Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

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(Punto de vista de Aria)

Elena y yo salimos del asador. El coche de Kai ya esperaba junto al bordillo.

Elena lo vio al instante.

—¿Me estás diciendo que ahora mismo tienes en tu apartamento la chaqueta de otro hombre? —Me sonrió de oreja a oreja—. Eso no es algo cualquiera, Aria.

—Es una chaqueta —dije—. No un anillo.

—Aun así. —Me dio un codazo—. Aquí hay algo, está clarísimo.

Alargé la mano y le di un cachete suave en la nuca.

—Vete a casa.

Soltó un chillido y empezó a andar, todavía refunfuñando por lo bajo. Antes de girar la esquina, se dio media vuelta y me levantó el pulgar con la sonrisa más insoportable del mundo.

La ignoré y me subí al coche.

Cuando llegamos a mi edificio, le dije a Kai que subía yo a por la chaqueta.

—Será rápido —dije—. No hace falta que subas.

Me miró un segundo. Se le notaba que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

No dijo nada al respecto. Solo asintió una vez.

—Tómate tu tiempo.

Subí, saqué la chaqueta del armario, la doblé dentro de una bolsa y volví a bajar. Cinco minutos, puede que menos.

Estaba apoyado en el coche cuando regresé. Le entregué la bolsa.

La cogió sin abrirla, la lanzó al asiento de atrás y luego metió la mano en el bolsillo de la chaqueta.

Sacó un frasquito de cristal.

Lo reconocí incluso antes de que me lo tendiera.

Caramelos de arce. Los mismos que había traído de Vancouver la última vez. Bolitas redondas de colores variados, bien apretadas dentro.

—¿Quieres? —preguntó.

Se me fueron los ojos al frasco.

Me había terminado el anterior en dos días.

De hecho, había intentado encontrar la misma marca en Denver —pregunté por ahí, miré en tres tiendas distintas— y no hubo manera.

Las últimas semanas me habían entrado unas ganas enormes de comerlos y me negaba a admitirlo, porque de ninguna manera iba a escribirle solo para pedirle caramelos.

—¿Pero de dónde los sacas? —pregunté.

—De un pueblecito a las afueras de Vancouver. —Me tendió el frasco—. Negocio familiar. Difíciles de encontrar. Aunque tengo más guardados. Puedo traerte más la próxima vez.

Cogí el frasco.

—Gracias —dije. Alcé la vista hacia él sin pensarlo.

Me estaba observando. Levantó un poco la mano, como si fuera a alargarla hacia mí. Luego la dejó caer de nuevo al costado, con calma, como si no hubiera pasado nada.

Chloe se removió en algún lugar profundo y quieto dentro de mí.

Aparté la mirada.

—No es nada —dijo él. Lo dijo sin prisa. Con naturalidad.

Acordamos una próxima vez sin que ninguno de los dos le diera importancia. Luego entré en el edificio y él arrancó.

Me quedé en el ascensor con el frasco de caramelos en la mano y me dije que no significaba nada.

Me duché, me cambié y estaba a medio secarme el pelo cuando se encendió la pantalla del móvil.

Elena.

¿¿Pasó algo?? ¿¿Hubo chispa??

Le contesté: No pasó nada. Estrictamente platónico. Ni amor ni nada.

Su respuesta llegó enseguida. Aria, por favor. Es un buen tío. Te trata bien. ¿Por qué no le das una oportunidad? Dátela a ti misma. ¿De verdad vas a pasarte el resto de la vida gestionando territorio?

Me quedé mirando esa última línea un momento.

El territorio me da recursos. Los recursos me dan seguridad. ¿Qué me da un hombre? Traición y otra mujer.

No respondió de inmediato.

Dejé el móvil y me senté en el borde de la cama.

En mi vida anterior le di a Ronan más de una década. Toda mi juventud. Le cocinaba, lo cubría, me ponía a su lado en los eventos de la manada y sonreía como si todo fuera bien. Y al final del todo, cuando me estaba muriendo, lo vi pasar de largo junto a mí para llegar antes a Vivian.

Fue entonces cuando por fin me rendí.

No cuando me ignoraba. No cuando se olvidaba de nuestro aniversario año tras año. Ni siquiera cuando descubrí todas las veces que la había elegido a ella por encima de mí. Hizo falta verlo pasar de largo entre aquellos hierros retorcidos para matar lo que quedaba.

La parte de mí que sabía querer así a alguien: esa parte había desaparecido. No me daba rabia. Simplemente ya no estaba ahí.

El móvil volvió a vibrar.

Elena: Hay miles de millones de personas en el mundo. Alguien ahí fuera se preocupará por ti de verdad.

Yo: Me creo que esa estadística existe. Lo que no me creo es que valga para mí.

