CAPÍTULO 68
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(Punto de vista de Aria)
El sol se hundió detrás de la cresta y la casa de la manada se encendió de golpe.
Todas las ventanas resplandecían. Los coches llenaban el camino de entrada, uno detrás de otro. Las puertas principales permanecían abiertas para dejar pasar a los invitados.
Me quedé junto al abuelo y vi entrar a los alfas uno a uno. Cada uno se detenía ante él e inclinaba la cabeza. El saludo antiguo. El que significaba que todavía lo respetaban.
Cuando la luna asomó por encima de la cresta, los lobos de Ravenshade alzaron la cabeza y aullaron a una. Una nota larga y nítida que se extendió por toda la finca.
Chloe dormía dentro de mí. No tenía nada que ofrecer.
Aun así eché la cabeza hacia atrás, como todos los demás, y dejé que el sonido me envolviera.
Me alisé el vestido blanco y seguí dando la mano a la gente.
Los viejos amigos del abuelo no dejaban de llegar. Le daban palmadas en el hombro, se reían de sus bromas, le decían que tenía buen aspecto para alguien que había pasado medio año en una cama de hospital.
Algunos se volvían hacia mí y me dedicaban unas palabras.
Yo sonreía, respondía con cortesía y mantenía las distancias.
Cuando Ronan retiró su inversión y Ravenshade entró en crisis, acudí a esta gente. Me senté en sus despachos, les expliqué la situación y les pedí ayuda.
Todos tuvieron sus razones para no poder.
Lo entendía. Los negocios son los negocios.
Pero una cosa es entenderlo y otra muy distinta sentir simpatía por ellos.
Mantuve la sonrisa en su sitio y seguí adelante.
La familia Frost entró por la puerta principal, e Isaac apareció justo detrás de ellos.
Lo miré.
—¿Has venido con Elena?
Isaac sonrió de oreja a oreja.
—Lo teníamos planeado.
Elena se colocó a su lado.
—¿Te acuerdas del linchamiento que te montaron en internet el otro día?
—Vagamente —dije.
—Isaac y yo fuimos a por ellos juntos. —Se cruzó de brazos, satisfecha—. Entre los dos conseguimos que cerraran casi sesenta cuentas.
—Treinta y tres mías —dijo Isaac—. Ella consiguió veintitantas.
—Veintiséis —dijo Elena—. Aun así, hacemos buen equipo.
Los miré a los dos.
—La verdad es que impresiona.
Elena alargó el brazo para echárselo por encima del hombro a Isaac. Wyatt se movió primero. Se desplazó de lado, callado y ágil, y se interpuso justo entre ellos.
El brazo de Elena acabó sobre Wyatt.
Ella ni se inmutó. Simplemente se recostó contra él y se quedó allí, con la cabeza inclinada hacia su hombro como si fuera lo más natural del mundo.
Apreté los labios para no sonreír.
—¿Y tu tío? —le pregunté a Isaac—. Bernard ha venido contigo, ¿no?
—Tuvo que volver antes. Le surgió algo. —Isaac se encogió de hombros—. Yo me quedo unas semanas más. Me iré antes de que empiece el semestre.
Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió de nuevo.
Levanté la vista.
Ronan entró. Tristan iba un paso detrás de él.
No había revisado con detalle la lista de invitados. Victor se había encargado de toda la organización y yo solo había echado un vistazo rápido a los nombres. No se me había ocurrido buscar el de Ronan.
El abuelo estaba a media frase con uno de sus viejos amigos. Vio a Ronan y se calló en seco.
Se volvió hacia Victor.
—¿Qué hace él aquí?
Victor extendió las manos.
—Tío Richard, sé que están divorciados, pero la manada Stormcrest sigue siendo vecina. Cortesía básica. Envié una invitación simbólica; no pensé que fuera a aparecer de verdad.
Lo dijo con la cara perfectamente serena.
Demasiado serena.
Lo observé un instante. No parecía tanto un hombre dando explicaciones como un hombre esperando a ver qué pasaba a continuación.
Ronan se acercó al abuelo y se detuvo a unos pasos.
—Me enteré de que le habían dado el alta —dijo—. Quería venir en persona. Le he traído algo pequeño.
