Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

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(Punto de vista del autor)

Brenda empujó la puerta de su casa con las bolsas robadas bajo el brazo.

Se paró en seco.

Harvey estaba en el umbral, dándole un beso en la mejilla a una mujer y luego a la otra. Eran dos, las dos vestidas como para irse de discoteca. Ni siquiera miró a Brenda. Se limitó a observar cómo las mujeres se subían a un coche y se marchaban.

—¿Qué demonios te pasa? —estalló ella—. Te lo dije. Te dije que no las trajeras aquí.

Harvey se giró despacio. La miró de arriba abajo.

—Mi casa —dijo—. Traigo a quien me dé la gana.

—¿Te parece gracioso?

—Me pareces pesada. —Se cruzó de brazos—. Sabías de qué iba esto cuando aceptaste mi marca. Querías el dinero. Y lo tienes. Así que deja de comportarte como si aquí contaras para algo.

Brenda levantó la mano de golpe.

A Harvey le relampaguearon los ojos, amarillos. La empujó —con fuerza— y ella trastabilló hacia atrás y se dio con el hombro en el marco de la puerta. Las piernas le fallaron y acabó en el suelo.

Se quedó allí sentada un instante, con la mandíbula apretada, sin emitir un solo sonido.

Recogió las bolsas que se le habían desparramado alrededor. No lo miró.

«Espera», se dijo. «Solo espera. Encuentra a alguien mejor. Y luego haz que pague por cada una de estas».

Harvey miró con los ojos entornados las bolsas que ella llevaba en los brazos.

—¿Te has comprado algo nuevo otra vez?

—Puedo gastarme mi propio dinero.

—¿En qué? ¿En otro bolso que no te hace falta...?

Un ruido lo interrumpió. Motores. Varios vehículos frenando delante de la casa.

Brenda miró a través de la puerta abierta.

Vehículos de la guardia de la manada. Tres, alineados junto al bordillo. Las puertas abriéndose de golpe.

Aria salió de uno de ellos.

No corría. No gritaba. Simplemente subió por el camino con la mirada clavada en las bolsas que Brenda llevaba en los brazos.

A Brenda se le cayó el alma a los pies.

Bajó la vista al bolso que tenía en las manos. El que había cogido de la mesa del restaurante.

No era suyo.

Le entró el pánico y lo tiró al suelo.

Absolutamente todos los presentes la vieron hacerlo.

(Punto de vista de Aria)

Miré el bolso en el suelo durante un segundo.

Miré a Brenda.

—Es una edición limitada —dije—. Lo vas a arañar si lo tiras por ahí de esa manera.

—No sé cómo ha llegado ahí —dijo Brenda al instante.

Harvey frunció el ceño y me miró.

—¿Qué haces en mi casa?

—Tu compañera me ha robado mis cosas —dije.

—Eso es mentira. —A Brenda le subió el tono—. Ese bolso lo compré yo.

—Interesante. —Incliné la cabeza—. Hace dos segundos has dicho que no sabías cómo había llegado ahí. Ahora dices que lo compraste tú. ¿Cuál de las dos es verdad?

Brenda apretó la mandíbula.

—Ese bolso no es tuyo.

Saqué el teléfono.

No discutí. Simplemente le di al play al vídeo que me había enviado el restaurante y levanté la pantalla para que todos lo vieran.

Las imágenes eran nítidas. Brenda inclinándose hacia un camarero, susurrándole.

El camarero acercándose a la mesa de Bernard.

Bernard e Isaac levantándose y marchándose.

Brenda moviéndose rápido, barriendo todo lo que había sobre la mesa, metiéndoselo bajo el brazo.

Y luego saliendo por la puerta principal con un hombre al lado, el brazo de él enlazado con el de ella.

Los ojos de Harvey se clavaron en ese hombre.

—¿Quién es ese? —Su voz se volvió grave.

Nadie contestó.

—Me haces la vida imposible cada vez que miro a otra mujer —dijo despacio—. Y tú vas por ahí paseándote del brazo de un tío.

Brenda se volvió hacia él. El bolso en el suelo, los agentes, todo aquello: por lo visto se le había borrado de la cabeza.

—Tú traes mujeres a nuestra casa —le espetó—. A nuestra cama. ¿Y yo se supone que tengo que quedarme ahí sentada y sonreír como si nada?

—No empieces...

—Llevo cuatro meses viéndome con él. —Lo dijo alto. Claro. Como si quisiera que quedara constancia—. Cuatro meses, Harvey. Porque eres un inútil y eres repugnante y he dejado de fingir lo contrario.

Harvey se quedó blanco y después se le oscureció la cara.

