CAPÍTULO 42
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(Punto de vista de Aria)
—Me gustas —dijo Kai.
Así, sin más. Sin preámbulos, sin paños calientes. Solo esas dos palabras, ahí plantadas, bajo la luz de la farola.
Lo miré un momento.
—Kai Lawson. —Usé su nombre completo a propósito. Quería que oyera lo en serio que lo decía—. No estoy preparada para esto.
—Aria…
—Lo digo de verdad. —Mantuve la voz firme—. Ese matrimonio me rompió algo por dentro. No sé si puedo volver a sentir eso por nadie. De verdad que no lo sé.
No me interrumpió.
—Nos conocemos desde hace muy poco —dije—. Lo que sientas ahora mismo… probablemente sea solo la superficie. En realidad no me conoces.
—Ya te lo he dicho —dijo con voz baja y serena—. Te conozco.
—Lo dices en serio.
—Lo digo en serio.
Lo miré. No sabía dónde acababa el sentimiento de verdad y empezaba el impulso. Puede que él se creyera lo que decía. Eso no significaba que fuera a durar.
—Necesito que lo dejes estar —dije—. No vuelvas a sacar el tema. Fingiremos que esta conversación no ha existido.
Chloe se removió en algún lugar muy dentro de mí. Una presión inquieta contra algo, como si no estuviera de acuerdo.
La ignoré.
Kai me miró un largo rato. Luego asintió una sola vez, se dio la vuelta y se marchó.
Me quedé allí hasta que dejé de oír sus pasos.
Cuando volví, Elena estaba sentada en la alfombra con las piernas cruzadas, agitando un calcetín anudado delante de Barnaby, que no paraba de lanzarle zarpazos y fallar.
Levantó la vista cuando entré. Me miró la cara al instante.
—¿Y bien?
—Nada —dije.
—Esa no es cara de nada.
—Déjalo, Elena.
Abrió la boca. Pasé de largo hacia la cocina. Lo intentó dos veces más mientras me servía agua y, al ver que seguía sin picar, por fin lo dejó estar.
Pasamos el resto de la noche en el sofá viendo series. Barnaby acabó rindiéndose con el calcetín y se acurrucó entre las dos. Nos quedamos despiertas hasta demasiado tarde y las dos nos dormimos sin oír el despertador.
Me salté el desayuno y me fui directa a la oficina.
Al caer la tarde, me estaba preparando para salir hacia la subasta.
—Esta noche quédate en casa —le dije a Elena.
Ella ya estaba otra vez en el sofá, envuelta en una manta y con los ojos clavados en la pantalla.
—Obviamente —contestó—. No me pienso mover.
—Lo digo en serio. No salgas.
Por fin me miró.
—Aria. Estoy en pijama. Tengo picoteo. Tengo a Barnaby. No voy a ir a ninguna parte.
Bien. Con eso me bastaba.
Cogí el abrigo y me marché.
(Punto de vista del autor)
Había mucho tráfico. Cuando Aria llegó a la casa de subastas, la primera ronda ya había empezado.
El local era nuevo: aquella era su noche de inauguración y habían reunido a un público considerable. Élites de manada, coleccionistas, algunos nombres que Aria reconocía del circuito. Encontró su asiento reservado y se sentó.
Julian Oak ya ocupaba la silla de al lado.
—Llegas tarde —dijo con una sonrisa.
—El tráfico.
Julian era el Alpha de la manada Oak. Muy conocido en la región, y conocido también por otros motivos. Tenía una cara que obligaba a mirar dos veces. Y su reputación ponía nerviosos a los padres de esa gente.
—¿Sola esta noche? —preguntó él.
—Sí.
—Yo he venido acompañado. —Señaló con la cabeza a la mujer que tenía al lado: alta, llamativa, fichada por el sello de entretenimiento de la familia Frost. Aria la conocía de nombre.
Intercambiaron un saludo breve.
Entonces Aria lo notó. Una mirada, insistente y deliberada, que venía de algún punto a su izquierda.
Se volvió.
Ronan estaba sentado en diagonal, delante de ella, observándola. En el momento en que sus ojos se encontraron, él apartó la vista.
Vivian estaba a su lado. Se fijó en Aria un segundo después y sintió algo amargo recorrerle el pecho.
Otra vez esa mujer.
Aria volvió a bajar la vista al catálogo.
El collar que necesitaba estaba hacia el final del listado. Faltaban unos treinta minutos. Fue pasando páginas y esperó.
