Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

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(Punto de vista de Aria)

Derek abrió la boca para seguir.

Antes de que pudiera decir una palabra, uno de los accionistas más veteranos se puso en pie. Era uno de los aliados más cercanos del abuelo en la junta, y no perdió el tiempo en cortesías.

—Derek —dijo, y su voz cruzó la mesa de un extremo a otro—, quiero saber por qué todavía no se ha transferido la indemnización a la manada Stone. Ha pasado más de una semana. ¿Cuánto tiempo piensa Ravenshade seguir alargando esto?

Se hizo el silencio en la sala.

Derek apretó la mandíbula. Se removió en el asiento, ya con una respuesta a medio formar.

La mano de Victor se posó discretamente en el brazo de Derek.

Derek se detuvo.

Victor compuso una expresión profesional y serena. Se volvió hacia el accionista con una sonrisa muy ensayada.

—El pago está listo —dijo Victor—. Se transferirá a Marcus Stone esta tarde. Quiero que quede claro: Derek y yo estamos comprometidos con esta manada. Jamás haríamos nada que dañara la reputación de Ravenshade.

Lo dejé terminar.

Luego dije, en un tono casi despreocupado:

—Tío Victor, ¿sabes algo del pedido de joyería que hizo Fiona hace poco?

La sonrisa de Victor no se movió.

—No sé a qué te refieres.

—Esta mañana —dije—, Fiona contestó una llamada en el ascensor. De una joyería. Les estaba hablando de un encargo personalizado; dijo que solo la piedra central de uno de los collares valía un buen dinero. —Hice una pausa—. Varias personas que iban en el ascensor oyeron toda la conversación.

Mantuve la voz neutra.

—Simplemente me parece curioso. La indemnización a la manada Stone lleva más de una semana sin pagarse. Y, al mismo tiempo, Fiona anda haciendo pedidos así. —Recorrí la mesa con la mirada—. Me pregunto qué pensarían los miembros de a pie de la manada si se enteraran.

La sonrisa de Victor se quebró.

Apenas un poco. Lo justo.

—Ese dinero son los ahorros de Fiona —dijo rápidamente—. No tiene nada que ver con los fondos de la manada ni con las cuentas de mi familia.

—Por supuesto —dije—. Lo entiendo.

Lo dije como si le creyera.

Nadie en esa mesa lo creyó.

La boca de Victor conservó la forma de una sonrisa, pero ya no había nada detrás. Soltó una risa seca y hueca, y no dijo nada más.

(Punto de vista del autor)

Cuando terminó la reunión, Victor abandonó la sonrisa en el instante en que la puerta se cerró tras el último miembro de la junta.

Mandó a alguien abajo a buscar a Fiona de inmediato.

Fiona estaba en su escritorio, con dos compañeras pendientes de lo que contaba. Estaba a mitad de una frase cuando llegó el mensaje. Se irguió, se echó el pelo atrás y subió como si el piso entero fuera suyo.

Empujó la puerta del despacho de Victor.

No llegó a decir ni una palabra.

Una mano se le cerró en la nuca y la estrelló contra la puerta.

Los ojos de Victor se habían vuelto amarillos. Un gruñido bajo le vibraba en la garganta.

—¿Por qué —dijo, escupiendo cada palabra con fuerza y lentitud— estabas en ese ascensor hablando de joyas lo bastante alto para que te oyera todo el edificio?

Fiona se quedó blanca. Se encogió contra la puerta.

—Papá, yo no… no fue a propósito, llamaron de la joyería y contesté, no pensé que…

—No pensaste. —Victor apretó más la mano—. Por esa sola llamada, me he pasado media reunión quedando como un idiota delante de toda la junta. ¿Tienes la menor idea de cómo me he sentido?

—Lo siento. —Los ojos de Fiona se llenaron de lágrimas—. Lo siento, no era mi intención, tendré más cuidado, te lo prometo…

Las lágrimas se le desbordaron.

Victor la miró un momento. Después la soltó.

Se presionó la sien con dos dedos y espiró despacio.

Era su hija. La había consentido desde pequeña. No podía seguir enfadado con ella, no de verdad.

—Antes me daba igual cómo te comportaras dentro de esta manada —dijo bajando la voz hasta un tono cansado y sin inflexión—. Pero ahora las cosas son distintas. Tienes que pasar desapercibida. No le des más munición a nadie.

