CAPÍTULO 65
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(Punto de vista de Aria)
Volví de pasear a Barnaby y me encontré a Elena todavía hecha un ovillo en el sofá, deslizando el dedo por el móvil.
—Los comentarios siguen a tope —dijo sin levantar la vista—. ¿Sabías que Vivian y Ronan van hoy a comprar el anillo?
Le quité la correa a Barnaby y la colgué junto a la puerta.
—Pues muy bien por ellos —dije.
Elena dejó el móvil y me miró.
—¿No te tienta ni un poquito aparecer por allí y saludar a Vivian? Con solo verte la cara, se pelearían antes de llegar siquiera a la tienda.
—No van a romper por esto.
—Eso no lo sabes.
—Sí que lo sé.
Me senté frente a ella.
—Lo que Ronan siente por Vivian es más profundo de lo que crees. Ya vio esas pruebas antes y la eligió a ella. Eso no va a cambiar de un día para otro.
Elena se quedó callada. Me miró como se mira a alguien que te da lástima.
No necesitaba su compasión. Cada palabra que había dicho era sincera.
Alargó la mano y se me enganchó del brazo.
—¿De verdad no te importa nada? Prácticamente te lo robó.
—No se puede quitar algo que yo no quería.
Sonreí un poco.
—Cuando algo no te gusta, perderlo no es ninguna pérdida.
Ella inclinó la cabeza.
—Vale. ¿Y qué quieres hacer hoy?
—Ir de compras. ¿Estás libre?
—¿Qué vamos a comprar?
—Un traje.
Se le iluminaron los ojos al instante.
—¿Para el señor Lawson?
Dudé medio segundo de más.
—Sí —dije—. Ayer me hizo de escudo ante una caja de huevos podridos. Se le quedó el traje hecho un asco. Le debo uno.
Elena soltó un «mmmm» largo y cargado de intención.
—Vaya, qué rápido te has explicado.
Le di un golpecito en el hombro.
—Déjalo ya.
Ya estaba sonriendo de oreja a oreja.
—Vamos.
Fuimos en coche a una de las tiendas de ropa de lujo de la manada Ravenshade, en el centro. En cuanto el personal me reconoció, se irguieron y vinieron hacia nosotras.
Levanté una mano.
—Hoy vengo como clienta. Seguid con lo vuestro.
Recorrí los expositores y encontré enseguida lo que buscaba: un traje oscuro de líneas limpias, hombros estructurados, un corte impecable sin pretensiones. Se parecía bastante al que llevaba Kai ayer antes de que le reventara el huevo encima.
Elena se acercó a mi oído.
—¿Y tú sabes su talla?
—Para eso tengo móvil.
Lo saqué y lo llamé. Sonó una vez.
—¿Diga?
Tenía la voz grave, sin prisa.
La pregunta de Elena seguía flotando en mi cabeza y hablé antes de que el cerebro me diera alcance.
—¿Qué talla usas?
Silencio absoluto al otro lado.
Y luego:
—¿Mmm? —Fue un sonido lento, que al final se elevó un poco.
Me ardió la cara. Carraspeé.
—El traje. ¿Qué talla de traje usas?
—Te mando las medidas.
—Gracias.
Colgué.
Elena ya estaba doblada de risa, con una mano apoyada en un perchero.
—Eso ha sido… —No pudo terminar la frase.
Le di un golpecito en la coronilla con los nudillos.
—Ni una palabra.
Unos minutos después me vibró el móvil. Kai había enviado una lista impecable: pecho, cintura, anchura de hombros. Se la llevé al personal y se la pasé por encima del mostrador.
La mujer la repasó.
—Tenemos algo disponible. Voy a buscarlo al almacén.
Mientras esperábamos, oí que la puerta se abría detrás de mí.
Elena murmuró entre dientes:
—¿En serio? ¿Él?
Me volví.
Ronan entró con Felix un paso por detrás. Me localizó con la mirada casi al instante. Cruzó la sala hacia mí y, al acercarse, se le movieron un poco las fosas nasales. Apretó la mandíbula.
Mantuve un tono neutro.
—¿Necesitas algo?
Abrió la boca. Luego la cerró. Parecía tener algo atascado en la garganta.
Esperé.
—¿Para quién es el traje? —preguntó al fin.
—Para Kai.
