Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 67
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CAPÍTULO 67

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(Punto de vista de Aria)

Me tomé la mañana libre para ir yo misma a buscar al abuelo al hospital.

Había pasado allí casi todo el año. Los sanadores le habían dado el alta días atrás. Era yo la que les pedía una y otra vez que lo tuvieran ingresado un poco más.

Cuando abrí la puerta de su habitación, ya estaba vestido, inclinado sobre la cama, metiendo cosas en una bolsa.

—Abuelo. —Crucé la habitación—. Deja que lo haga el auxiliar. Siéntate.

Se rio sin levantar la vista.

—El sanador me dijo que me moviera más. Esto cuenta como ejercicio.

Me quedé ahí plantada un segundo; luego desistí y empecé a doblar cosas al otro lado de la cama.

Terminamos de hacer el equipaje y bajamos juntos en el ascensor. Estaba de buen humor, mejor de lo que lo había visto en meses. No dejó de hablar en todo el camino hasta el coche, hizo una broma sobre la comida del hospital, me preguntó si había desayunado.

Para cuando salimos del aparcamiento, ya estaba preguntando por la manada.

Volvimos a la casa de la manada Ravenshade justo al mediodía.

La familia de Victor ya estaba allí. La comida estaba servida en la mesa.

Victor se había hecho cargo de toda la celebración del cumpleaños: la planificación, los proveedores, todo.

Yo había revisado los preparativos dos veces sin decírselo.

La procedencia de la comida, la decoración. No había encontrado nada raro.

Seguía sin fiarme del todo. Pero no encontraba nada que objetar.

Nos sentamos a comer.

Victor dejó el vaso y miró al abuelo.

—¿Y cuál es el plan ahora que has vuelto? ¿Listo para volver a tomar las riendas?

El abuelo asintió.

—Esa es la idea. He estado al margen demasiado tiempo. Gracias a los dos, a ti y a Derek, por mantener todo en marcha.

Victor sonrió.

—Somos familia. Por supuesto.

Le observé la cara. Por un instante, algo se movió detrás de sus ojos. Luego desapareció.

Fiona había estado callada casi toda la comida. Entonces levantó la vista.

—Abuelo —dijo—, ¿Aria y tú vais a volver a vivir aquí para siempre?

El abuelo le sonrió.

—¿Me echaste de menos mientras estuve fuera?

Fiona no contestó de inmediato. Se dedicó a pellizcar el borde de la servilleta.

Después, en voz baja, dijo:

—Es que no entiendo por qué tenéis que volver aquí. Esta es mi casa ahora.

Lo dijo en voz baja, pero en la mesa no se perdió una sola palabra.

La sonrisa del abuelo se apagó.

Miré a Fiona.

—Esta casa de la manada pasó a mis padres hace veinte años. ¿Estás diciendo que ahora te pertenece a ti?

Fiona soltó la servilleta.

—Tus padres ya no están. Y tú vas a acabar en otra manada con tu compañero, de todos modos. Este sitio será de Derek algún día. Así que sí. Es mi casa.

Mis padres.

—¿Victor no te enseñó modales? —Mi voz salió más baja de lo que esperaba—. Di una palabra más y haré que el mayordomo te acompañe a la puerta.

Fiona levantó la barbilla.

—Esta es mi casa. No puedes echarme de mi propia casa.

Dejé el tenedor. Giré la cabeza hacia el pasillo.

—James.

El mayordomo apareció en el umbral.

—Por favor, acompaña a la señorita Fiona a la salida del comedor.

James llevaba con el abuelo más de quince años. Sabía perfectamente quién mandaba en esta casa. Se acercó a Fiona sin titubear y alargó la mano hacia su brazo.

Fiona se apartó de un tirón.

—No me toques. Haré que mi padre te despida.

James mantuvo el gesto completamente neutro. Le rodeó la muñeca con suavidad.

—Mis disculpas, señorita Fiona. Solo cumplo con mi trabajo.

Victor echó la silla hacia atrás de golpe.

—Aria. —Se interpuso entre James y Fiona, con una mano levantada—. Es joven. Habla sin pensar. No te lo tomes como algo personal.

