CAPÍTULO 37
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(Punto de vista de Aria)
Ronan desvió la mirada hacia Kai.
La calidez se le fue del rostro al instante. Miró a Kai, de pie en medio de mi salón, y luego volvió a mirarme a mí.
—¿Piensas quedarte aquí esta noche? —preguntó. Su voz era plana, con una calma forzada.
Se lo preguntaba a Kai, pero tenía los ojos clavados en mí.
Intervine antes de que Kai pudiera abrir la boca.
—Eso no es asunto tuyo —dije.
Ronan cerró la mano en un puño pegado al costado. Los nudillos se le pusieron blancos un segundo. Luego, despacio, fue abriendo los dedos.
No dijo una palabra más. Se dio la vuelta, empujó la puerta y salió.
La puerta se cerró con un chasquido a su espalda.
El móvil vibró.
Miré la pantalla. Nora.
Contesté.
—¿Nora?
Su voz llegó débil y atropellada.
—Estoy en el cuartel general de los ejecutores. En la entrada principal. Yo…
La línea se cortó.
Volví a llamar de inmediato. Sonó y sonó. Nadie contestó.
Me quedé allí mirando el móvil y se me hizo un nudo en el pecho.
Unos minutos después llegó un mensaje.
No me siento bien. Ya voy de camino a casa a descansar. No te preocupes por mí.
Lo leí dos veces. No parecía ella, pero al menos no decía que estuviera herida. Le respondí: Duerme un poco. Llámame si pasa cualquier cosa.
Dejé el móvil y miré a Kai.
—Te acompaño a la salida.
Bajamos en el ascensor sin hablar. En la entrada del vestíbulo me detuve.
—Gracias —dije—. Otra vez. Siempre apareces cuando las cosas se complican.
—La próxima vez llámame a mí primero —dijo él—. Antes que a nadie.
Me reí un poco.
—¿No debería llamar primero a los ejecutores? ¿Puedes llegar aquí más rápido que ellos?
—Sí.
Levanté una ceja.
—¿Y si estás fuera de la ciudad?
Él me miró.
—¿Y si lo estoy?
—Entonces no siempre podrás estar ahí —dije—. No puedes protegerme todas las veces.
Se quedó callado un momento.
—Antes, no —dijo—. De ahora en adelante, lo intentaré.
No habló alto. No fue dramático. Pero algo en el modo en que lo dijo hacía imposible quitarle importancia.
El aire de la noche entraba por la rendija de las puertas del vestíbulo. La luz del pasillo le trazaba líneas nítidas en la cara. Había algo en sus ojos que no supe leer, como si bajo la superficie hubiera una capa a la que yo no tenía acceso.
Estuve a punto de preguntarle qué quería decir.
No lo hice.
Porque ya lo sabía: ese hombre no decía nada que no fuera en serio.
Las primeras veces que me ayudó, me dije que simplemente era buena persona. Pero lo de esta noche no era solo decencia. Había algo más detrás, y yo no sabía qué.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo? —pregunté.
No contestó. Solo me miró un segundo y luego echó un vistazo hacia la puerta.
—Es tarde —dijo.
Caminó hacia la salida. Justo antes de salir, dijo en voz baja:
—Buenas noches.
Y se marchó.
Me quedé allí, viendo cómo la oscuridad se lo tragaba.
Algo se me removió en el pecho. Pequeño. Silencioso. No supe ponerle nombre.
En el fondo, Chloe soltó un sonido suave. No supe qué significaba.
(Punto de vista del autor)
Fuera, en el pasillo, Tristan había estado esperando apoyado en la pared.
Vio salir a Ronan solo. Luego miró más allá de la puerta que se cerraba y alcanzó a ver al otro hombre, que seguía dentro.
—¿Lo vas a dejar ahí dentro? —dijo Tristan.
Ronan siguió caminando.
—Ronan. —Tristan lo siguió—. Un hombre a solas en el piso de ella a estas horas… ¿y tú te vas a marchar sin más?
Ronan se detuvo. Giró la cabeza apenas un poco.
—Si tanto te importa ella —dijo—, ¿por qué no vas tú a por ella?
Tristan se lo quedó mirando.
—Esa boca que tienes —murmuró Tristan—. No me extraña que se divorciara de ti.
Ronan no respondió. Fue directo al ascensor y entró.
Las puertas se cerraron.
En el silencio del ascensor, le vino una palabra a la mente.
Nighthollow.
Había oído ese nombre antes. Cualquiera del mundo de los negocios lo había oído. La Coalición Nighthollow no era solo dinero: era una influencia que hacía que otros alfas midieran sus palabras en determinadas salas.
Y Aria tenía esa inversión.
