CAPÍTULO 38
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(Punto de vista de Aria)
Fiona salió del ascensor en su piso sin mirar atrás.
No le dediqué ni una mirada más. Ni una.
Probablemente pensaba que me mantenía entera por un hilo. Que intentaba aparentar indiferencia. No tenía ni idea de que toda su funcioncita —la llamada a voz en grito, los precios soltados como de pasada, las miraditas de reojo— no me había sonado ni a amenaza.
Era solo ruido.
Me esperaba una reunión de la junta.
Volví a mi despacho y reuní mis documentos. Antes de que pudiera salir, llamaron a la puerta. La secretaria de Derek entró, impecable e inexpresiva.
—Señorita Ravenshade, la reunión de la junta se ha retrasado treinta minutos.
Asentí.
—Gracias.
Se marchó. Dejé la carpeta en la mesa y me senté.
Nueve minutos después, sonó el teléfono.
Era uno de los accionistas. Hablaba con voz confundida, un poco impaciente.
—¿Señorita Ravenshade? La reunión empezó hace unos minutos. La estamos esperando.
Yo ya estaba de pie.
—Voy ahora mismo.
Cogí la carpeta y fui a paso rápido. Cuando empujé la puerta de la sala de juntas, todos los asientos de la mesa estaban ocupados.
Derek ocupaba la silla principal. Levantó la vista hacia mí en el momento en que entré y una sonrisa fina le cruzó la cara.
—Nuestra responsable de Desarrollo Territorial —dijo, arrastrando el título—. La gestión del tiempo no parece ser tu punto fuerte.
Fui hasta mi sitio y me senté.
—Tu secretaria me dijo que la reunión se había retrasado —dije, manteniendo la voz serena—. Estaba esperando en mi despacho.
Derek frunció el ceño.
—¿Cuánto estuvo en tu despacho, treinta segundos? Aunque pasara por allí, eso no explica el retraso. ¿De verdad estabas tan ocupada hablando con ella?
Lo miré.
—Estábamos hablando de trabajo —dije.
—¿Qué trabajo? —preguntó—. ¿Qué hay que tratar con una secretaria?
Dejé que la pausa se alargara un momento entre los dos. Luego dije, con calma:
—He oído que ha estado pasando algunos de tus gastos personales por la cuenta de la empresa. No estaba segura de que entendiera dónde está el límite, así que se lo recordé.
Mantuve un tono ligero.
—Todas las transacciones de Ravenshade Corp pasan por auditoría. Para alguien de la alta dirección, es mejor no difuminar esa línea.
La sala se quedó en silencio.
La cara de Derek se tensó. El color le cambió: no se puso rojo, solo apagado y frío.
Victor, sentado a su lado, captó el cambio. Se inclinó un poco hacia su hijo y le dijo algo en voz baja, casi sin mover los labios.
La boca de Derek se movió deprisa. Tenía el gesto tenso y buscaba una salida a la carrera. Le estaba echando la culpa a la secretaria, lo notaba. Cargándoselo todo a ella.
El rostro de Victor se enfrió. Probablemente había visto cosas así antes. Le diría a Derek que trasladara a la mujer a otro departamento, que tuviera más cuidado la próxima vez, que no dejara rastro.
Derek tenía la mano apoyada en el borde de la mesa. Los dedos se le cerraron despacio en un puño.
Clavó los ojos en mí. Y no los movió.
Abrí la carpeta.
—Empecemos —dije.
Expuse las cifras: la presión que la retirada de Stormcrest había ejercido sobre los proyectos en marcha de Ravenshade, el impacto en los plazos, los huecos que teníamos que cubrir.
Victor me interrumpió antes de que terminara.
—Está claro que entiendes el daño que causó esa retirada —dijo—. Entonces, ¿por qué no has vuelto a hablar con Ronan? ¿A negociar algo? ¿A recuperar la alianza?
—Sí fui a hablar con él —dije—. Se negó.
Victor hizo un gesto con la mano.
—Entonces no lo intentaste lo suficiente. Fuiste una vez y te rendiste. —Se irguió en la silla—. El verdadero problema aquí es que estás dejando que tus sentimientos personales se interpongan en lo que le conviene a esta manada. Eso no es liderazgo. Eso es egoísmo.
