Solo quiere una pista. Cualquier cosa.
—Dos años —dije.
—No ha parado.
Miré a Tristan.
—¿Alguna vez te has parado a pensar por qué lleva todo ese tiempo escondiéndose de él?
Tristan se quedó callado un momento.
—No conozco los detalles. No pregunté. Solo sé que la está buscando.
—Entonces no sabes lo suficiente como para venir a preguntarme esto.
Abrió la boca.
Seguí hablando.
—Vuelve y dile a Damon esto de mi parte: no le daré ni una palabra sobre Nora. Ni una ubicación, ni un nombre, ni una dirección. Nada. —Le sostuve la mirada—. Y si Nora quisiera verlo, ya se habría encargado ella misma de que pasara.
Tristan me estudió la cara.
Luego asintió una sola vez, se dio la vuelta y volvió a meterse entre la gente.
Lo vi marcharse.
El móvil me vibró contra la cadera.
Lo saqué. Llamada perdida. Kai.
Ya se había cortado cuando miré la pantalla.
Me alejé del ruido y lo llamé.
Contestó al segundo tono.
—Hola —dijo—. ¿Estás libre ahora?
—La verdad es que no. Es el cumpleaños de mi abuelo. Estoy en la casa de la manada.
Una pausa breve.
—Estoy en la verja de la casa de la manada —dijo.
Miré hacia la entrada del edificio.
—¿Estás fuera ahora mismo?
—Sí.
Lo pensé un segundo.
—Espera ahí. Ahora salgo.
Me escurrí entre la gente, pasé junto a los camareros y los corrillos de alfas que se daban la mano, salí por la puerta principal y bajé los escalones, dejé atrás la fuente y crucé el césped hasta la verja principal.
Había un todoterreno negro aparcado junto a la carretera. Kai estaba apoyado en el costado, con las manos en los bolsillos, mirándome mientras me acercaba.
—Podrías haber entrado sin más —dije.
—No me invitaron.
Claro. Victor se había encargado de todo y no conocía a Kai. Por supuesto que no lo había puesto en la lista.
Kai se estiró hacia el asiento trasero y sacó una bolsa de regalo. Me la tendió.
—Para tu abuelo —dijo.
La cogí y miré dentro.
Era una pulsera. Cuentas de madera talladas a mano, cada una grabada con una runa pequeña. De esos trabajos que llevan mucho tiempo. De los que no se encuentran en una tienda.
—¿De dónde has sacado esto? —pregunté.
—La encargué. Hay un artesano viejo; viaja de un lado a otro, nunca se queda mucho en el mismo sitio. Lo localicé.
Le di vueltas a la pulsera en la mano. Las cuentas eran lisas y oscuras, pulidas hasta sacarles un brillo suave.
—Pasa —dije—. Ya que estás aquí, no hay motivo para que no entres.
Me di la vuelta y empecé a caminar de regreso a la casa de la manada.
Dos pasos después, todo el cuerpo se me fue de lado.
Bajé la vista.
El tacón derecho se me había colado por la rejilla metálica que había al borde del camino del césped. Tiré. El zapato no se movió. Tiré más fuerte. Nada.
Detrás de mí oí a Kai hacer un ruido que se estaba esforzando muchísimo por contener.
Me agaché y agarré el tacón con las dos manos. Lo saqué de un tirón... y arranqué con él toda la tapa de la rejilla.
Me puse de pie otra vez, me sacudí la rejilla del zapato y me giré hacia él.
Tenía una mano sobre la boca.
—Ni se te ocurra —dije.
Apretó los labios.
Me erguí todo lo que pude con un zapato medio destrozado y lo miré.
—Ayúdame a volver dentro.
Dejó de intentar no reírse y se acercó. Me sujetó por debajo del brazo derecho, firme y con cuidado.
Di un paso a la pata coja.
Entonces lo oí: un crujido seco en el pie izquierdo.
El tacón se rompió de cuajo.
Se me torció el tobillo. Caí hacia delante y fui a dar de lleno contra su pecho.
Me rodeó con los brazos de forma automática.
Se rio. Bajo, contenido, pero riéndose, sin duda.
—¿Puedes andar? —preguntó.
Probé a mover el tobillo. Un dolor agudo me subió desde ahí. Hice una mueca.
—No —dije—. Probablemente no.
—¿Quieres que te lleve en brazos?
Lo pensé exactamente un segundo.
—Sí —dije—. Pero por el camino de atrás. La puerta lateral. Que no nos vea nadie.
Reajustó el agarre —un brazo en mi cintura, el otro bajo mis rodillas— y me levantó como si no pesara nada.
Chloe se removió en algún lugar muy dentro de mí, despacio, a gusto.
Alcé la vista al cielo un momento.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro —dijo.
—¿Alguna vez has tenido una relación?
—No —dijo sin más.
—Me lo imaginaba.
Bajó la vista hacia mí.
—¿Por qué?
—Por las cosas que haces —dije—. No las piensas. Las haces y ya. Y eso es… —Me detuve.
—¿Es qué?
—Hace que a una se le acelere el corazón —dije—. Nada más.
Dio un paso en silencio.
—¿Me estás enseñando a conquistarte? —preguntó.
Cerré la boca.
Volvió a reírse, una risa baja en el pecho, y la sentí más que la oí.
—La puerta de atrás —dije—. Más rápido. Por favor.
Tomó el sendero lateral que bordeaba la casa de la manada, lejos de las ventanas y de los invitados. Entramos por la puerta de servicio y subimos por la escalera trasera hasta la segunda planta.
El pasillo estaba en silencio.
Hasta que dejó de estarlo.
Ronan estaba de pie en medio del corredor.
Tenía la caja del regalo en las manos, la misma que el abuelo había rechazado. Seguramente iba de camino a mi habitación para dejarla en la puerta.
Nos vio.
Se le quedó la cara inmóvil.
Kai me dejó en el suelo con cuidado. Me sostuve sobre un pie, con los zapatos destrozados colgando de los dedos.
Ronan tenía la mandíbula tensa.
—Esta es la fiesta de cumpleaños de tu abuelo —dijo—. Ten un poco de dignidad.
Lo miré.
—¿Qué es exactamente lo que has visto?
—Te he visto dejar que un hombre te lleve en brazos por los pasillos de atrás de tu propia casa de la manada.
—Se me ha roto el tacón —dije—. Voy a mi habitación a cambiarme de zapatos.
Soltó una risa corta y fría.
—Ya, claro.
—No es una excusa —dije—. Es lo que ha pasado.
—Nadie se va a creer eso.
Me volví hacia Kai.
—Mi habitación está justo detrás de ti. ¿Me ayudas a llegar a la puerta?
Kai asintió y se puso a mi lado.
La mano de Ronan salió disparada y me agarró del brazo.
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