—Tiene casi veintidós años —dije—. Nunca he conocido a nadie de esa edad que todavía necesitara que otro le buscara excusas.

Victor abrió la boca. No le salió ni una palabra.

Se volvió entonces hacia el abuelo.

El abuelo hizo un gesto con la mano.

—Dejadlo. Sentaos todos.

James soltó la muñeca de Fiona y dio un paso atrás. Fiona se frotó el brazo y murmuró algo entre dientes.

La miré.

Se calló al instante.

Después de comer, la estilista que Victor había contratado se presentó en la puerta principal.

La llevé arriba, a mi habitación.

Todo estaba exactamente donde lo había dejado.

La cómoda, la estantería, las cortinas. Fiona había intentado instalarse aquí cuando la casa de la manada estaba vacía.

James había mantenido la puerta cerrada con llave.

A la familia de Victor le habían permitido quedarse en las habitaciones de invitados mientras el abuelo estaba en el hospital, pero esta habitación y la del abuelo habían estado vetadas todo ese tiempo.

Me senté ante el tocador y la dejé trabajar. Primero me peinó, luego me maquilló y después me ayudó a ponerme el vestido que había apartado para el banquete.

Cuando acabó conmigo, se fue por el pasillo a la habitación de Fiona.

Cerré la puerta tras ella.

La habitación estaba en silencio.

Me quedé un momento allí de pie. Luego fui hasta la cama e hinqué una rodilla en el suelo. Metí la mano por debajo y tanteé hasta que toqué el borde de una pequeña caja de madera.

La saqué.

La tapa tenía una fina capa de polvo. La limpié con la manga y abrí la caja.

Dentro había un osito de peluche. Hecho a mano. Del tamaño de una palma. Las costuras eran cuidadas y parejas, pacientes y precisas.

Lo tenía desde hacía diez años.

Hacía diez años que Ashwyn había desaparecido.

Era el chico que encontré al borde de la carretera y me llevé a casa. Vivió con nosotros en Ravenshade casi un año. Mis padres lo trataron como a un hijo.

Cuando se esfumó, mis padres siguieron una pista hasta Las Vegas. Nunca volvieron a casa. Estalló una bomba en pleno centro de la ciudad y el abuelo regresó con dos urnas.

Tenía trece años. No fui capaz de quedarme quieta a llorarlos. Salí de la casa de la manada y empecé a caminar sin rumbo, buscando a Ashwyn, como si pudiera encontrarlo con solo seguir andando.

Una jauría de perros callejeros me persiguió hasta la finca de alguien. Me escondí dentro, sangrando por un corte en la pierna, y fue allí donde lo conocí: un chico con una máscara de plumas dorada a medias, delgado y callado, con una voz que sonaba como si le doliera hablar.

Nunca se quitó la máscara. Nunca le vi la cara.

Me limpió la pierna. Me preparó un plato de estofado. Me enseñó a trenzar tallos para hacer coronas de flores. Me acompañó al entierro de mis padres.

Cuando bajaron las urnas a la tierra, me derrumbé. Eché a correr. Todavía tenía la pierna a medio curar y lloraba tanto que no veía nada, y él me siguió sin decir una palabra, paso a paso, hasta que no pude dar un paso más.

Cuando me desplomé, me cogió en brazos. Me abrazó y me acarició la cabeza despacio, y me dijo que cuidaría de mí. Que lo haría por mis padres.

Esa noche me hizo este osito.

Chloe soltó un sonido grave desde algún lugar hondo y quieto.

No lo encontré. Lo que encontré fue una conexión: la finca pertenecía a la familia Stormcrest, y Ronan iba a mi clase en el colegio.

Me convencí de que había sido él.

Me pasé diez años persiguiendo ese recuerdo. Esa única frase. «Cuidaré de ti».

Fue el primer paso en falso de mi vida anterior. Y el más hondo.

Llamaron a la puerta.

—Ari. —Era la voz del abuelo—. ¿Estás lista?

Bajé la vista hacia el osito un segundo más.

Luego lo volví a meter en la caja, cerré la tapa y empujé la caja debajo de la cama.

Me incorporé, me repasé el vestido en el espejo y me puse una sonrisa serena.

Abrí la puerta y salí.

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