Dejó que esa palabra flotara un segundo.
—Tu abuelo nos lo dijo él mismo, desde su lecho de enfermo: que respaldaría tus decisiones con toda la manada Ravenshade. —La voz se le cargó—. ¿Alguno de los dos se ha parado a pensar en lo que eso significa para el resto? ¿Para todos los miembros de esta manada que no seáis vosotros?
Sabía lo que estaba haciendo. Estaba trazando una línea: el abuelo y yo a un lado, todos los demás al otro. Pintarnos como dos personas que se juegan el futuro de la manada por motivos personales. Y colocarse él como el único al que de verdad le importaba.
Dos de los miembros de la junta empezaron a hablar a la vez. Alguien pronunció mi nombre con un filo en la voz. Otro volvió a sacar las cifras de la cuenta de Stormcrest.
Levanté la voz, no mucho, solo lo justo para hacerme oír.
—Os escucho.
La sala se calmó.
—Tenéis razón en que dejé que mis sentimientos personales afectaran a mi forma de gestionar las primeras fases de esta situación —dije—. Fue un error. Y me disculpo por ello.
La expresión de Victor cambió. La comisura de la boca se le relajó, apenas un poco. Creía que estaba cediendo.
—Pero quiero hacer una pregunta —dije—. ¿Le ha costado dinero a Ravenshade algo de lo que he hecho?
No esperé respuesta.
—El préstamo de la familia Frost cubrió el hueco inmediato. Los fondos de la alianza con Greyveil cubrieron el resto. Todos los proyectos activos van según lo previsto. A día de hoy, Ravenshade no ha perdido ni un solo dólar por la retirada de Stormcrest.
Miré directamente a Victor.
—Los que dicen que esta manada no me importa… ¿alguno de ellos ha salido a traer esos fondos? Porque yo sí. Reunión a reunión.
Dejé que calara. Después continué.
—Y aunque hubiera acudido a Ronan y lo hubiera convencido de reinvertir, ¿qué le impide retirarse otra vez el trimestre que viene?
¿Porque esté de mal humor? ¿Porque cambie cualquier otra cosa?
—Negué con la cabeza—. Que Stormcrest se marchara nos hizo daño.
Pero también nos obligó a buscar socios de verdad estables.
Abrí la carpeta por la última página.
—Ayer recibí una carta formal de intención de inversión de Nighthollow Industries.
Algo cambió en la sala. Lo sentí antes de oírlo: una alteración en el aire, el modo en que todos se irguieron un poco en sus asientos, el silencio que cayó sobre la mesa.
Después empezaron los murmullos.
Uno de los ancianos se inclinó hacia delante.
—¿Nighthollow? —dijo en voz baja—. ¿La Coalición Nighthollow?
—Sí —respondí.
Otro anciano murmuró:
—¿Ahora aceptamos dinero de renegados?
Lo miré.
—El dinero de los renegados no desaparece porque alguien se haya divorciado.
Algunos de los sentados a la mesa no pudieron contenerse. Uno de los directivos dijo, sin rodeos, que aquello era impresionante: que solo el acuerdo con Greyveil ya había sido una gran jugada, y ahora esto.
Victor guardó silencio un largo rato. Cuando habló, su voz sonó medida. Contenida.
—Si ya tenías el compromiso de Nighthollow —dijo—, ¿por qué no lo has dicho al principio de esta reunión?
Lo miré.
—Porque no me diste la oportunidad de hablar.
Victor abrió la boca. La cerró. Un músculo se le movió en la mandíbula.
Soltó el aire y dijo, con esfuerzo:
—Me he precipitado. Solo quiero lo mejor para la manada. No te lo tomes como algo personal.
Antes de que yo pudiera responder, la voz de Derek cruzó la mesa.
—¿Y qué? —dijo, con un tono cortante y seco—. Has conseguido el dinero de Nighthollow. Fantástico. Pero que Stormcrest se retirara, de entrada, fue tu lío. Lo provocaste tú. Lo único que has hecho es limpiar tu propio desastre. Eso no es nada que haya que celebrar.
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