Parpadeó. Una sola vez. Como si hubiera esperado otro nombre; el de mi abuelo, tal vez.
—Ese hombre no es lo que parece —dijo Ronan. Bajó la voz—. Te estoy diciendo que te mantengas alejada de él.
—Eso ya lo has dicho. —Le sostuve la mirada—. Y ya te he contestado.
No me molesté en suavizar el tono. Lo captó.
Algo cambió en sus ojos; no supe qué era, y no intenté averiguarlo. Se quedó allí un segundo más, luego se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.
Felix apretó el paso para alcanzarlo.
—Todavía no hemos elegido la corbata…
—Iremos a otro sitio —dijo Ronan.
La puerta se cerró tras ellos.
Me volví hacia el mostrador.
Elena se acercó a mi lado.
—¿Eso es todo? ¿Se ha ido sin más?
—Eso parece.
Lo pensé un momento. Lo de Vivian había dado tanto que hablar en internet que probablemente ya no le quedaban fuerzas para nada más ese día. A mí me venía bien.
Volvieron con el traje en una funda. Pagué y nos marchamos.
En el aparcamiento, le sonó el teléfono a Elena. Miró la pantalla.
—Es mi madre.
Cogió la llamada y escuchó un momento.
—Vale, ya voy. —Bajó el teléfono y me miró—. Asunto familiar. Tengo que irme.
—Ve tranquila.
Nos despedimos y cada una subió a su coche.
Me quedé sentada al volante un momento antes de arrancar el motor.
Saqué el teléfono y llamé a Kai.
Contestó al segundo tono.
—¿Estás en casa? —pregunté—. Quiero dejarte una cosa.
—Estoy aquí. Ven cuando quieras.
Arranqué el coche.
De camino no pude evitar pensarlo: cada vez que le preguntaba si estaba libre, lo estaba.
Y sabía que en realidad no tenía tanto tiempo libre.
Era él quien ajustaba su agenda a la mía.
La última vez que se me abrió la herida del hombro, había cogido un vuelo de vuelta desde Vancouver esa misma noche sin darle la menor importancia.
No hablaba mucho. No hacía promesas. Simplemente aparecía y hacía cosas que nadie había hecho nunca por mí.
Quizá lo que sentía no era un simple interés pasajero.
Era directo, pero sabía dónde estaban los límites. Estar con él resultaba fácil de un modo que no me esperaba.
Si no acabara de salir de un matrimonio que me había desgastado durante años, puede que ya me estuviera enamorando de él.
Pero en ese momento lo que quería era ordenar mi vida. Esforzarme. Estar presente para mi familia. Con eso me bastaba.
Era ya mi tercera visita a su piso en Skyline Residences. Llamé al timbre y la puerta se abrió enseguida.
Llevaba ropa de casa, sencilla, con un delantal atado a la cintura. Se hizo a un lado para dejarme pasar. El piso estaba limpio y en silencio, y de la cocina llegaba un olor delicioso.
—Quédate a comer —dijo.
—No hace falta que…
Me rugió el estómago. Fuerte y en el peor momento posible.
No se rio. Se dio media vuelta y volvió a la cocina.
Dejé la funda del traje en el sofá y lo seguí para ayudar a sacar los platos.
Tres platos en la mesa. Todos con cosas que me gustaban. Solo el olor bastó para que olvidara que pensaba irme pronto.
—¿Has hecho algún curso o algo? —pregunté—. Se te da mejor que a mí.
—Clases de cocina. El mes pasado.
Lo miré.
—¿Con lo ocupado que estás y te apuntaste a clases de cocina?
Se quedó callado un momento. Dejó el tenedor.
—Porque igual algún día venías a cenar —dijo.
La mano se me quedó quieta.
Levanté la vista hacia él.
Él volvió a coger el tenedor y siguió comiendo, tranquilo, sin prisa, como si hubiera dicho la cosa más normal del mundo.
(Punto de vista del autor)
Lo que Aria no sabía era que, después de que saliera de la tienda de ropa, el coche de Ronan la había seguido a distancia todo el camino… hasta que ella entró en el aparcamiento subterráneo de Skyline Residences.
Ronan se detuvo junto al bordillo. Se quedó mirando el edificio.
Levantó la mano y se la pasó con fuerza por el pelo.
Era la primera vez que entendía, con total claridad, en qué se había convertido.
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