Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO Treinta y tres
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CAPÍTULO Treinta y tres

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(Punto de vista del autor)

Connor volvió del baño y se detuvo.

Vincent estaba de pie en medio de la sala, mirando el teléfono como si lo hubiera ofendido personalmente.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Connor.

—Acabo de colgarle a alguien. —Vincent dejó el teléfono sobre la mesa—. Dijo que era Aria Ravenshade. Heredera alfa de la manada Ravenshade.

Connor se lo quedó mirando.

—Le has colgado.

—La mano se me movió sola. —Vincent hizo una mueca—. Fue un reflejo. Seguro que llamaba por el tema de la inversión.

—Pues devuélvele la llamada.

—No puedo tomar esa decisión. —Vincent negó con la cabeza—. No me toca a mí decidirlo. Es territorio de Thane. Literalmente.

Connor cruzó los brazos.

—Entonces ve a preguntarle a Thane.

Vincent le dedicó una mirada.

—Ve tú. Está de un humor de perros desde que fue a dejar a Aria esta mañana. Nadie se le ha acercado.

Connor lo pensó un segundo.

Luego le cambió la cara.

—Espera.

—¿Qué?

—A Thane le gusta, ¿no? —dijo Connor—. Así que, en vez de quedarnos aquí adivinando qué quiere, ¿por qué no la traemos directamente? Problema resuelto.

Vincent lo miró despacio.

—Eso —dijo— o es la mejor idea que has tenido en todo el año o la peor.

—Probablemente las dos cosas —dijo Connor—. Vuelve a llamarla.

Vincent cogió el teléfono.

(Punto de vista de Aria)

El mensaje de Oliver llegó cuando todavía estaba sentada a mi escritorio mirando la pared.

Vincent, el asistente de Nighthollow Industries, está ahora mismo en el campo de tiro de la calle Caldwell. Avistamiento confirmado.

Lo leí dos veces.

Ya casi había renunciado a Nighthollow. Después de que me colgaran, me había dicho que pasara página y buscara otro ángulo. Pero Ronan había bloqueado casi todo lo demás. Por cada vía que intentaba abrir, él ya había pasado antes.

Así que cogí la chaqueta y me fui.

El campo de tiro estaba más concurrido de lo que esperaba. El papeleo de entrada me llevó casi veinte minutos. Cuando por fin llegué a la zona de entrenamiento, ya iba escudriñando caras en busca del hombre de la foto que Oliver me había enviado.

No encontré a Vincent.

Encontré a Kai.

Estaba de pie en uno de los puestos de tiro del fondo, con una camisa blanca bajo un chaleco protector negro, las gafas de seguridad puestas y el arma en alto. Disparó una vez. La bala dio en el centro exacto. Disparó otra vez. Otra vez en el centro.

No se apresuraba. No hacía ajustes entre disparos. Cada movimiento era preciso, como si lo hubiera hecho diez mil veces y el cuerpo ya se lo supiera de memoria.

Me quedé allí más tiempo del que pretendía.

Debió de notar que alguien lo observaba. Bajó el arma, se quitó las gafas y se volvió.

Cuando me vio, se acercó.

Hoy había algo distinto en él. Esa soltura tranquila que solía llevar encima había desaparecido. Transmitía algo más pesado, de algún modo. Más contenido.

Me obligué a mantenerme erguida.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Buscar a alguien. —Saqué el teléfono y busqué la foto que Oliver me había enviado—. ¿Has visto a este hombre? Se llama Vincent. Trabaja para Nighthollow Industries.

Kai miró la foto. Luego echó un vistazo hacia la zona de descanso, junto a la entrada.

—Estaba aquí —dijo—. Se ha ido hace un rato.

La decepción me cayó encima con más fuerza de la que esperaba.

Guardé el teléfono.

—Vale. Gracias.

—Te acompaño a la salida —dijo Kai.

Antes de que ninguno de los dos pudiera moverse, una de las empleadas del campo de tiro apareció a mi lado.

—Disculpe, ¿es usted el número 47? —preguntó, consultando su portapapeles.

—Sí.

—Hoy celebramos nuestro aniversario. Su número de entrada ha salido en el sorteo. —Sonrió—. Ha ganado veinte disparos gratis. ¿Le gustaría probar la galería?

