Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

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(Punto de vista de Aria)

Los platos fueron saliendo uno a uno.

Fui a por la salsa y me manché los dedos. Antes de que pudiera buscar una servilleta, Kai me deslizó una por la mesa sin decir nada.

Me limpié la mano y lo miré.

Estaba cortando la comida, sin prisa, completamente a gusto. Buena postura. Una seguridad tranquila. No necesitaba hacerse notar al entrar en una sala.

Pensé que, si fuera otra mujer, probablemente ya estaría metida en un buen lío.

Pero no lo era. Lo que sentía al mirarlo era simple admiración. Nada más.

Cuando levantó la vista y me pilló observándolo, no aparté la mirada avergonzada. Me limité a volver a mi plato y seguir comiendo.

—¿Está bueno? —preguntó.

—Mejor de lo que esperaba —dije—. Y esperaba mucho.

Casi sonrió.

Saqué el móvil e hice unas fotos a los platos que tenía delante.

—¿Para tu cuenta? —preguntó.

—En la universidad publicaba mucho —dije—. Lo dejé una temporada.

No expliqué por qué. Él no preguntó.

Subí las fotos y dejé el móvil bocabajo sobre la mesa.

Cuando terminamos de comer, los comentarios ya se acumulaban. Eché un vistazo a la pantalla mientras esperábamos la cuenta.

La gente se alegraba de que volviera a publicar. Algunos etiquetaron a amigos. Y entonces alguien señaló el borde del encuadre: la mano de un hombre, apenas visible en una esquina de una de las fotos.

¿Quién es ese?

¿Está con alguien?

Ronan está ahora mismo en el acto benéfico del centro. Esa no es su mano.

Bloqueé el móvil y lo dejé en la mesa.

—¿Lista? —preguntó Kai.

—Sí —dije.

Salimos.

En el instante en que pisamos la calle, se abrió el cielo de golpe.

Un trueno grave y, acto seguido, lluvia: fuerte y repentina, de la que te empapa antes de que te des cuenta de que está cayendo.

Volvimos corriendo al toldo de la entrada del restaurante. Yo ya estaba medio calada.

—Esto ha salido de la nada —dije, apartándome el pelo mojado de la cara. Iba a decir algo más, pero me callé.

Kai me estaba mirando.

Bajé la vista.

Llevaba una blusa de gasa clara. Estaba empapada y se me pegaba a todo el cuerpo.

Apretó la mandíbula. Desvió la mirada enseguida.

Se quitó la chaqueta del traje —chorreando agua— y me la puso sobre los hombros sin decir nada.

Lo entendí un segundo demasiado tarde. Me subió el calor a las mejillas.

Me apreté la chaqueta contra el cuerpo.

—Gracias —dije en voz baja.

Asintió, con la mirada todavía en otra parte.

Saqué el móvil y abrí la aplicación de taxis. Con lluvia nunca quedaban coches libres. El conductor más cercano estaba a doce minutos, atrapado en el tráfico al otro lado del centro.

Estaba a punto de decirle a Kai que no tenía que esperar cuando me di cuenta de que ya no estaba.

Miré a mi alrededor.

Estaba en la ventanilla de comida para llevar, dos locales más abajo, de pie bajo la lluvia sin chaqueta, hablando con alguien al otro lado del cristal.

Volvió con dos vasos de chocolate caliente.

Tenía la camisa empapada.

—Para que te calientes —dijo, y me tendió uno.

Lo cogí con las dos manos. El calor traspasó el vaso de papel al instante.

—Estás mojado —dije.

—No pasa nada.

—Has salido ahí fuera sin chaqueta.

—La chaqueta la tenías tú.

No supe qué responder a eso.

Sostuve el vaso y bebí despacio. El chocolate estaba demasiado dulce, del barato, del que venden en ventanillas como esa. Era exactamente lo que necesitaba.

Llegó el coche. Le devolví el vaso vacío.

—Gracias —dije—. Por lo de hoy.

—Ha sido un viaje en taxi y una cena.

—Y el chocolate.

—Y el chocolate —concedió.

Subí. La puerta se cerró. El coche arrancó.

No miré atrás.

(Punto de vista del autor)

Unas horas antes, a la salida del centro comercial.