Pensó en lo que antes creía de ella. Que era solo una chica bien relacionada que vivía de la reputación de su abuelo. Que había tenido la suerte de entrar en los Stormcrest por matrimonio. Que sin él no era nada.
Se había graduado como la número uno de su promoción. Había estudiado en Stanford con matrícula de honor. Todos los líderes de manada que conocían el nombre Ravenshade solían ponerla de ejemplo, como prueba de que aún quedaban lobos buenos.
Y él no la había mirado ni una sola vez. No de verdad.
Ni una.
En ese mismo instante, en un pasillo del cuartel general de los ejecutores, Nora se había quedado completamente paralizada.
No esperaba encontrarlo allí.
Damon Iron estaba a unos seis metros; era evidente que lo habían traído para interrogarlo. Estaba de espaldas.
Ella se había tapado la cara con una mascarilla. El compuesto para enmascarar el olor había dejado de funcionar hacía rato.
Damon se giró.
Se quedó de piedra.
Conocía esos ojos. Se los había aprendido de memoria dos años antes y no había dejado de buscarlos.
Nora no lo dudó. Dio media vuelta y salió corriendo.
Damon se movió sin pensar. Se lanzó hacia delante, pero tres hombres se le interpusieron de inmediato y lo bloquearon, con lo que le dieron a Nora los segundos que necesitaba para llegar a la salida.
Él los empujó. Se abrió paso a la fuerza.
Cuando salió en tromba por las puertas principales, la calle estaba vacía.
El viento le golpeó la cara. Nada se movía.
Se quedó de pie en los escalones, con el pecho agitado y el corazón golpeándole las costillas.
Dos años.
Estaba viva. Estaba ahí mismo, y estaba viva.
Apoyó una mano en el marco de la puerta.
Mientras estuviera viva, la encontraría.
Calle abajo, a cierta distancia del edificio de Aria, el coche de Ronan seguía aparcado bajo una farola, con el motor en marcha.
Observó por el espejo retrovisor cómo Thane salía solo del edificio y desaparecía en la oscuridad.
La opresión del pecho se le alivió un poco, apenas.
Ella no le había dejado quedarse.
El teléfono se le iluminó. Vivian.
Se quedó mirando la notificación.
Le había prometido cenar con ella esa noche. Lo había olvidado por completo. Por culpa de Aria.
Abrió el mensaje.
Ya es muy tarde. No vengas solo por mí. Descansa.
Lo leyó dos veces. Una culpa sorda se le asentó en el estómago. Había dejado plantada a la mujer que siempre había estado a su lado para salir corriendo detrás de otra que le había dejado claro que no quería nada de él.
Escribió: Estoy de camino.
Llegó otro mensaje antes de que pudiera dejar el teléfono.
Mañana me dan el alta. ¿Puedes venir a buscarme?
Escribió: Sí.
Dejó el teléfono boca abajo en el asiento del pasajero. Miró la carretera oscura que se abría delante, arrancó y se separó del bordillo.
(Punto de vista de Aria)
A la mañana siguiente llegué puntual al trabajo.
Pasé la tarjeta en la entrada principal. El lector pitó. Levanté el brazo y la herida del hombro me tiró con un dolor agudo y profundo.
Me detuve medio segundo. Luego entré.
Tenía reuniones una tras otra hasta la tarde. Tendría que esperar hasta más tarde para llamar a Nora y hablar con el abogado sobre el caso de Damon.
Entré en el ascensor y pulsé mi planta. Las puertas empezaron a cerrarse.
—¡Un momento!
Estiré la mano y pulsé el botón de apertura.
Fiona entró.
Levantó la vista, me vio y se le agrió la expresión al instante.
—Genial —murmuró—. Primer día y me topo contigo. Qué suerte la mía.
Había oído que empezaba las prácticas de último año. Victor le había conseguido un puesto administrativo en la sede de Ravenshade Corp. Nivel básico.
Creía que yo solo estaba allí porque el abuelo me favorecía. Creía que no tenía ninguna aptitud real, solo contactos.
La miré una vez. Después volví a fijar la vista en los números de las plantas.
Interpretó mi silencio como debilidad. Levantó el mentón.
El ascensor se quedó en silencio. Nadie dijo nada.
El teléfono de Fiona sonó.
Contestó en voz alta. Deliberadamente alta.
—Sí, les dije que quiero añadir otro collar al pedido —dijo ella, y la voz le resonó por todo el ascensor—. Rubí de máxima calidad para la piedra central. Que sea el corte más grande.
Soltó una cifra sin pestañear.
Desvió los ojos hacia mí. Observándome. A ver si me inmutaba, o si me quedaba impresionada, o avergonzada.
Mantuve la vista en el indicador de plantas, mientras los números subían.
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