CAPÍTULO 55
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(Punto de vista del autor)
Thane miró a Ronan sin parpadear.
—La estoy cortejando —dijo—. Nada más.
Ronan soltó una risa breve. No tenía nada de cálida.
—Cortejándola. —Lo repitió como si fuera un chiste—. Apareces en Denver de la nada. Y justo después de que se divorciara de mí. —Se acercó un paso—. ¿Y quieres que me crea que es casualidad?
Thane no dijo nada.
—No sé quién eres ni de dónde vienes —dijo Ronan—. Pero sé una cosa: si le haces daño, iré a por ti. Me da igual lo que cueste.
Thane inclinó un poco la cabeza. Su expresión no cambió.
—¿Quieres hablar de hacerle daño?
Su voz era tranquila. Casi aburrida.
—Antes del matrimonio, sabías que ella iba en serio contigo.
Lo trataste como si no fuera nada. —Hizo una pausa—.
Durante el matrimonio, tu corazón estaba en otra parte.
Dejaste que la gente de tu entorno la humillara, una y otra vez.
Y te quedaste mirando. —Otra pausa—. Después de que ella pidiera el divorcio, retiraste la financiación de su empresa.
La acorralaste cuando lo único que intentaba era marcharse.
Ronan se quedó inmóvil.
—Y después de todo eso —continuó Thane—, aquí estás, advirtiéndome a mí.
Miró a Ronan directamente a los ojos.
—La única razón por la que no te saqué de su vida hace años es que no quería causarle dolor.
Las palabras cayeron como un puñetazo.
Ronan se quedó mirándolo.
Nunca le había contado a nadie lo de la financiación. Aquello se había gestionado en silencio, por canales discretos. No había manera de que un desconocido lo supiera.
Pero aquel hombre lo había enumerado todo como si lo leyera de un expediente.
Su lobo, Alex, se removió dentro de él. Inquieto. Alerta.
Ronan apretó la mandíbula.
—Hablas como si lo supieras todo.
Thane no respondió a eso.
Ronan se obligó a hablar con firmeza.
—Se pasó diez años queriéndome. ¿Crees que eso desaparece porque haya firmado unos papeles? Te estás engañando.
Thane guardó silencio un momento.
Luego dijo:
—Los próximos diez años. Los veinte siguientes. Y todo lo que venga después. —Le sostuvo la mirada—. La única persona en su vida seré yo.
Dentro de su pecho, Logan gruñó una vez, grave y seguro.
Nuestra.
Ronan no habló. Algo se removió dentro de él, algo que no quiso nombrar. Mantuvo el rostro inexpresivo y no dijo nada.
Thane se giró hacia el Rolls-Royce.
Ya en la puerta, miró atrás.
—Ella ya no es tu Luna —dijo—. Tienes a alguien justo detrás de ti. Tal vez deberías prestarle atención.
Subió al coche. La puerta se cerró.
Ronan se dio la vuelta.
Vivian estaba a unos pasos. Tenía los ojos húmedos y las manos entrelazadas delante del cuerpo, con los dedos muy apretados.
—Ronan. —Le salió una voz muy débil—. ¿Todavía sientes algo por ella?
Él no respondió de inmediato.
—¿Por eso sigues aplazando la ceremonia de apareamiento? —preguntó ella—. ¿Es por ella?
—No. —Lo dijo tras una pausa—. Simplemente no es el momento. Acabo de divorciarme. No quería precipitarme.
Vivian apretó los labios. Una lágrima se le escapó.
—No debería haber vuelto —dijo en voz baja—. Si no lo hubiera hecho, nada de esto habría pasado. —Lo miró—. Si no puedes olvidarla, dímelo. Me haré a un lado. Lo digo en serio.
Ronan le observó la cara. Las lágrimas. El esfuerzo por mantener la compostura.
Alargó el brazo y la atrajo hacia sí.
—No era por ella —dijo en voz baja—. Solo estaba resolviendo un asunto. Nada más.
Ella no se movió entre sus brazos.
—Pensaré en la ceremonia —dijo él—. Esta vez en serio. Dame unos días y te doy una respuesta.
