CAPÍTULO 49
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(Punto de vista del autor)
Ronan estudió la cara de Vivian.
Beatrice había aparecido en un momento demasiado oportuno. Demasiado conveniente. No podía quitarse de la cabeza la idea de que Vivian la hubiera llamado a propósito, para forzarlo a tomar una decisión para la que no estaba preparado.
A Vivian se le enrojecieron los bordes de los ojos.
—No me crees —dijo ella.
Le tembló la voz en la última palabra.
Las lágrimas llegaron antes de que él pudiera responder.
Ronan se quedó quieto un momento. Luego la atrajo hacia sí y la abrazó, con una mano en la nuca.
—Lo siento —dijo en voz baja—. Los asuntos de la manada han sido un desastre últimamente. He estado brusco con todo el mundo. No es culpa tuya.
Lo dijo. Y lo decía de verdad.
Y en algún rincón, por debajo de todo, se dijo que estaba perdiendo la cabeza.
Era la mujer que le había salvado la vida cinco años atrás.
La que le había dado una segunda oportunidad cuando no le quedaba nada.
Le había prometido protegerla. No era algo a lo que se renunciara por una cena desastrosa.
La abrazó más fuerte y no dijo nada más.
(Punto de vista de Aria)
Por la mañana me llamaron de la comisaría de la manada para pedirme que pasara a ampliar mi declaración.
El hombro todavía se me estaba curando de la quemadura de plata. Conducir yo misma no era una opción. Llamé a un taxi.
Oí a Brenda y a Harvey antes incluso de cruzar la puerta.
Se gritaban de un extremo a otro de la zona de detención, con palabras que no pienso repetir, tan alto que las advertencias del agente de guardia no hacían ni mella, por mucho que las repitiera. La agente que me acompañó dentro negó despacio con la cabeza.
—Doce años en este trabajo —dijo ella— y nunca había visto a una pareja que se peleara como si hubiera nacido para eso. La buena noticia es que esta tarde los trasladan al centro de detención de la manada.
—¿Y qué pasará con ellos después? —pregunté.
—La última palabra la tiene el Consejo Alpha —dijo—. Pero con lo que tenemos contra ellos, yo no contaría con verlos fuera de una celda en mucho tiempo.
Fruncí el ceño.
—Brenda robó unos cuantos bolsos. Es grave, pero…
—¿No vio las noticias anoche?
Bajó la voz.
—Alguien nos pasó un soplo. Detallado, con fuentes, verificado.
Resulta que Harvey llevaba años con un negocio paralelo.
Reclutaba renegados, les pagaba con mercancía restringida y así iba levantando una red clandestina.
Encontramos registros de extorsión vinculados a sus propiedades.
Varios miembros de la manada en el punto de mira.
Y hay unos cuantos informes antiguos, de hace un par de años, casos que se enterraron, que ahora se están reabriendo.
Hizo una pausa.
—Actuamos durante la noche. Por la mañana, toda la red había desaparecido. Brenda trabajaba a sus órdenes, así que ella tampoco tiene las manos limpias.
—En doce años nunca había visto desmantelar a nadie tan rápido. Quien envió ese soplo sabía exactamente dónde mirar.
Le di las gracias, firmé la declaración y salí.
Tenía la sensación de saber quién lo había enviado.
Nadie actuaba tan rápido sin recursos de verdad. Nadie tenía ese alcance a menos que llevara entre manos algo mucho más grande de lo que dejaba ver.
Aparqué esa idea y fui a buscar mi taxi.
Me subí, saqué el móvil y empecé a ojear las noticias.
El taxista dio un frenazo.
El cuerpo se me fue hacia delante de golpe. El corazón me golpeó las costillas.
Me agarré al asiento de delante y me obligué a respirar.
En mi vida anterior morí en un accidente de coche. No traje a esta vida cicatrices visibles de aquello, pero los frenazos repentinos todavía me afectaban más de lo que deberían. Mi cuerpo recordaba cosas que mi mente intentaba olvidar.
—Perdón, perdón —dijo el taxista—. Casi le doy al coche de delante.
Se echó a un lado para ver si había daños. Bajé con él.
Los dos coches estaban bien. El conductor de delante también había bajado.
Entonces oí la voz.
Baja. Clara. Inconfundible.
