Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

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(Punto de vista del autor)

Ronan se quedó mirando la foto que le había enviado Tristan.

Aria. En el campo de tiro. De pie junto a aquel hombre.

Dejó el móvil boca abajo sobre el escritorio. Luego volvió a cogerlo.

Había pasado la noche anterior en otro sitio. Y ahora esto.

Sintió en el pecho una opresión que no quiso nombrar. Le entraron ganas de coger el coche e ir hasta allí en ese mismo instante. Estuvo a punto de hacerlo.

En cambio, apoyó la palma de la mano contra el escritorio y se obligó a respirar.

Ya había hecho bastante daño. En cuanto se enteró de que Beckett se estaba planteando invertir en Ravenshade, movió ficha para impedirlo.

La familia Marsh no era precisamente poca cosa: presionar a Beckett tan rápido le había costado más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Y antes de eso había retirado la inversión original. Una imprudencia tras otra.

«Aria ya no es tu esposa».

Se lo dijo a sí mismo como si fuera algo de lo que todavía necesitara convencerse.

«Esa mujer no merece que pierdas la cabeza».

Se guardó el móvil en el bolsillo y fue a la habitación de Vivian.

Ella estaba incorporada en la cama cuando llegó, pálida pero serena. Arrastró una silla hasta la cabecera y se sentó. Intentó prestar atención. No pudo.

La foto volvía una y otra vez a su cabeza. El hombre de pie junto a Aria. La forma en que ella lo había mirado.

—Ronan.

Él parpadeó.

Vivian lo observaba. Hablaba con voz suave, cautelosa.

—Estás en otra parte desde que has entrado. ¿Qué te pasa?

—Nada —dijo él—. Estoy bien.

Ella no parecía convencida, pero no insistió. Le tendió la mano y él se la cogió. La ayudó a levantarse despacio y salieron juntos al pasillo.

Él mantuvo la vista al frente. Mantuvo la mano firme bajo la de ella.

Pero su cabeza seguía en aquel campo de tiro.

Mientras tanto, de vuelta en el campo de tiro, Connor encontró a Thane en la zona de entrenamiento cuando Aria ya se había marchado.

—Tengo que explicarte algo —dijo Connor.

Thane lo miró.

—Llamó a Vincent para hablar de una inversión —dijo Connor—. Pensé... supuse que querrías verla. Así que lo organicé. Le dije a Vincent que la llamara y la hiciera venir.

La expresión de Thane no cambió. Eso, de alguna manera, era peor que si hubiera parecido enfadado.

—La próxima vez que se ponga en contacto con Vincent por negocios —dijo Thane—, Vincent lo gestionará por los canales habituales. Una reunión formal. Programada como es debido.

Hablaba en un tono plano, sin inflexión.

—Esto no se vuelve a repetir.

Connor abrió la boca.

—Cinco días —dijo Thane—. No sales del edificio.

Connor cerró la boca.

No discutió. Solo asintió y se marchó.

(Punto de vista de Aria)

Llamé a Vincent otra vez a la mañana siguiente.

Casi esperaba que me saltara el buzón de voz. En cambio, contestó al segundo tono y me dijo que podía concertar una reunión formal esa misma semana. Mencionó dos de nuestros proyectos de desarrollo por su nombre y dijo que a Nighthollow le interesaba la trayectoria a largo plazo.

Cogí mis carpetas y allá fui.

La reunión salió mejor que cualquier presentación que hubiera hecho en meses. Vincent hizo las preguntas adecuadas. Estaba claro que había hecho los deberes. Al final se puso de pie y me tendió la mano.

—Tenemos muchas ganas de trabajar con Ravenshade —dijo.

Se la estreché.

—Lo mismo digo.

Dudé solo un segundo antes de soltarla.

—¿Puedo preguntarle por qué Ravenshade? No estamos en la mejor posición ahora mismo. Hay inversiones más fáciles.

Vincent sonrió. Fue una sonrisa pulida, ensayada.

—Nighthollow piensa a largo plazo. No nos interesa lo fácil. Nos interesa el potencial.

Asentí como si eso respondiera a mi pregunta.

No la respondía. Nuestros proyectos eran estables, pero no eran llamativos. Por sí solos no iban a atraer capital serio. Algo en todo esto no cuadraba y no conseguía descubrir qué.

Lo guardé en un rincón de la cabeza y volví al trabajo.

Al terminar mi turno, fui a ver al abuelo.

Estaba en su sillón junto a la ventana cuando entré. Le conté lo del acuerdo con Nighthollow. Esperaba que pareciera aliviado. En cambio, exhaló despacio, con pesadez, y me miró durante un buen rato.

—¿Ha sido duro? —preguntó—. Estas últimas semanas.

La pregunta llegó en voz baja. Sencilla.

Se me cerró la garganta. Bajé la vista a la bolsa que llevaba en las manos.

—He traído la cena —dije—. Pechuga de pollo asada y sopa de verduras. Nada pesado, ahora mismo te conviene más.

No me presionó para que respondiera. Solo asintió y me dejó sacar la comida.

Cenamos juntos. Después lo recogí todo, guardé los recipientes en la bolsa y le di las buenas noches.

Casi había llegado al ascensor cuando saqué el móvil y abrí un mensaje para Kai.