—Serás una sinvergüenza...

Soltó un manotazo.

Dos agentes se interpusieron entre ellos antes de que el golpe llegara. Agarraron a Harvey por los hombros y lo echaron hacia atrás.

Pero incluso con los agentes separándolos, los dos siguieron. Se gritaban por encima del hueco que los separaba. Toda la porquería que habían ido acumulando durante años, ventilada a voces para que la oyera toda la calle.

Dejé de escuchar.

Recogí mi bolso del suelo y lo revisé rápidamente. Luego miré alrededor.

La cartera de Isaac no estaba.

Miré a Brenda.

—¿Dónde está la cartera?

Seguía mirando a Harvey con furia.

—¿Qué?

—La cartera. ¿Dónde está?

—No sé de qué me…

—Es una pieza de edición limitada —dije—. Si presento una denuncia formal, no es una multa lo que te cae. Te cae una temporada en el centro de detención de la manada.

Aquello dio en el blanco.

Cerró la boca.

—La tiré —dijo al final—. A un contenedor. Cerca del restaurante.

Yo ya iba camino del coche.

Isaac había estado esperando en el coche todo ese rato. Cuando me asomé y se lo conté, le cambió la cara al instante. Subí y los agentes nos llevaron de vuelta al restaurante. Abrió la puerta de golpe antes de que el coche se detuviera del todo y se fue a la parte de atrás sin esperar a nadie.

Dos de los agentes lo siguieron hasta la entrada de la zona de residuos y ahí se quedaron. El olor los golpeó como un muro. Se miraron y no se movieron de allí.

Encendí la linterna del móvil y entré detrás de él.

—No tienes por qué hacer esto. —Isaac me miró por encima del hombro, con la cara arrugada—. Te vas a estropear la ropa.

—Dos personas van más rápido que una —dije—. Y en parte es culpa mía que la cartera haya acabado aquí.

Se me quedó mirando un segundo en esa penumbra que apestaba a podrido.

Luego sonrió. Una sonrisa amplia, auténtica.

—Estás más guay haciendo esto que cuando le cantaste las cuarenta a esa mujer del restaurante.

Buscamos unos minutos. Aparté bolsas, me abrí paso entre un montón de desperdicios de cocina y tanteé el fondo de una bolsa negra muy pesada.

Los dedos dieron con cuero.

La saqué.

Salimos a rastras al aire libre. Los agentes y las dos personas que había cerca retrocedieron un paso, un paso bien visible, cuando aparecimos.

Isaac me miró de reojo.

—Hueles fatal.

Le di un cachete suave en la nuca.

—Primero comprueba si falta algo.

Abrió la cartera. Fue directo al bolsillo interior.

La foto estaba allí. Pequeña, un poco arrugada. Un chico adolescente y una mujer mayor, muy juntos, los dos con los ojos entrecerrados ante la cámara, como si ella la hubiera sujetado demasiado lejos.

Isaac no dijo nada. Solo apretó la cartera contra el pecho y asintió una vez, con fuerza.

Bernard cruzó la calle al trote, con los brazos abiertos, directo hacia Isaac.

Llegó a medio metro de él y se detuvo.

Le cambió la cara.

Dio un paso atrás, despacio.

Isaac soltó un sonido corto y seco.

—Para que veas lo que es la familia.

Bernard saludó con la mano desde una distancia segura.

—Estoy orgulloso de ti. Desde aquí.

Antes de irse, Isaac me tendió la mano para que le diera el móvil.

—Guarda mi número. Repetimos otro día.

—Si no te da miedo acabar metido en otro lío —dije.

—Vivo para eso.

Metió su número en mi móvil antes de devolvérmelo.

Los dos subieron al coche de Bernard y se marcharon.

Caminé hasta el bordillo y abrí la aplicación para pedir un coche.

Un Bentley negro se acercó y se detuvo delante de mí. La ventanilla trasera bajó.

Kai iba sentado detrás. Se le veía igual de tranquilo que siempre.

—¿Te llevo? —dijo.

El conductor se giró y me sonrió. Un tipo grande, de mandíbula marcada por una cicatriz y con pinta de haber atravesado una pared de un golpe y de haberlo disfrutado. Kai dijo que se llamaba Connor.

Me quedé mirando a Kai.

—¿Qué haces aquí?

—Pasaba por aquí.

Inclinó la cabeza hacia el asiento de al lado.

—Sube.

—Estoy hecha un asco —dije—. Huelo a basura. Pediré mi propio coche.

Kai me miró.

—¿De verdad crees —dijo— que algún conductor te va a dejar subir oliendo así?

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