Kai.
Rodeó la parte delantera de su coche y me miró. Su mirada me recorrió la cara, bajó hasta el hombro y volvió a subir, como si quisiera comprobarlo.
La ligera tensión entre las cejas se le relajó al ver que estaba bien.
Me llegó el leve aroma a pino y hierbas, y algo en el pecho se me calmó sin que yo lo hubiera decidido.
Chloe se quedó callada.
El taxista seguía disculpándose cuando le sonó el teléfono. Contestó y le cambió la cara por completo.
—Mi mujer —dijo.
Ya estaba buscando con la mirada otro coche que lo llevara.
—Está en el hospital. Ya viene el bebé.
Se volvió hacia mí con las llaves en la mano.
Me reconoció como la heredera Ravenshade. Dijo que confiaba en mí. Me preguntó si podía llevarle el taxi a un banco de la avenida Colfax, donde su sustituto esperaba para recogerlo. Me pagaría por la molestia.
Miré las llaves. Lo miré a él.
—Vale —dije.
Me dio las gracias unas seis veces en treinta segundos, paró un coche que pasaba y desapareció.
Connor lo vio marcharse.
—Ese hombre acaba de entregarle su medio de vida a una desconocida —dijo Connor—. Increíble.
—¿Puedes conducir? —me preguntó Kai.
—Apenas —dije—. El hombro sigue sin estar bien.
—Entonces voy contigo.
—Estaré bien…
—¿Quieres quedarte tirada en Colfax tú sola?
No respondí.
Connor se asomó al interior del taxi y salió con un bote de desinfectante y un paño.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Limpiarlo —dijo Connor—. Kai no soporta usar cosas que han tocado otros. Manía de limpieza.
Miré el taxi. Luego a Kai.
—Entonces devuelvo el coche yo sola —dije.
Kai abrió la puerta del copiloto y se sentó.
—El maniático de la limpieza es Connor —dijo, completamente tranquilo—. No yo.
Connor abrió la boca. La cerró. Guardó el desinfectante.
Me subí y arranqué.
Encontramos el banco de Colfax sin ningún problema. Al conductor de relevo le faltaban unos minutos para llegar, así que esperamos dentro del taxi.
Fue entonces cuando las vi.
Dos mujeres que salían del centro comercial de enfrente. Una era Vivian. A la otra me costó un momento ubicarla.
Sophie. Habíamos coincidido dos años en el instituto antes de que se cambiara de centro. Omega, manada vecina. Siempre se enteraba de todo antes que nadie.
Sophie nos vio primero.
Tiró del brazo de Vivian y señaló hacia el taxi.
Vivian miró hacia nosotros. Su mirada se posó en mí y luego se desvió hacia Kai. Se quedó en Kai más tiempo que en mí.
No podía oír lo que decían desde la otra acera. Pero vi a Sophie sonreír, despacio y con intención, y luego levantar el móvil y hacer una foto antes de que se fueran las dos.
El conductor de relevo apareció dos minutos después, nos dio las gracias y se llevó el taxi.
Me giré para despedirme.
—Vamos a comer —dijo Kai—. Ya he hecho la reserva.
—Tengo cosas que…
—Taberna Silverpine —dijo—. Acaban de sacar una carta de temporada. Dicen que está muy bien.
Aquellas palabras me dejaron helada.
La Taberna Silverpine. Veinte cubiertos al día. Reservas con tres meses de antelación en temporada. Toda mi vida anterior quise ir y nunca lo conseguí. Cada vez que reservaba mesa, Ronan cancelaba en el último momento. Todas y cada una de las veces.
—Pagamos por separado —dije—. Yo cubro mi mitad.
—Vale.
La Taberna Silverpine era exactamente como siempre la había imaginado. El camarero trajo las cartas y Kai pidió sin titubear.
Cada plato que eligió era algo que yo habría pedido.
Me quedé mirando la lista un momento.
—Qué raro —dije—. Es exactamente lo que iba a pedir yo.
No era la primera vez. Nuestros gustos coincidían de una forma que iba más allá de la casualidad. Las mismas preferencias, los mismos instintos, las mismas cosas que elegíamos sin pensar.
Kai miró la carta y luego me miró a mí.
—Puede que simplemente tengamos gustos parecidos —dijo.
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