¿Conoces alguna tienda de mascotas por aquí cerca que abra hasta tarde? Barnaby necesita un corte de pelo.

Su respuesta llegó antes de que me hubiera guardado el móvil en el bolsillo.

Conozco una. Paso a recogerte.

Contesté con un gracias rápido y doblé la esquina.

Choqué de lleno con alguien.

El golpe le tiró el vaso de la mano a la otra persona. El agua salpicó el suelo entre las dos.

—Lo siento muchísimo… —empecé.

—No, no, ha sido culpa mía.

Era una vocecilla cautelosa, como si fuera ella la que hubiera hecho algo mal.

—No miraba por dónde iba. Lo siento.

Levanté la vista.

La mujer que tenía delante llevaba una mascarilla que le cubría casi toda la cara. Tenía los ojos bajos. Ya estaba retrocediendo, intentando hacerse más pequeña.

—¿Estás bien? —pregunté.

Asintió deprisa.

—Estoy bien. De verdad. Perdón por el estropicio.

—¿Nora? —dije.

Se quedó petrificada.

Reconocí sus ojos. Hacía poco había espantado a unos hombres que la tenían acorralada y la había alojado una noche en mi cuarto de invitados. Conocía su historia a grandes rasgos: lo suficiente para entender por qué se tapaba la cara.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Mi madre adoptiva —dijo ella—. Está ingresada aquí. Envenenamiento crónico por acónito. Lleva años así.

Hizo una pausa.

—Este hospital tiene el mejor equipo para tratarlo.

Miré el agua que todavía le goteaba de la manga. Tenía la chaqueta empapada.

—Mi apartamento está a dos calles de aquí —dije—. Ven a cambiarte primero.

Empezó a negar con la cabeza.

—Nora. Estás mojada. Son diez minutos.

Vino conmigo.

Le presté una camiseta limpia y una chaqueta seca. Se cambió rápido y salió algo más entera.

—Tengo un turno —dijo con la ropa mojada hecha un bulto bajo el brazo—. Un trabajillo a tiempo parcial. Tengo que irme.

—Quédate la chaqueta por ahora —dije—. Me la devuelves cuando quieras.

Asintió.

—Lo haré. Gracias, Aria.

La vi marcharse.

(Punto de vista del autor)

Nora salió del edificio de apartamentos y cerró la puerta tras de sí.

No los oyó llegar.

Desde atrás, un trapo le tapó la cara, empapado en algo acre y amargo. Acónito. Se agarró a las manos que lo sujetaban, se retorció, intentó hacer pie.

No sirvió de nada. Las piernas le fallaron en cuestión de segundos.

La levantaron y se la llevaron. Se abrió la puerta corredera de una furgoneta. La dejaron caer sobre un suelo duro y luego se hizo la oscuridad.

Cuando volvió en sí, tenía las muñecas atadas.

Estaba en el suelo de una habitación que no reconocía. Sentía la cabeza pesada. El amargor del trapo todavía le cubría el fondo de la garganta.

Entonces oyó su voz.

Baja. Familiar. Familiar como lo son las pesadillas.

Se obligó a levantar la vista despacio.

Damon Iron estaba de pie al otro lado de la habitación.

Se le bloqueó el cuerpo entero. Le temblaban las manos antes de que pudiera impedirlo. Todavía llevaba la mascarilla puesta. El olor del acónito seguía pegado a la piel, tapando todo lo demás.

Damon le echó un vistazo y apartó la mirada. No la había reconocido.

Penelope Iron estaba de pie a su derecha, prácticamente radiante.

—Esta noche va a ser divertida —dijo Penelope—. Llevo mucho tiempo esperando para darle a Aria Ravenshade la bienvenida que se merece.

Nora no emitió ni un sonido.

Creían que era Aria.

Damon salió de la habitación. Penelope se acercó y se quedó mirándola desde arriba con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Echó el pie atrás y le dio una patada a Nora en el costado.

—Mírate —dijo—. Aria Ravenshade, sentada en mi suelo. ¿Qué se siente?

Se agachó y le agarró un puñado de pelo a Nora. Le arrancó la mascarilla de un tirón.

Entonces gritó.

Retrocedió dos pasos a trompicones y se llevó la mano a la boca. Las cicatrices de quemaduras que le cruzaban la cara a Nora captaron la luz: de un brillo plateado, inconfundibles.

Nora se dio con la cabeza en la esquina de la mesa que tenía al lado. Un jarrón se venció del borde y se hizo añicos contra el suelo.

Los dedos de Nora dieron con una esquirla entre los restos. Cerró la mano en torno a ella y se quedó inmóvil.

Penelope se giró de golpe hacia sus hombres, con la cara roja y furiosa.

—¡Habéis cogido a la persona equivocada! —espetó.

—Salió del edificio de Aria —dijo uno de ellos—. Llevaba la chaqueta de Aria. No había forma de saber…

—Me da igual.

La voz de Penelope bajó a un tono frío y cortante.

—Mantenedla aquí. Id a por Aria, la de verdad. Ahora mismo.

Fue recorriéndolos con la mirada, uno a uno.

—Si volvéis con las manos vacías, mi hermano se encargará de vosotros personalmente.

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