CAPÍTULO 43
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(Punto de vista del autor)
Cayó el martillo.
Quince millones.
Julian se recostó en la silla como si no acabara de gastarse una pequeña fortuna en una piedra que ni quería.
Ronan bajó la paleta despacio. Se quedó mirando la piedra de luna mientras el personal la envolvía y se la llevaba del escenario.
Algo le incomodaba en el pecho. Sabía perfectamente qué era.
No había seguido pujando por Vivian. Había querido ganar esa piedra para otra persona muy distinta.
Apretó la mandíbula y no dijo nada.
Aria vio cómo la piedra de luna desaparecía en manos de Julian. Se volvió hacia él con una expresión a medio camino entre la incredulidad y el agotamiento.
—¿Quién es ese amigo tuyo? —preguntó en voz baja—. Porque gastarse quince millones solo para dar un recado es una locura.
Julian sonrió sin la menor preocupación.
—Yo solo hago de intermediario. Él quería hacer sonreír a una mujer guapa; yo le ayudé a ponerle precio.
Aria soltó el aire por la nariz, sin hacer ruido.
«Ese hombre, quienquiera que sea, no tiene ni idea del valor del dinero».
Ya estaban anunciando el siguiente lote.
La voz del subastador se volvió más cálida cuando salió el collar de zafiro.
Primero contó la historia: una pieza centenaria, regalo de un noble Alpha a su compañera antes de que la guerra los separara. Nunca volvieron a encontrarse.
No era una pieza famosa. Su procedencia no tenía nada de particular. A la mayoría de los coleccionistas serios de la sala no le interesaría.
Pero Aria había hecho los deberes antes de aquella noche. Sabía exactamente cuánto valía.
La puja de salida fue de cien mil. Se levantaron un par de paletas, que bajaron enseguida. La cifra avanzaba despacio: ciento cincuenta, doscientos, doscientos veinticinco.
Se estancó en doscientos cincuenta mil. La sala se quedó en silencio.
Aria levantó la paleta.
—Trescientos mil.
Los dedos de Vivian se cerraron con fuerza en torno a su paleta.
Quería levantarla. Cada fibra de su cuerpo quería obligar a Aria a sudarlo.
Pero se contuvo.
Ya había conseguido lo que necesitaba aquella noche: la atención de Ronan, el gesto de alargar la mano hacia la paleta, el calor de su chaqueta sobre los hombros. Si volvía a medirse con Aria por una pieza que a nadie más le importaba, Ronan se daría cuenta. No era tonto. Empezaría a ver el patrón.
Bajó la paleta.
Cayó el martillo.
—Vendido. Trescientos mil.
Aria se levantó para ir a la zona de detrás del escenario.
(Punto de vista de Aria)
En el mostrador del fondo me entregaron el collar en una cajita de terciopelo. Firmé los papeles, guardé la caja en el bolso y me giré para marcharme.
—Aria.
Julian estaba apoyado en el quicio de la puerta, sonriendo de oreja a oreja.
—Dijiste que me invitarías a una copa —dijo—. Después de aquel asunto en el aparcamiento. ¿Te acuerdas?
Sí que me acordaba. Lo había dicho sin pensar, por pura cortesía, una frase vacía, sin esperar que me la fuera a reclamar.
Y Julian me la estaba reclamando, desde luego.
Lo miré un segundo.
—Vale. Espérame en la entrada.
Pareció muy satisfecho de sí mismo. Se volvió hacia la mujer que había traído y le dijo algo en voz baja. Ella asintió, se despidió y se marchó. Julian fue a pagar su cuenta.
Yo me dirigí a la salida.
El pasillo seguía lleno de gente. La subasta acababa de terminar y los asistentes avanzaban hacia las puertas en pequeños grupos, hablando, comparando impresiones sobre lo que se había vendido y lo que no.
Llevaba la cajita de terciopelo en el bolso y el abrigo en el brazo. Estaba casi al final del pasillo cuando oí pasos muy cerca, a mi espalda.
—Dos semanas desde el divorcio.
La voz de Ronan. Baja, contenida y dirigida directamente a mí.
—Y ya has pasado por un buen puñado de hombres. Nunca me había dado cuenta: se te da bastante bien.
Seguí caminando. No me detuve, no me giré.
—Porque estabas ciego —dije.
Sencillo. Plano. Sin una gota de rabia.
A mi espalda se hizo el silencio. Luego una exhalación brusca. Después sus pasos me adelantaron y siguieron de largo.
Vivian corrió tras él.
Pasó por mi izquierda, con el rostro tenso, apretando el paso para alcanzar a Ronan.
Y entonces se le torció el tobillo.
Se escoró hacia un lado, justo hacia mí, con los brazos por delante, todo con el aspecto de un tropiezo.
Ya había visto esa jugada antes. Más de una vez.
Le agarré la muñeca antes de que pudiera tocarme. Aguanté su peso, la estabilicé y después la aparté de mí. Con firmeza.
Vivian no se lo esperaba.
Se fue de lado, con los tacones resbalando sobre el suelo pulido, y se agarró a lo primero que tenía a mano: una gran maceta decorativa junto a la pared.
La maceta no la sostuvo.
Se volcó. Vivian cayó con ella. La cerámica golpeó el suelo y se partió. La tierra se desparramó por las baldosas.
Soltó un grito agudo.
El pasillo se quedó inmóvil. Todas las cabezas se giraron.
Ronan dio media vuelta.
Vivian estaba sentada en el suelo, con el vestido blanco manchado de tierra y la maceta rota a su lado. Me miró desde abajo, con los ojos ya llenos de lágrimas y la voz quebrándose justo lo suficiente para que se oyera.
—¿Por qué me has empujado?
La miré desde arriba.
—Ese numerito —dije—. Lo he visto cien veces. Tropezar, agarrarse, aprovechar el impulso para tumbar al otro.
Mantuve un tono neutro.
—¿De verdad creías que iba a funcionar?
Hice una pausa.
—No soy yo la que busca pelea. Pero no me acerques las manos.
En el pasillo había tanto silencio que todos los que estaban alrededor oyeron cada palabra.
Vivian se quedó en el suelo. Los dedos se le cerraron despacio sobre la tela de la falda. No dijo nada.
Noté que ella también se daba cuenta. Yo ya no era la que antes retrocedía y se callaba.
Ronan llegó hasta ella en tres zancadas. La puso en pie, la sujetó del brazo para que no se cayera y me miró.
Tenía la mirada dura.
—Ella está en el suelo —dijo— y tú ahí de pie, soltando discursos.
—¿Ahora que Julian te respalda, te crees que puedes hacer lo que te dé la gana?
Me encogí de hombros.
—Solo le he devuelto lo que intentó usar contra mí.
Lo miré directamente a los ojos.
—Una vez me dijiste que, aunque tuvieras las pruebas delante de las narices, no dudarías de ella —dije—. Y lo decías en serio. Así que lo que estás viendo ahora es exactamente lo que quieres ver.
Algo le cruzó la cara. Tragó saliva. Apretó las muelas.
—Pídele perdón —dijo, marcando cada palabra—. Por lo de esta noche. Por todo.
Me di la vuelta para marcharme.
Me plantó la mano en el hombro.
Me apretó con fuerza. Justo encima de la herida que aún no había cerrado: la quemadura de plata, todavía en carne viva bajo la tela.
El dolor llegó rápido y punzante. Se me cortó la respiración. Todo el hombro se me quedó rígido.
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