Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO Treinta y dos
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CAPÍTULO Treinta y dos

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(Punto de vista de Aria)

Ronan me miró fijamente. Abrió la boca como si fuera a decir algo.

No le di la oportunidad.

—Sé perfectamente quién es Kai —dije—. Mejor que tú.

Mantuve la voz plana. Sin rabia. Sin emoción.

—Y quiero dejar algo claro. —Lo miré directamente a los ojos—. Si vuelves a ponerme las manos encima, te denunciaré a los ejecutores de la manada por acoso. Me da igual quién seas.

No se movió.

Lo rodeé, entré en mi apartamento y cerré la puerta tras de mí.

No di un portazo: habría sido concederle demasiado.

Simplemente la cerré. Un gesto limpio y definitivo.

Luego me quedé de pie en el recibidor, inmóvil.

Las piernas me flaqueaban. Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho y la espalda apoyada en la puerta.

En el instante en que Ronan me agarró la muñeca —esa fracción de segundo antes de saber quién era—, había sentido un miedo auténtico.

Ese miedo sacó a flote algo del sueño de anoche. El agua negra. El frío que calaba hasta los huesos. El alambre de espino que se apretaba cada vez más en torno a los brazos y las piernas.

Frente a Ronan no había conseguido soltarme. Ni de lejos.

Chloe seguía callada dentro de mí. Encerrada, inalcanzable.

Si de verdad hubiera decidido hacerme daño, yo no tenía nada.

Dejé que eso calara un momento.

Entonces algo cálido y esponjoso se estrelló contra mis espinillas.

Barnaby salió disparado del salón a toda velocidad, dio vueltas y vueltas a mi alrededor y me metió la cabezota blanca en la palma de la mano una y otra vez.

Bajé la vista hacia aquella nube de pelo absurda.

Me lo puse en el regazo y lo abracé.

—Ojalá pudiera mandarte ahí fuera a morderlo —murmuré contra su cabeza.

Me lamió la muñeca. Justo donde Ronan me había agarrado.

Allí, sentada en el suelo, tomé una decisión.

A partir de hoy duplicaría mi entrenamiento de combate. Se acabó confiar solo en el rango o en las palabras.

La próxima vez que Ronan me pusiera las manos encima, quería que le saliera caro.

(Punto de vista del autor)

Ronan volvió a su coche y se quedó allí sentado sin arrancar el motor.

Días atrás le había encargado a Felix que investigara los antecedentes de Kai Lawson. El informe volvió vacío. No escaso: vacío. Ninguna afiliación a manada. Ningún registro empresarial. Ningún historial familiar. Nada que los recursos de Stormcrest pudieran desenterrar.

Una desaparición tan limpia no era obra del azar.

Su instinto le decía que ese hombre era peligroso. Aria no le estaba escuchando.

El teléfono vibró en el asiento, a su lado.

Vivian. Tres llamadas perdidas.

Le devolvió la llamada.

—Ronan. —Su voz sonó pequeña y cansada—. He estado intentando localizarte.

—Lo sé. Lo siento.

—La herida todavía me duele. —Una pausa—. Casi no puedo comer nada. No dejo de pensar en aquel sitio pequeño al que íbamos en el instituto. El que estaba cerca del campo viejo. Tenían ese pastel de pollo…

Él lo recordaba. Ella lo pedía siempre, cada vez que iban.

—Te lo llevo —dijo.

—No tienes por qué…

—Te lo llevo.

Después de colgar se quedó allí sentado, mirando la pantalla.

Se dio cuenta de que no la había visitado en días. Algo le había desviado la atención por completo: los proyectos de Aria, los inversores de Aria, Aria en el banquete de anoche con la mano en el brazo de Beckett.

Sintió una punzada sorda de culpa.

Vivian era la que estaba en una cama de hospital. Era en ella en quien debía centrarse.

Arrancó el motor.

