CAPÍTULO 46
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(Punto de vista de Aria)
Ya de noche, cogí un taxi al restaurante.
Isaac me esperaba en la puerta cuando llegué. Camiseta blanca, vaqueros, las manos en los bolsillos. Me vio y levantó una mano.
A su lado había un hombre. Ancho de hombros, cincuentón, de aire relajado pero atento.
Lo reconocí antes incluso de que Isaac abriera la boca.
Bernard. El enviado de MK a la región de las Montañas Rocosas. En mi vida anterior me había sentado frente a él en una mesa de negociación de licencias. Estaba exactamente igual.
—Aria, te presento a mi tío —dijo Isaac—. Se ha empeñado en venir esta noche.
Bernard me tendió la mano.
—Quería darle las gracias en persona. Este chaval se dejó la cartera y el móvil en un taxi y no se dio cuenta hasta una hora después. Usted lo sacó del apuro.
Su tono era distendido, sin el filo de los negocios. Esa noche no era más que familia.
Le estreché la mano.
—Él ya me lo devolvió. Estamos en paz.
Isaac sonrió de oreja a oreja.
—Te lo devolví con intereses.
—Me devolviste exactamente lo que me debías.
—Eso son intereses. Soy una persona muy honrada.
Los tres entramos juntos en el restaurante.
El maître nos llevó por el comedor principal hacia una mesa junto a la ventana, al fondo. El local era de categoría: mantelería blanca, luz tenue, un silencio que cuesta dinero.
Íbamos por la mitad de la sala cuando alguien se nos plantó delante.
Brenda.
Había echado la silla hacia atrás y se había levantado para cortarnos el paso. Pasó la mirada por Bernard e Isaac, rápida y calculadora, antes de volver a posarla en mí.
—¿Ya? —dijo—. Si apenas llevas cinco minutos divorciada. Primero el tal Kai y ahora te paseas con dos a la vez. Uno viejo y otro joven. Cubriendo todos los frentes.
No esperaba que volviera a por mí después de la última vez. Por lo visto había subestimado su descaro.
Isaac dio un paso adelante sin dudar. Se colocó ligeramente por delante de mí, con la expresión relajada y despreocupada: la misma cara que ponía cuando estaba a punto de decir algo que daría en el blanco.
—A la gente que habla así —dijo— se le empiezan a podrir los dientes antes de hora. Es algo que tengo observado.
Brenda se puso roja.
—Mocoso de... Te saco seis o siete años. No me hables en ese tono.
Isaac inclinó la cabeza.
—Ser mayor no te hace más civilizada. A los cachorros de mi manada no se les ocurriría ni lo que acabas de decir. Les daría vergüenza.
La mano de Brenda salió disparada.
Las yemas de los dedos ya se le habían transformado: alcancé a ver el destello de las garras asomando.
Me moví rápido. Le atrapé la muñeca antes de que pudiera completar el golpe.
Chloe se agitó bajo la superficie, afilada y lista. La mantuve a raya.
—En público —dije en voz baja—, más te vale mantener la compostura.
La solté.
Brenda trastabilló hacia atrás. Chocó con el borde de la mesa que tenía detrás y la vajilla entrechocó con estruendo. Un hombre sentado a su lado se levantó de un salto y la agarró del brazo.
Me fijé en él.
Lo había visto antes en algún sitio. Puede que en una reunión de manadas. Había algo familiar en su cara: me dio la impresión de que podía ser el heredero de una de las manadas intermedias de la región.
—¿Quién es? —pregunté con tono despreocupado.
La postura de Brenda cambió al instante. Se le esfumó la agresividad y apartó la mirada.
—Solo un amigo.
—Ah —dije.
Una sola palabra. Pero dejé que el tono hiciera el trabajo.
Conocía su situación. Harvey era un inútil y su vínculo llevaba años vacío. Ella andaba buscando una salida, o al menos un plan B. Si decía lo que no debía en ese momento, delante de quien no debía, lo que tuviera con ese hombre se iría al garete antes de empezar.