Le tendió una caja de regalo plana.
La miré.
Tres noches antes había intentado entregarme un montón de documentos en la puerta de mi casa. La escritura de Riverside Cottage. Contratos. Cosas que él llamaba compensación. Le había cerrado la puerta en las narices.
Y ahora estaba allí, intentando lo mismo a través del abuelo.
No dije nada. Había demasiada gente mirando. Pensé que dejaría que el abuelo lo aceptara por ahora y lo devolvería discretamente cuando se fueran los invitados.
El abuelo no hizo ademán de coger la caja.
—No puedo aceptar nada de Stormcrest —dijo—. Llévatelo contigo.
Ronan parpadeó.
Era evidente que no se esperaba eso. No allí, no delante de todos.
Apretó la mandíbula. Se acercó un paso y bajó la voz.
—Es su cumpleaños. Se supone que hoy es un buen día. ¿Por qué dice algo así?
El abuelo bajó la voz al mismo tono.
—Era un buen día. Hasta que has entrado tú.
La expresión de Ronan no cambió.
El abuelo mantuvo la voz baja y serena.
—Ya que estás aquí, no voy a echarte. Pero te pido que esta noche te mantengas lejos de mí y lejos de Aria. No te acerques a darnos conversación. Porque si lo haces… —Hizo una pausa—. Puede que no me contenga.
(Punto de vista del autor)
Ronan se dio la vuelta y se alejó.
Tenía la cara de piedra. Tristan lo siguió hasta un rincón más tranquilo de la sala, junto a la pared del fondo, donde el servicio aún no había montado nada.
Ronan le plantó la caja del regalo a Tristan sin mirarlo.
—Ninguno de los dos lo acepta —dijo.
Tristan la cogió.
—¿Y qué quieres que haga con ella?
—Me da igual.
Tristan dejó la caja en la superficie más cercana.
—Sabías que esto no iba a salir bien.
—No he venido aquí a que un viejo me eche un sermón delante de toda su lista de invitados.
—Ronan. —La voz de Tristan sonó inexpresiva—. Le hiciste daño. Le hiciste daño durante años. ¿Qué esperabas que pasara?
Ronan abrió la boca.
La respuesta le vino sola, automática: «No hice nada mal». Y estuvo a punto de decirla en voz alta.
Se contuvo.
Sabía que no era verdad. Lo sabía desde hacía tiempo. Lo que todavía no había decidido era qué hacer con ello.
No dijo nada.
Tristan dejó que el silencio se alargara un momento. Luego cambió de tercio.
—¿Has estado en contacto con Vivian últimamente?
—No. —La palabra le salió más dura de lo que pretendía—. Últimamente no.
Tristan lo observó.
—¿Sabes? Hay veces en que de verdad no te entiendo. Si quieres a Aria, ve a por Aria. Si quieres a Vivian, vuelve con Vivian. Pero esto… —Hizo un gesto vago hacia la sala, hacia la caja del regalo, hacia todo—. Esto es quedarte plantado en medio del camino mientras los demás siguen adelante.
Ronan no contestó.
Tristan cogió la caja del regalo y se la volvió a poner en las manos.
—De hecho, tengo que ir a buscar a Aria. Tengo algo que preguntarle. —Hizo una pausa—. Damon se puso en contacto conmigo. Quiere saber de una mujer que salió del edificio de Aria hace un tiempo. Está intentando localizarla.
Ronan lo miró.
—¿Nora?
—No dijo el nombre. Pero ¿cuántas mujeres le han importado a Damon lo suficiente como para ir detrás de ellas? —Tristan se encogió de hombros—. Voy a preguntárselo.
Cruzó la sala.
(Punto de vista de Aria)
Tristan apareció a mi lado.
—¿Te robo un segundo? —dijo—. En algún sitio más tranquilo.
Me disculpé con el grupo con el que estaba y lo seguí unos pasos por el pasillo, lejos del ruido.
Se volvió hacia mí.
—Estoy buscando a alguien —dijo—. A una mujer. ¿Sabes a quién me refiero?
Lo miré sin pestañear.
—Conozco a muchas mujeres —dije.
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