CAPÍTULO 58
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(Punto de vista del autor)
Ronan estaba de pie junto a la ventana.
No podía dejar de verlo: la espalda de Aria mientras se alejaba. Esa imagen volvía una y otra vez, nítida y afilada, por más que intentara apartarla.
Ella lo había amado en otro tiempo. Por completo. Sin guardarse nada.
Él no se había dado cuenta. O quizá sí, y simplemente no le había importado.
Ahora ella ni siquiera lo miraba.
Había sido él quien lo había provocado. Una mala decisión tras otra, hasta que la persona que más lo había querido desapareció.
Tenía el pecho pesado. Como si algo se le hubiera posado encima y no pensara moverse.
Volvió a mirar el mensaje. La empresa de administración de fincas. Riverside Cottage. Cuotas atrasadas.
Podía reenviárselo a Felix en ese mismo instante y zanjar el asunto en treinta segundos.
En cambio, escribió: Mañana pasaré yo mismo.
Se quedó un momento mirando lo que había escrito. Luego se guardó el teléfono en el bolsillo.
Esa noche, Martha llamó a su puerta y lo avisó para que bajara a cenar.
Él no respondió.
Ella empujó la puerta. La habitación estaba vacía.
Lo llamó al móvil. Él contestó al tercer tono.
—Tengo algo que resolver —dijo él.
—¿Dónde estás?
—Volveré más tarde.
Colgó antes de que ella pudiera preguntarle nada más.
Ya estaba de pie frente a Riverside Cottage.
No recordaba haber decidido ir hasta allí. En un momento estaba en el coche y, al siguiente, ante la verja, mirando la casita junto al río.
Las luces de la planta baja estaban encendidas.
Algo se le aflojó en el pecho. Ella seguía allí. Todavía no había renunciado a todo.
Se acercó a la puerta principal y alargó la mano hacia el teclado.
Entonces se detuvo.
No sabía el código.
Se quedó allí, con la mano en el aire, sintiéndose idiota.
Aquella casa había sido un regalo de boda de Richard. El hogar de los dos. Solo que nunca lo había sido, porque él nunca se mudó allí. Martha se había encargado de eso.
La noche de bodas. Después de que se marchara el último invitado, se quedó en el salón de banquetes menos de diez minutos.
Entonces llamó una amiga de Vivian. Dijo que Vivian se había metido vino de lobo —de ese lo bastante fuerte como para emborrachar de verdad a un lobo— y había acabado en el hospital.
Él había cogido el primer vuelo que salía.
Vivian apenas estaba consciente cuando él llegó. No dejaba de agarrarle el brazo y repetía lo mismo una y otra vez: no te quedes con ella, no te quedes con Aria, por favor.
No podía romper el matrimonio. El momento no era el adecuado. La política tampoco. Así que se había inclinado sobre ella y se lo había prometido. No tocaría a Aria. Ella era la única a la que quería.
Se había quedado junto a la cama de Vivian hasta la mañana.
Y Aria se había quedado sola, con el vestido de novia puesto.
Esa parte no la supo hasta más tarde. Una de las Omegas lo había mencionado una vez, de pasada, sin ser consciente siquiera de lo que decía. Aria se había sentado junto al ventanal de suelo a techo, con el vestido de novia puesto, y había esperado hasta el amanecer.
Una voz aguda y clara interrumpió sus pensamientos.
—¡Mamá, vamos! ¡Papá está esperando!
Un niño pequeño, de unos cuatro años, tiraba de la mano de una mujer joven mientras ella llegaba a la puerta principal. La abrió de un empujón y casi se chocó de frente con Ronan.
Ella dio un paso atrás.
—Ay, perdone, no lo había visto.
—Perdone usted —dijo Ronan—. Esta casa era mía antes.
El niño levantó la vista hacia él sin la menor vacilación.
—Esta es mi casa —dijo el niño—. Mía, de mamá y de papá. Nos acabamos de mudar.
La joven le apoyó la mano en la cabeza a su hijo. Ahora miraba a Ronan con más atención.
—¿Conocía a la dueña anterior? —preguntó ella—. Se la compramos a una mujer que se llamaba Aria.
Ronan no se movió.
—¿La ha vendido? —dijo él.
