Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

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(Punto de vista de Aria)

Vivian me miró con algo nuevo en los ojos. Satisfacción, quizá. O triunfo.

—Bueno —dijo, alzando la voz lo justo para que la oyeran los de alrededor—, como ese piano nunca fue realmente tuyo, imagino que nunca tuviste muchos motivos para aprender. Así que empiezo yo.

Me puse de pie.

—Nunca dije que no supiera tocar —dije.

Parpadeó.

Varias cabezas se volvieron hacia mí. La sonrisa de Vivian se mantuvo, pero se le tensó en las comisuras.

Para ella, yo siempre había sido la mujer que giraba en torno a Ronan.

La que existía para hacerle la vida cómoda, para suavizar las cosas, para ocupar el menor espacio posible.

Probablemente nunca se le había pasado por la cabeza que yo pudiera tener una vida propia —habilidades, intereses, cualquier cosa— que no tuviera nada que ver con él.

No me creía. Lo veía con toda claridad.

—¿Por qué no empiezas tú? —dije—. Yo voy después.

Lo interpretó como una retirada. Su sonrisa se ensanchó. Se dio la vuelta, caminó hasta el banco del piano y se sentó con la soltura de quien lo había hecho mil veces.

Y lo había hecho. Ocho años de clases. Su técnica era limpia y precisa: cada nota caía exactamente donde debía. La pieza avanzó sin un solo error.

También estaba completamente vacía.

No tenía peso. No tenía aliento. Exacta como es exacta una página impresa. Técnicamente correcta, y nada más.

Cuando terminó, la sala aplaudió. Con cortesía. Con la calidez justa.

Vivian se levantó y me miró por encima del hombro, con la barbilla ligeramente alzada.

Ahora era mi turno.

Caminé hasta el banco y me senté. Enderecé la espalda. Puse las manos sobre las teclas y me quedé quieta un instante.

Entonces empecé.

La pieza que elegí era serena. Sin prisa. Avanzaba como avanzan las últimas horas de la tarde: despacio, con una especie de amplitud que no pide ser llenada. Mis dedos encontraban las notas sin atropellarlas.

La sala se quedó quieta.

En algún punto a mi izquierda, oí a alguien soltar el aire despacio. Otra persona dejó una frase a medias. El ruido de fondo se fue apagando, capa por capa.

No pensé en Vivian. No pensé en Ronan. Simplemente toqué.

(Punto de vista del autor)

Ronan no se movió.

No apartó los ojos de Aria desde el momento en que ella posó las manos sobre las teclas. No desvió la mirada ni una sola vez.

Conocía esa pieza.

El último año de instituto había sido la peor etapa de su vida.

Su madre, Martha, lo presionaba sin tregua para que se dedicara a la gestión empresarial.

La carga de asignaturas era brutal. Y encima entrenaba para las pruebas atléticas de la manada: madrugones, noches en vela, apenas dormía. Llevaba meses tirando de la reserva.

Una tarde se escapó de todo durante una hora. Se sentó en el césped, frente al edificio de música, sin pensar en nada concreto, solo mirando el cielo.

Y entonces la oyó.

Alguien tocaba dentro. Exactamente esa pieza. No sabía cómo se llamaba. No sabía nada de ella. Se quedó allí sentado en el césped y dejó que la música lo inundara; y esa noche —por primera vez en meses— durmió.

Después rastreó una grabación. La escuchó decenas de veces. Nunca sonaba del todo bien. Siempre faltaba algo.

Preguntó por ahí quién había estado tocando en aquella sala de música esa tarde. Todos señalaron a Vivian. Ella era la que tocaba. Era la única que sabía.

Había escuchado a Vivian tocarla. Era capaz de interpretarla de principio a fin. Pero no era lo mismo. Pasó semanas intentando entender por qué y al final lo dejó.

Ahora lo entendía.

Nunca había sido Vivian.

Había sido Aria.

La conocía desde hacía años. Había vivido con ella un año. Nunca había sabido que tocaba el piano.

Nunca se lo había preguntado.

Su lobo guardó silencio dentro de él, igual que lo había guardado aquella tarde en el césped, mucho tiempo atrás.

(Punto de vista de Aria)

La última nota se apagó.

La sala contuvo el aliento durante dos segundos enteros.