La voz del subastador se animó cuando salió la piedra de luna.
Era antigua: más de un siglo de procedencia documentada. El subastador dijo que tenía fama de calmar la mente y favorecer el sueño.
Aria se detuvo.
Maggie lo había mencionado justo la semana anterior. Richard no dormía bien desde que había ingresado en el hospital. Estaba inquieto, agotado. Y siempre le había encantado coleccionar piedras como esa.
La puja de salida era de doscientos mil. Cuando Aria empezó a prestar verdadera atención, ya estaba en ochocientos mil.
Había visto una pieza comparable venderse por unos tres millones en una subasta en el extranjero el año anterior. Esta seguramente se quedaría en la misma franja. Eso estaba a su alcance.
Levantó la paleta.
—Un millón doscientos mil.
Vivian oyó la voz antes de ver la paleta.
La reconoció al instante.
Levantó su propia paleta sin pensarlo.
—Un millón doscientos diez mil.
Ronan frunció el ceño y miró de reojo a Vivian.
—¿Coleccionas piedras?
—No —dijo Vivian—. He pensado comprarla para mi padre. Con mi propio dinero, no te preocupes.
Esa última parte fue deliberada. Sabía exactamente cómo funcionaba Ronan. Jamás permitiría que una mujer que le importaba pagara algo de su bolsillo. Antes de que cayera el martillo, insistiría en pagarla él. Ella se resistiría lo justo para que quedara elegante.
Lo único que tenía que hacer era seguir pujando.
Aria reconoció la voz de Vivian en la segunda puja.
Le dirigió una mirada breve y volvió a levantar la paleta.
—Un millón cuatrocientos mil.
—Un millón cuatrocientos diez mil —dijo Vivian de inmediato.
—Un millón quinientos mil.
—Un millón quinientos diez mil.
Diez mil más, siempre, sin excepción. Aria mantuvo el rostro impasible. A Vivian no le interesaba la piedra. Solo quería ganar.
La cifra fue subiendo. Tres millones. Tres millones diez mil.
Aria bajó la paleta.
El valor de mercado de la piedra rondaba justo los tres millones. Subir más significaba pagar un sobreprecio por algo que no lo valía. No pensaba hacerlo.
Vivian dejó escapar un suspiro discreto.
«Así que hasta ahí llega el dinero de los Ravenshade hoy en día».
El subastador levantó el martillo.
—¿Alguna puja más?
Casi toda la sala guardó silencio. Todos los presentes conocían el mercado. Tres millones era el techo de esa pieza. Subir más sería tirar el dinero.
Julian llevaba unos minutos mirando el teléfono. Alzó la vista hacia el martillo, luego el mensaje de su pantalla, y levantó la paleta despacio.
—Seis millones.
La sala se agitó.
Aria se volvió hacia él.
—Esa piedra no vale seis millones —murmuró.
—Un amigo me ha dicho que lanzara una cifra —contestó Julian, sin inmutarse—. La he duplicado. No es para tanto.
«Si yo fuera ese amigo, esta misma noche daría por terminada esa amistad».
Ronan se volvió al oír la nueva voz.
Julian estaba inclinado hacia Aria, diciéndole algo. Ella le respondía. Estaban muy juntos, a gusto el uno con el otro, como si ya hubieran mantenido cien conversaciones antes de esa.
Su lobo gruñó.
Apretó los labios y levantó la paleta.
—Seis millones quinientos mil.
Julian ni siquiera levantó la vista del teléfono.
—Ocho millones.
—Ocho millones quinientos mil —dijo Ronan.
—Quince millones —dijo Julian.
Ronan apretó la paleta con más fuerza. Julian pujaba sin ninguna lógica, sin patrón, sin techo. Solo lanzaba cifras al aire. De no ser por la posición de la manada Oak en la región, Ronan habría dado por hecho que estaba allí para sembrar el caos.
Kai Lawson. Beckett. Y ahora Julian. El pensamiento lo atravesó como algo afilado. Aria llevaba fuera de su vida menos de dos semanas y ya tenía a media región rondándola.
Estaba a punto de levantar la paleta otra vez.
La mano de Vivian se posó con suavidad sobre la de él.
—Sinceramente —dijo ella, y ladeó la cabeza hacia él con una leve sonrisa—, tampoco la quería tanto. No hace falta que te gastes ese dinero. Me basta con saber que lo harías.
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