Fiona asintió y se secó la cara.

Pero cuando bajó la mirada, lo que se le enroscaba en el pecho no era arrepentimiento.

Era odio.

Aquello no iba a dejarlo pasar.

(Punto de vista de Aria)

De vuelta en mi despacho, llamé al asesor legal de la manada y le pedí a Oliver que trajera a Nora.

El abogado desplegó el material del caso sobre mi escritorio y me lo fue explicando.

Sin pruebas directas que vincularan a Damon Iron con el ataque, podría presentar a un hombre de paja que cargara con la culpa.

Con lo que teníamos, sería difícil hacerlo responder ante el Consejo Alpha.

Y, como ni Nora ni yo habíamos salido con heridas graves, el peso de cualquier sanción sería limitado de todos modos.

Cuando Nora entró, busqué la mirada del abogado e incliné la cabeza hacia la puerta. Lo entendió, recogió sus papeles y salió.

Nora se sentó frente a mí. Se quedó un momento mirándose las manos sobre el regazo.

Luego dijo, muy bajito:

—¿Podríamos no ir contra Damon?

La miré.

—¿Por qué?

Se quedó callada unos segundos.

—No quiero volver a verlo —dijo—. Ni en una audiencia. Ni en ninguna parte.

Mantuvo la mirada baja.

—Sé que seguramente no tenga sentido. Pero ya no quiero saber nada de él. Ni esto.

Se le notaba el agotamiento en los ojos. Venía de muy hondo.

—Vale —dije—. Lo haremos a tu manera.

Levantó la vista.

—Tú eres la que más ha sufrido —dije—. Tu decisión es la que debe contar.

A Nora se le enrojecieron los bordes de los ojos. Negó ligeramente con la cabeza.

—Yo fui la que te metió en esto —dijo—. Debería ser yo la que te pidiera perdón. Te debo una. Si alguna vez necesitas algo, lo que sea, solo tienes que decírmelo.

Después de que Nora se marchara, fui en coche a que me cambiaran el vendaje.

Di un rodeo a propósito y elegí una clínica privada lejos de la sede de la manada, para que el abuelo no se enterara de la herida.

Resultó ser el mismo hospital donde estaba ingresada Vivian. No lo había pensado al elegirla.

La doctora era una mujer de mediana edad, eficiente. Me quitó la venda y miró la herida un momento antes de decir nada.

—Quien le hizo el primer vendaje sabía lo que hacía —dijo—. ¿Dónde la atendieron anoche?

—Me ayudó un amigo —respondí.

—¿Tiene formación médica?

Lo pensé.

—Creo que no.

Siempre desprendía un leve olor a hierbas, pero no era el olor de una clínica ni de una farmacia. Era algo más antiguo. Algo propio del aire libre. Y nada en su manera de moverse sugería que fuera alguien de pasarse las horas inclinado sobre los libros.

La doctora asintió y me dijo que las heridas de plata tardaban en cerrar. Quería verme otra vez en tres días.

Nunca le había preguntado a qué se dedicaba. Nunca le había preguntado por su pasado. Así eran las cosas entre nosotros. Cuanto más supiera de él, más significaría todo aquello, y no estaba preparada para eso.

Salí de la sala de exploración y eché a andar por el pasillo.

Un grito agudo cortó el aire desde el otro extremo del corredor.

Reconocí la voz.

La puerta de enfrente se abrió de golpe. Damon Iron salió, seguido de su hermana Penelope. Era ella la que había gritado. Los dos llevaban escayola: Damon en la mano izquierda, Penelope en la derecha.

Los hombres lobo se curaban rápido. Un hueso roto se soldaba en un día o dos. Para una fractura lo bastante grave como para necesitar escayola hacía falta la fuerza de un alfa.

Penelope alzó la vista y me vio.

Se le fue el color de la cara.

El pecho le subía y bajaba. Parecía querer decir algo. Abrió la boca. No salió nada. Se quedó mirándome, con la mandíbula tensa, y retrocedió un paso para esconderse detrás de Damon.

—Sigue mirando así —dije— y se te van a caer los ojos.

Penelope dio un respingo violento. Apartó la mirada de golpe y se escondió aún más detrás de su hermano.

Damon me observó un momento.

—Qué rápido te libraste de Ronan —dijo—. Resulta que ya tenías a otro en la recámara. Te subestimé.

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