—Hace unos días. El papeleo ya está todo hecho. —La mujer cogió a su hijo en brazos—. Comentó algo de que necesitaba dinero rápido. Problemas de negocios, creo.
Ronan no dijo nada.
La mujer se pasó al niño a la otra cadera.
—¿Se encuentra bien?
—Sí —dijo él—. Estoy bien. Perdone la molestia.
Se dio la vuelta y volvió al coche.
Sabía lo que aquella casa había significado para Aria. Ella había querido construir una vida allí. Una de verdad. Y él nunca había estado presente en nada de eso.
Ahora la había vendido.
No había vendido solo una casa. Había liquidado lo último que los unía y había seguido adelante.
Se quedó de pie junto al coche, sin entrar.
Él mismo había pensado en vender aquel sitio alguna vez. Más de una. Lo había visto como una carga: el recordatorio de un matrimonio que no había querido. Nunca había deseado la vida tranquila que representaba.
Ahora ya no estaba, y descubrió que no quería que fuera así.
Estuvo a punto de dar media vuelta. A punto de preguntarle a la joven si estaría dispuesta a revendérsela.
No lo hizo.
Aria y él estaban divorciados. Quedarse con la casa no cambiaría nada.
Se subió al coche.
Le sonó el teléfono. Otra vez la empresa de administración de fincas.
—Señor Stormcrest, lo sentimos muchísimo —se apresuró a decir la mujer al otro lado de la línea—. Ha sido un error nuestro. Teníamos registrado el contacto equivocado. Actualizaremos los datos de inmediato.
Colgó antes de que terminara.
Tiró el teléfono al asiento del acompañante y se recostó. Cerró los ojos.
Su lobo soltó un sonido grave y quedo en el fondo del pecho.
Lo ignoró.
(Punto de vista de Aria)
El acuerdo con Isaac estaba prácticamente cerrado. Yo estaba de buen humor.
Le mandé un mensaje a Elena para decirle que quedábamos a cenar.
Fuimos a un asador de Denver que llevaba meses queriendo probar. Pedí las costillas picantes y las patatas fritas gruesas. Elena pidió lo mismo.
En la universidad me pasaba la vida arrastrando a mis compañeros de piso a sitios ruidosos y cutres como este. Ronan detestaba esa clase de restaurantes. Demasiado ruido, decía. Poco apropiado. Así que dejé de ir.
Esa noche me daba igual.
Las costillas estaban tan picantes que a Elena se le llenaron los ojos de lágrimas a mitad de la primera. Agarró el vaso de agua y se lo bebió de un trago.
—¿Por qué —preguntó con toda seriedad— has pedido las picantes?
—Porque me apetecía.
—Me estoy muriendo.
—No te estás muriendo.
—Tengo la cara en llamas.
Yo también tenía la cara en llamas. Me daba igual. Era la mejor comida que había probado en meses.
El móvil de Elena vibró sobre la mesa. Miró la pantalla, luego me miró a mí y después lo cogió y se levantó.
—Dame un segundo.
Se fue hacia el fondo del restaurante.
Tardó unos tres minutos. Cuando volvió, se sentó y cogió otra costilla como si nada.
—¿Quién era? —pregunté.
—Alguien que conocí hace poco. —No levantó la vista del plato—. Ya te lo presentaré algún día.
No insistí.
Terminamos de comer y fuimos al mostrador a pagar. Todavía estaba echando mano a la cartera cuando me fijé en alguien de pie al final del mostrador.
Alto. Inmóvil. Destacaba sin hacer nada para destacar.
Se dio la vuelta.
Era Kai.
Me acerqué.
—Hola.
Tenía una expresión relajada, un poco distante. Pero cuando sus ojos se posaron en mí, algo cambió en ellos.
—Paga Connor —dijo, señalando el mostrador con la cabeza—. ¿Te gusta este sitio?
—Me gusta la comida picante —respondí.
—Conozco un sitio más picante. Y mejor. —Lo dijo con total naturalidad—. Podríamos ir algún día.
Ya tenía la palabra «claro» en la punta de la lengua.
Me la tragué.
—Creo que este sitio me gusta —dije.
No insistió.
Entonces me acordé de algo.
—Por cierto, ¿tienes un momento ahora? Hace un tiempo me prestaste tu chaqueta y llevo queriendo devolvértela desde entonces.
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