Ella también lo sabía. Se lo vi en la cara. Ya estaba arrepentida de habernos abordado.
No insistí.
La esquivé y seguí caminando.
—Hazme un favor —dije sin volverme—. La próxima vez que me veas, no te molestes en saludar.
No contestó.
Llegamos a la mesa de la ventana y nos sentamos. El maître nos entregó las cartas.
Isaac se reclinó en la silla y me miró.
—Vaya número.
—Ha empezado ella.
—Lo sé. Lo digo sin más. —Me señaló—. Cómo lo has llevado. Con carácter.
Ya había dejado atrás las formalidades y me llamaba directamente por mi nombre. No lo corregí. De algún modo le encajaba: no era de los que se andan con ceremonias.
Isaac se volvió hacia Bernard.
—Podrías haber echado una mano, ¿sabes?
Bernard cogió su vaso de agua.
—No te hacía falta. Nunca sales perdiendo en estas situaciones. Llevo toda la vida observándote.
—No es eso. Se trata de tener respaldo.
—Lo tenías. —Bernard me señaló con la cabeza.
Isaac me miró. Yo miré la carta.
(Punto de vista del autor)
Después de la cena, Aria se levantó para ir al baño.
Brenda no había dejado de vigilar su mesa en ningún momento.
En cuanto Aria desapareció al doblar la esquina, Brenda le hizo una seña a un camarero que pasaba. Le puso un fajo de billetes doblados en la mano y le dijo que fuera a buscar a los dos hombres de la mesa de la ventana y les contara que Aria se había resbalado y se había caído en el baño.
El camarero vaciló.
Brenda le acercó más el dinero.
Se lo guardó en el bolsillo y asintió.
Bernard oyó el recado y se levantó de inmediato. Isaac lo siguió sin pensarlo. Los dos se dirigieron al fondo del restaurante.
En cuanto se alejaron de la mesa, Brenda entró en acción.
Fue directa a la mesa de la ventana, arrasó con todo lo que había encima —bolsos, carteras— y se lo metió bajo el brazo. Luego se dio la vuelta, le dijo algo al hombre con el que había llegado y los dos salieron por la entrada principal.
(Punto de vista de Aria)
Salí del baño y casi me choco con Bernard e Isaac.
—¿Qué hacéis vosotros dos aquí detrás? —pregunté.
Bernard frunció el ceño.
—Un camarero ha venido a decirnos que te habías caído ahí dentro.
—Un camarero.
—Que te habías resbalado.
Lo miré.
—¿Era un camarero o una camarera?
Bernard abrió la boca. Luego se detuvo.
Le cambió la cara.
—Un hombre —dijo.
Ya lo sabía. Se le notaba en la cara.
Volvimos a la mesa.
Todo había desaparecido. Bolsos, carteras… la mesa estaba completamente vacía.
Miré hacia la mesa de Brenda. Vacía. Ella y su acompañante ya se habían ido.
No lo dudé. Fui al mostrador de la entrada y pedí hablar con el encargado.
Tardaron menos de cinco minutos en sacar las imágenes. El ángulo de la cámara era nítido y frontal. Se le veía la cara a Brenda, se le veían las manos, se la veía salir por la puerta con nuestras cosas bajo el brazo.
Bernard apartó la silla de la mesa.
—Voy a buscarla.
—No. —Levanté la mano—. Esto empezó por mi culpa. Yo me encargo.
—Voy contigo —dijo Isaac.
Le había cambiado la voz. El tono despreocupado había desaparecido.
—Mi cartera —dijo—. Dentro hay una foto. Mi abuela y yo. La hizo ella misma y la llevó a imprimir ella misma. —Hizo una pausa—. Es la única que tengo de ella.
Intentaba que pareciera que no le importaba, pero no le salía del todo.
Lo miré un segundo.
—Vale —dije—. Vienes conmigo.
Saqué el teléfono y llamé al número de los ejecutores de la manada.
Si a Brenda le gustaba robar, yo me iba a encargar de que le quedara un antecedente por robo en los archivos de la manada que no pudiera borrar jamás.
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