Vivian se quedó quieta entre sus brazos, con la mejilla apoyada contra su pecho.
Aún no se le habían secado las lágrimas.
Pero la comisura de la boca se le curvó, apenas un poco.
(Punto de vista de Aria)
Elena y yo le llevamos al abuelo una cena tardía: una bandeja de carne asada y un termo de sopa caliente del sitio que le gustaba, a dos manzanas del hospital.
Elena entró primero y exclamó al instante:
—¡Abuelo Richard!
Al anciano se le transformó la cara. Se irguió en la cama y nos hizo señas para que nos acercáramos, como si fuéramos lo mejor que había visto en toda la semana.
Cenamos juntos, los tres apiñados alrededor de la bandeja de su cama, hablando de nada en particular.
En algún momento me levanté a coger más servilletas del armarito que había junto a la ventana.
Abrí el cajón equivocado.
Dentro, encima de un paño doblado, había una piedra.
La cogí.
Era lisa y ovalada, de un blanco hueso en la base y, al girarla hacia la luz, un tenue resplandor azul se movió bajo la superficie. Profundo y callado, como si algo vivo habitara dentro.
Le di vueltas en la mano.
Conocía esa piedra.
O una exactamente igual.
—Abuelo. —Volví junto a la cama—. ¿De dónde ha salido esto?
El abuelo miró la piedra de reojo y apartó la vista demasiado rápido.
—Me la trajo alguien —dijo—. Hace unos días. Que era buena para dormir. Una piedra calmante, que ahuyenta la mala energía. —Se encogió de hombros—. Lo hizo con buena intención, así que me la quedé.
—Ari, no rebusques entre mis cosas —añadió, refunfuñando.
Volví a mirar la piedra.
—En la subasta del otro día —dije—, alguien pagó quince millones por una piedra lunar idéntica a esta.
El abuelo se me quedó mirando.
—¿Quince millones?
—Más o menos.
Se echó hacia atrás.
—La persona que me la dio dijo que era un simple mineral. Algo común. Me aseguró que no valía más de tres mil dólares; si no, no la habría aceptado.
Giré la piedra una vez más hacia la luz.
El destello azul se movió con ella, lento y parejo.
Lo pensé un momento. La de la subasta estaba autenticada. Esta podía ser perfectamente una réplica: buena, pero una copia al fin y al cabo.
La devolví al cajón y lo cerré.
(Punto de vista del autor)
Isaac había perdido el móvil y la cartera el día antes de la subasta. Se había perdido la subasta entera.
Unos días antes, Bernard había hecho correr la voz discretamente por las redes de manadas de toda la región.
Buscaba un collar de zafiros que había desaparecido.
La recompensa era de un millón de dólares.
Y a quien lo encontrara estaba dispuesto a ofrecerle un acuerdo comercial a largo plazo, en las condiciones adecuadas.
Ya se había corrido la voz de que MK quería colocar a un distribuidor en la región de las Montañas Rocosas.
Todos los alfas con olfato para los negocios estaban atentos.
Que el collar se hubiera vendido en una subasta ya no era ningún secreto.
Algunos movían hilos con disimulo, intentando hacerse con la lista de compradores de aquella noche.
Daisy era prima de Ronan. La empresa de su familia llevaba años sosteniéndose con el apoyo de Stormcrest y últimamente iba desangrándose. Si lograba el contrato regional de MK, podría darle la vuelta a todo.
Se enteró de que el collar había ido a parar a Aria. Fue a buscar a Vivian.
—¿Es cierto? —preguntó—. ¿Lo tiene Aria?
—Lo tiene —dijo Vivian.
Daisy agitó la mano.
—Entonces no hay problema. Sacarle algo a Aria es fácil. Siempre acababa cediendo. Basta presionar un poco y lo suelta.
—Ya no es la Luna de Stormcrest —dijo Vivian—. Ahora es diferente. Puede que no sea tan sencillo como crees.
Daisy puso los ojos en blanco.
—La gente no cambia tan rápido. Sigue siendo la misma.
Vivian la observó un momento.
No dijo nada más.
Si Daisy quería ir a buscarle pelea a Aria, por ella, perfecto.
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