Sophie fue la primera en ver el taxi. Agarró a Vivian del brazo y entornó los ojos para mirar al otro lado de la calle.

—¿Esa es Aria?

Vivian miró. Lo era. También reconoció al hombre sentado a su lado: el mismo que se la había llevado de la entrada de la taberna aquella noche. Kai Lawson.

Archivó el dato en silencio.

Sophie curvó los labios.

—Al menos el conductor está bueno —dijo Sophie—. No me digas que la gran heredera de los Ravenshade se ha rebajado a liarse con un taxista.

—El trabajo no define a las personas —dijo Vivian en tono ligero—. Si están bien juntos, es lo único que importa.

Mantuvo un tono neutro. Sabía perfectamente que ese hombre no era ningún taxista. La noche de la taberna, le había plantado cara a Ronan sin pestañear. Los taxistas no hacían eso.

Pero no iba a corregir a Sophie. Que pensara lo que quisiera.

—¿Con semejante diferencia? —Sophie soltó un bufido—. ¿Qué futuro tiene eso?

Vivian la miró de reojo. El comentario podía ir dirigido a Aria. O podía ir dirigido a algo completamente distinto. La expresión de Sophie no delataba nada.

—Anda, vamos a comer —dijo Vivian.

Sophie accedió. Pero, antes de dar media vuelta para irse, sacó el móvil, hizo una foto del taxi y se la envió a Ronan.

Al otro lado de la ciudad, Felix gestionaba la cuenta oficial de la manada de Ronan cuando entró una notificación. Alguien había etiquetado la cuenta en una publicación: Aria Ravenshade, Taberna Silverpine, con un hombre sin identificar.

Aún no había decidido si decir algo cuando se abrió la puerta del coche y entró Ronan.

Ronan cogió el móvil. La foto de Sophie ya estaba ahí. La miró un segundo y luego lo dejó caer en el asiento, a su lado.

—Los asuntos de Aria no son de mi incumbencia —dijo—. No me informes de eso.

Felix cerró la boca.

El coche se puso en marcha.

Casi habían llegado a la finca Stormcrest cuando Ronan volvió a hablar.

—¿Qué era lo que ibas a decir antes?

Felix titubeó.

—Aria estaba cenando con alguien. En la Taberna Silverpine.

El aire del coche se enfrió de golpe.

—¿Con quién?

—En la foto solo se le ve la mano. No hemos podido identificarlo. Puedo investigarlo más a fondo.

—Puede cenar con quien quiera —dijo Ronan—. No es asunto mío.

Se giró hacia la ventanilla.

Felix no dijo nada más.

Esa noche, Ronan estaba sentado en su coche, en una calle mojada, y vio un taxi alejarse del bordillo.

Lo había seguido desde el restaurante. Se dijo que solo quería ver en qué dirección iba. Luego se dijo que solo quería confirmar que llegaba a casa sana y salva.

El taxi giró hacia la manzana donde estaba el edificio de Aria.

Le sonó el móvil. Vivian.

—¿Dónde estás? —preguntó ella.

—En casa —dijo él.

Fuera, un claxon sonó bajo la lluvia. Vivian se quedó callada un instante.

—Se oye tráfico.

—El vecino tiene la ventana abierta —dijo Ronan.

Ella lo invitó a una reunión de antiguos alumnos del instituto. Él dijo que sí. Colgó.

Dejó de seguir al taxi.

Se echó a un lado y bajó la ventanilla. La lluvia fría salpicaba el borde de la puerta. Encendió un cigarrillo.

Pensó en los días justo después del divorcio. Había estado tan seguro de que ella volvería. Que lloraría, que llamaría, que se plantaría en su puerta. Que él le daría con la puerta en las narices y no sentiría nada.

Nunca llamó. Nunca apareció.

Simplemente siguió adelante. Gente nueva. Sitios nuevos. Viviendo como si el matrimonio hubiera sido un abrigo que se había quitado y había dejado tirado en una silla.

Y ahí estaba él, bajo la lluvia, siguiendo un taxi.

El lobo soltó un sonido bajo y lastimero dentro de su pecho.

Los dedos se le tensaron sobre el volante. Luego, poco a poco, se relajaron.

Dio una última calada, apagó el cigarrillo y dio media vuelta con el coche en dirección a la finca Stormcrest.

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