Miré los puestos de tiro. Luego miré a Kai.

—¿Me enseñarías? —pregunté.

Se quedó callado un momento.

Asintió.

Eligió una pistola para mí, una pequeña; dijo que el retroceso era llevadero. Me enseñó cómo sujetarla, dónde colocar los dedos, cómo colocar los pies.

Intenté imitarlo. Los hombros se me subían una y otra vez hacia las orejas.

—Estás tensa —dijo.

—Lo sé.

Se colocó detrás de mí. Me cubrió las manos con las suyas sobre la empuñadura y me recolocó los dedos uno a uno. Estaba lo bastante cerca para que sintiera el calor que desprendía.

Entonces, muy bajito, justo al oído, dijo una sola palabra.

—Relájate.

Lo dijo despacio. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Los latidos se me fueron calmando.

Chloe se agitó en algún lugar profundo y lejano, como algo que se revuelve bajo el hielo. Me dije que solo eran los nervios.

Me guio los brazos hacia arriba. Me corrigió la postura con una ligera presión en el codo.

—Ahora —dijo.

Apreté el gatillo.

El tiro se desvió: dio en el borde de la diana de papel, no en el centro, pero cerca.

—No está mal —dijo.

Volví a disparar. Y otra vez. Empecé a encontrarle el ritmo: la respiración antes del disparo, la quietud justo al final.

Después de unas cuantas rondas más, empezó a dolerme la muñeca. Bajé el arma y se la devolví.

La cogió y se colocó en el puesto de tiro, y pensé que habíamos terminado.

Preguntó, con naturalidad, como si tal cosa:

—Esta mañana. Ronan fue a tu casa. ¿Fue a disculparse?

No le pregunté cómo lo sabía.

—No —dije.

—¿Entonces por qué?

Miré la diana al fondo de la galería.

—No importa.

Se quedó callado un segundo.

—¿Todavía sientes algo por él?

Me volví para mirarlo.

Esa no era una pregunta típica de Kai. No sonaba a él. Era demasiado directa. Demasiado calmada.

Abrí la boca para responder.

El arma se disparó.

El tiro dio justo en el centro. Perfecto.

La palabra, «no», se me quedó atascada en algún punto de la garganta y no salió.

Dejó el arma en el borde del puesto de tiro y se giró hacia mí.

Tenía el rostro inexpresivo. Sin sonrisa. Sin calidez. Nada que ver con la persona relajada y sin prisas a la que estaba acostumbrada.

No sabía qué había cambiado ni cuándo.

—Kai —dije—. ¿Qué pasa?

Me miró un momento sin responder.

—Vámonos —dijo, y me hizo un gesto para que caminara delante de él.

(Punto de vista del autor)

Tristan y Damon estaban en el vestíbulo de recepción cuando Aria y el hombre salieron de la zona de entrenamiento.

Acababan de devolver el equipo. Damon estaba a mitad de una frase sobre dónde ir a comer cuando levantó la vista y se calló.

Reconoció al hombre. Lo había visto antes en algún sitio: en una de las reuniones de su padre, quizá. Su padre lo había llevado aparte expresamente para decirle que con ese no se metiera.

Damon observó a Aria caminar a su lado y soltó un sonido breve y despectivo.

—Beckett le da con la puerta en las narices y ya tiene otro objetivo. Qué eficiente.

Tristan no dijo nada.

Sacó el teléfono, hizo una foto y se la envió a Ronan con un mensaje breve: Estoy en la galería de tiro. Deberías venir a ver esto.

Pasaron dos minutos.

Ronan contestó: Ocupado.

Tristan escribió: Aria está aquí. Con ese tipo. Ven ya.

Esta vez la respuesta tardó más.

Hoy Vivian se levanta. Voy a dar una vuelta con ella por el pasillo. Aria puede hacer lo que quiera; ya no es mi problema. No me mandes estas cosas.

Tristan lo leyó dos veces.

Se guardó el teléfono en el bolsillo.

Miró al otro lado del vestíbulo, hacia Aria, que le decía algo al hombre que tenía al lado, y el hombre la escuchaba con toda la atención puesta en su cara.

Tristan tomó una decisión en ese mismo instante.

Pasara lo que pasara de ahí en adelante entre Ronan y Aria, él no pensaba seguir en medio.

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