Luego llegaron los aplausos. Fuertes, sinceros, nada que ver con el aplauso cortés de antes.

—Ha sido increíble.

—Aria, ¿cómo es que no sabíamos que tocabas así?

Alguien se rio y dijo:

—Si no hubieras pasado todo el tiempo persiguiendo a cierta persona, a estas alturas estarías tocando en un escenario de verdad.

A algunos se les escapó una mueca. Otros se rieron.

Vivian dio un paso adelante.

—Aria, has tocado maravillosamente.

Su voz era perfectamente amable. Su rostro, perfectamente sereno.

—En absoluto —dije con una sonrisa—. No podría compararme con la señorita Thorne.

Lo captó. La pausa en su expresión me dijo que había entendido exactamente lo que quería decir.

Se volvió hacia Ronan. Buscaba algo: una palabra, una mirada, cualquier cosa.

Ronan no la estaba mirando.

Seguía mirándome a mí. Su expresión era difícil de descifrar. Algo distante. Como si estuviera en otro lugar.

Vivian cerró la mano en un puño, pegada al costado.

Me volví hacia la mesa de Elena.

Elena me levantó el pulgar en cuanto me senté. Luego miró de reojo a Vivian e hizo un gesto rápido que, desde luego, no era apropiado para una reunión de antiguos alumnos.

La chica sentada a su lado la agarró del brazo.

—¿Quieres parar ya?

—Estoy celebrando —dijo Elena. Me enganchó el brazo con el suyo—. No le tengo miedo a nadie cuando Aria está aquí.

Algunas de las chicas de la mesa empezaron a hablar de cómo era yo en la época del colegio. Una dijo que a mí nadie me pisaba: que, de no haberme tenido el abuelo a raya, habría reventado medio grupo de chat todas las semanas.

—Ahora pareces distinta —dijo alguien—. Más tranquila. ¿Te calmó el matrimonio o algo así?

El comentario cayó en un silencio incómodo. La chica que lo había dicho se dio cuenta y se calló.

Me encogí de hombros y sonreí.

—Si alguna vez fui atrevida fue porque mi abuelo me consentía —dije—. Este último año he tenido a gente buscando formas nuevas de complicarme la vida un día sí y otro no. Eso te enseña a elegir tus batallas.

—¿Y quién se atrevería? —preguntó alguien—. ¿Quién te está dando problemas?

El ambiente de la mesa se volvió algo incómodo. Algunos se lanzaron miradas de reojo.

No costaba mucho adivinar de quién hablaba. Casada un año. Divorciada hacía unas semanas. Y Ronan se había presentado esa noche con Vivian del brazo y no me había dirigido una sola palabra en toda la velada.

La chica que había preguntado siguió, sin darse cuenta de nada, diciendo que ella me respaldaría, que quienquiera que fuese tenía mucha cara.

—No importa —dije—. Yo ya no tengo nada que ver con esa persona.

Ronan y Vivian estaban a poca distancia.

Lo habían oído todo, palabra por palabra.

No lo miré. Pero, con el rabillo del ojo, vi que apretaba el vaso con la mano. Se le pusieron los nudillos blancos.

No me volví.

La reunión se iba apagando. Alguien propuso ir a una taberna de la manada que había cerca para alargar la noche. Salí con el grupo, con la intención de despedirme en la puerta: quería pasar por el hospital y llevarle algo de comer al abuelo.

Ronan y Vivian iban unos pasos por detrás.

Sophie seguía pegada a Vivian. Me había estado lanzando miradas toda la noche. Miradas afiladas, rencorosas. Estaba claro que había deducido que la norma del Consejo Alfa que había citado antes me la había inventado en el momento.

Levantó la voz.

—¿Y cuándo vais a hacer la ceremonia de apareamiento? —preguntó, mirando alternativamente a Vivian y a Ronan—. Tenéis que darnos una fecha. Necesitamos algo que celebrar.

El grupo se quedó en silencio. Todos se giraron para mirar.

Vivian inclinó la cabeza hacia Ronan, con una pequeña sonrisa en la cara.

—Hemos vuelto hace poco. No querría precipitar nada. Depende totalmente de él.

Lo miró. Esperando.

Ronan siguió caminando.

No dijo una palabra.

La sonrisa de Vivian siguió en su sitio. Pero ya no le llegaba a los ojos.

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