CAPÍTULO 56
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(Punto de vista del autor)
Daisy llamó a Aria cuatro veces en dos días.
Aria no contestó ni una sola vez.
Al tercer día, Daisy volvió a llamar. Saltó directamente la señal de ocupado. Lo intentó otra vez. Lo mismo.
Abrió el contacto de Aria y se quedó mirándolo.
Bloqueada.
Apretó la mandíbula. Dejó el móvil sobre la mesa y apoyó las palmas abiertas sobre la superficie.
Muy bien. Si Aria no iba a venir a verla, iría ella a ver a Aria.
Cogió el abrigo y se dirigió a la sede de Ravenshade Corp.
Llegó al vestíbulo justo cuando Derek salía del ascensor.
Se le iluminó la cara en cuanto la vio.
—Daisy. —Se ajustó la chaqueta y se acercó a toda prisa—. ¿Qué haces aquí?
—Busco a Aria —dijo ella con sequedad.
—Puedo subirte. —Ya se dirigía al ascensor y le hizo un gesto para que lo siguiera—. Vamos, conozco este edificio. Aquí manda mi padre. Nadie nos va a parar.
Daisy no le dio las gracias. Simplemente entró detrás de él.
A lo largo de los últimos seis meses, Derek le había enviado regalos, la había llevado a restaurantes caros y había dejado muy claro lo que quería. A ella le resultaba agotador. Pero gastaba dinero sin pestañear, así que nunca le había dicho que parara.
Seguía pareciéndole agotador.
Las puertas del ascensor se abrieron en la planta de dirección.
(Punto de vista de Aria)
Estaba a media revisión de un contrato cuando la puerta se abrió de golpe.
Sin llamar. Sin detenerse. Derek entró directamente, con Daisy pegada a sus talones, mientras mi asistente venía detrás a la carrera, con cara de apuro.
—Daisy ha venido a verte —anunció Derek, como si me estuviera haciendo un favor.
Dejé los papeles sobre la mesa.
—¿Sabes llamar a la puerta? —pregunté.
—Este edificio lo gestiona mi padre. —Se cruzó de brazos—. Voy donde me da la gana.
—Tu padre lo gestiona —dije—. No es suyo.
Ni tuyo tampoco. —Lo miré directamente—.
El abuelo sigue controlando Ravenshade Corp.
Tu padre es un administrador. Tú eres el hijo del administrador.
—Hice una pausa—. Y por lo visto, si llevas bastante tiempo en ese papel, se te acaba olvidando lo que eres en realidad.
La expresión de Daisy cambió. Miró a Derek como si acabara de dejarla en ridículo en público.
—Sal a esperar fuera —le dijo.
Derek se puso colorado. Me miró, luego miró a Daisy, y después volvió a mirarme a mí.
—Lo voy a dejar pasar —dijo—, porque Daisy está aquí.
Se dio la vuelta y salió. La puerta se cerró de golpe tras él.
El despacho se quedó en silencio.
A Daisy se le descompuso la cara en cuanto él salió.
—¿Por qué me has bloqueado el número? —quiso saber.
—Porque no quería hablar contigo —dije.
Se quedó mirándome. Se notaba que no estaba acostumbrada a oír algo así. En mis tiempos de Luna de Stormcrest, jamás se me habría ocurrido decírselo.
—Sabes que puedo ir directamente a Ronan —dijo—. Una llamada y se encargará de ti.
—Ronan y yo estamos divorciados —dije—. No tiene voz ni voto en nada de lo que yo haga.
Entrecerró los ojos.
—Sigue teniendo dinero metido en tus proyectos. Puede retirarlo todo y quedarse mirando cómo se desmorona todo esto.
—Ya lo retiró —dije.
No me creyó. Se le notaba en la cara.
—Ravenshade tiene proyectos que funcionan con financiación de Stormcrest —dijo—. Eso no puedes despacharlo así, sin más.
No me apetecía explicárselo.
—Ya puedes irte.
No se movió.
Metió la mano en el bolso y sacó una pequeña bolsita de terciopelo. La dejó sobre mi escritorio.
—Quiero el collar de zafiros —dijo—. El que compraste en la subasta.
Por el tono, no era una petición.
—No —dije.
—Te pagaré el doble de lo que gastaste.
—No.
Inclinó la cabeza.
—¿Por qué no?
—Porque ese collar vale más para mí que el dinero —dije—. Me va a conseguir una alianza que necesito.
Su expresión cambió. Solo un poco. Pero lo pillé.
Sabía perfectamente de qué estaba hablando.
—Vas a por el contrato con MK —dijo.
—No he dicho eso.
—No hacía falta. —Su voz se volvió cortante—. Ese trato es mío. Yo lo encontré primero. Lo estás haciendo a propósito.
—Hago lo que le conviene a mi manada —dije—. Ya puedes irte.
Se plantó donde estaba.
—Entrégame ese collar —dijo—, o te haré la vida muy difícil. No estoy bromeando.
Los ojos se le estaban tiñendo de amarillo por los bordes. Tenía los dedos crispados a los costados.
Alargué el brazo y pulsé el botón del interfono del escritorio.
—Seguridad al despacho de dirección —dije.
Eso fue lo que la hizo estallar.
Gruñó y se lanzó hacia delante para alcanzar el teléfono. Las uñas ya se le habían alargado hasta convertirse en garras.
Me hice a un lado, le agarré la muñeca cuando venía hacia mí y usé su propio impulso para estamparle la cara contra el escritorio.
Se dio un golpe seco contra la madera.
Forcejeó, pero le tenía el brazo retorcido a la espalda y la rodilla apoyada en el escritorio para hacer palanca. El entrenador de Wyatt se había pasado semanas machacándome con esto. En su momento pensé que era excesivo.
No lo era.
Daisy se revolvió y gritó.
—¡Suéltame! ¡Se lo diré a Ronan! ¡Haré que venga gente y destroce este sitio de arriba abajo!
Alargué la mano libre por encima del escritorio y agarré el pequeño cuchillo de pelar que había junto a la bandeja de la comida.
Lo clavé en la mesa.
La hoja se hundió a cinco centímetros de su ojo.
Se quedó completamente quieta.
—Haz un solo ruido más —dije en voz baja— y te corto la lengua.
No se movía. Le temblaba todo el cuerpo, pero no hacía ni un ruido.
Treinta segundos después, dos guardias de seguridad irrumpieron por la puerta. Agarraron a Daisy por los brazos y la pusieron de pie.
Detrás de ellos, alguien más se asomó por el umbral.
—Vaya. —Isaac sonrió de oreja a oreja—. Vaya ajetreo tienes aquí dentro.
Solté el cuchillo.
—¿Qué quieres?
—Algo que tienes tú —dijo, y entró del todo en la habitación. Tenía los ojos verdes luminosos y tranquilos, como si no acabara de meterse en una escena con una mujer inmovilizada por dos guardias y un cuchillo clavado en un escritorio—. Ya sabes de qué hablo.
Lo sabía. El collar de zafiros. Por supuesto.
Daisy se retorció bajo las manos de los guardias y lo miró.
—Espera. —Entrecerró los ojos—. ¿Isaac? ¿El Isaac de MK?
Se volvió hacia ella con auténtica curiosidad.
—Sí, soy yo. —Inclinó la cabeza—. ¿Y tú quién eres?
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