Elena: ¿No es Kai exactamente esa persona? Es orgulloso, es reservado, y aun así sigue estando ahí para ti. Eso ya es algo.

Yo: Nos hemos visto cuatro veces. Dice que le gusto. Eso no es lo mismo que conocer a alguien.

Elena: ¿Y si es tu compañero de segunda oportunidad? La Diosa Luna tiene formas muy raras de obrar.

Yo: Es humano. Y Chloe está dormida. Aunque mi compañero se me acercara y se presentara, no me daría cuenta.

Elena: Entonces puede que sea amor a primera vista.

Respondí sin dudar: Eso no es amor a primera vista. Es deseo a primera vista.

Aparecieron tres puntos. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.

Elena: Me rindo. Buenas noches.

Dejé el móvil boca abajo en la mesilla y alcancé el bote de caramelos de arce.

Me comí uno. Luego otro.

Me dije que pararía en dos.

No paré en dos.

(Punto de vista del autor)

Al otro lado de la calle, en la franja de sombra entre dos farolas, había un todoterreno negro aparcado con el motor apagado.

Ronan lo había visto todo desde la esquina.

No tenía pensado estar allí. Después de salir de Riverside Cottage, había conducido cerca de una hora sin rumbo fijo. Había acabado allí sin haberlo decidido. Llevaba más de media hora sentado en la oscuridad cuando Aria volvió.

Y había vuelto en el coche de ese hombre.

Y le había sonreído. No con esa sonrisa medida y controlada que usaba en las reuniones de manada. Una de verdad. Fácil y luminosa, como si ni se la hubiera planteado.

Ronan encendió un cigarrillo. No fumaba a menudo. Esa noche necesitaba hacer algo con las manos.

Pensó en la casa. Vendida. Sus cosas, fuera de la finca Stormcrest. Cómo lo miraba ahora sin verlo en los actos de la manada, como si fuera un Alpha más con el que tratar asuntos.

Ella había terminado. Del todo. No iba a volver.

Él había querido eso. Años atrás había querido exactamente eso: una separación limpia, sin líos, sin obligaciones. Debería haber sentido alivio.

No sentía nada que se pareciera al alivio.

Enterró el pensamiento antes de que fuera a más.

Se dijo que no importaba. Su futuro estaba con Vivian. Lo que quedara entre Aria y él, cuanto más limpio fuera el corte, mejor. Vivian llevaba tiempo preguntando por la ceremonia de apareamiento. Él le daba largas.

Quizá era hora de dejar de darle largas.

Apagó el cigarrillo. No arrancó el motor.

A esa misma hora, dentro de la finca de la manada Thorne, Vivian estaba sentada en el salón con su padre cuando su hermana Ivy bajó por las escaleras.

Ivy la miró desde el descansillo.

—Tu habitación la han convertido en un estudio —dijo Ivy—. Puedes quedarte esta noche en las dependencias de los Omegas. Total, es solo una noche.

Vivian alzó la vista hacia ella. No cambió de expresión.

—Por supuesto —dijo—. Gracias.

Beatrice, la madre de Vivian, había entrado en la familia Thorne porque se quedó embarazada.

Su origen era del todo corriente. Había llevado el título de Luna durante años sin que nadie en la manada lo respetara de verdad.

De eso se había encargado Ivy, y Vivian había crecido viéndolo y aprendiendo a aguantarlo sin pestañear.

Ella no tenía el linaje de Aria ni el peso del nombre de la manada de Aria. Ronan era la única escalera que tenía.

Se levantó del sofá.

—Ronan acaba de escribirme —dijo sin mirar a ninguno de los dos—. Subo a contestarle.

El salón se quedó en silencio.

La expresión de Ivy cambió. También la de su padre, Edgar.

Edgar carraspeó.

—Ivy se habrá confundido con el tema de las habitaciones. Hay un cuarto de invitados libre arriba. Haré que alguien te acompañe.

Vivian sonrió. Suave. Agradecida. En la medida exacta.

—Es muy amable de tu parte —dijo.

Arriba, Beatrice entró detrás de ella y cerró la puerta. Le cogió las manos a Vivian y se sentó al borde de la cama, apenas capaz de mantener la voz baja.

—¿Has visto la cara de Ivy? —susurró—. Después de tantos años. Por fin hemos ganado una.

Vivian no se molestó en disimular.

—Esto es solo el principio.

Se sentó al lado de su madre.

—Cuando sea la Luna de Stormcrest, Ivy no será la única que acuda a mí. Padre también lo hará.

Beatrice le apretó las manos.

—¿Y la ceremonia de apareamiento? ¿Alguna novedad?

—Ronan dijo que me daría una respuesta pronto —contestó Vivian—. Se celebrará.

Beatrice se inclinó hacia ella.

—Aprieta un poco. Déjalo bien atado. No descansaré tranquila hasta que esté hecho.

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