Pero incluso mientras salía del aparcamiento, lo que se le quedó en la cabeza fue la cara de Aria. La forma en que lo había mirado en aquel pasillo. Tranquila. Completamente tranquila. Como si él no mereciera ninguna reacción.

Apartó el pensamiento de golpe.

Vivian. Su prioridad era Vivian.

Se lo repitió dos veces más, hasta que dejó de necesitarlo.

En el hospital dejó la comida en la mesilla de noche.

Vivian tenía mejor aspecto que la última vez. Había recuperado algo de color.

—¿Cómo va la recuperación? —preguntó.

—El Dr. Fay me quitó los puntos ayer. —Sonrió débilmente—. Dice que puedo irme a casa en unos días si guardo reposo.

—Bien.

Ella lo miró un momento.

—Ronan. Esto de Ravenshade. —Bajó la voz—. ¿Es por mí?

Él no lo negó.

—Te hizo daño —dijo—. Eso tiene consecuencias.

Vivian negó con la cabeza lentamente.

—No la culpo. Aquel día… no fue del todo culpa suya. Por favor, no sigas yendo a por ella.

Se quedó callado.

—Ya lo he decidido —dijo—. No va a cambiar.

Ella suspiró. Después, tras una pausa, cambió de tema como si no tuviera importancia.

—He oído que Beckett Marsh estaba pensando en invertir en algunos proyectos de Ravenshade. —Inclinó la cabeza—. Me pregunto cómo lo habrá convencido Aria.

A Ronan se le tensó la mandíbula.

Pensó en la noche anterior. Aria entrando del brazo de Beckett. La forma en que le había sonreído. Beckett, de sobra conocido por no hacer negocios sin un motivo personal.

Había dado por hecho que era una provocación. Una actuación.

Pero si había dinero de verdad en juego —una inversión real—, eso cambiaba las cosas.

¿Qué le había ofrecido ella?

La idea empezó pequeña. Luego creció, y siguió creciendo, y no lograba verle el final.

No se le ocurrió preguntarse cómo era posible que Vivian, que llevaba días encerrada en una habitación de hospital, supiera algo de los planes de inversión de Beckett Marsh.

(Punto de vista de Aria)

La reunión de la tarde se alargó.

Cuando por fin terminó, me recosté en la silla y me presioné la sien con los nudillos.

Victor y los ancianos que había arrastrado a su bando llevaban una temporada implacables. Cada reunión parecía una ejecución coordinada. Cada pregunta era una trampa. Cada votación estaba decidida antes de que yo entrara en la sala.

Estaba a punto de llamar a Beckett cuando me sonó el teléfono.

Su nombre en la pantalla.

Contesté.

—Aria. —Tenía la voz tensa—. Tengo malas noticias.

Me incorporé.

—Dime.

—La inversión se cae. Por ahora. —Soltó el aire con fuerza—. Ronan ha ido directamente a por la familia Marsh. No sé qué hilos ha movido, pero venía dispuesto a desangrarse por esto. No estoy en posición de absorber ese golpe ahora mismo.

Maldijo entre dientes. Nunca había oído a Beckett decir un taco. La pérdida tenía que ser considerable.

—Lo entiendo —dije.

—Quiero que sepas que esto no tiene nada que ver contigo. Habría respaldado tu proyecto. Es que ha pegado demasiado fuerte.

—Lo sé.

—Te debo una —dijo—. En serio. Cuando lo necesites, me llamas.

—Lo tendré presente.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Me quedé largo rato sin moverme.

Ronan no intentaba frenarme. Intentaba enterrarme. Había ido a por Beckett sabiendo que a él también le costaría caro. Eso no era estrategia. Era la decisión de quemarlo todo solo para asegurarse de que no me quedara nada.

Muy bien.

Si Denver estaba cerrado a cal y canto, buscaría en otra parte.

Mandé llamar a Oliver.

—Necesito una lista nueva —dije—. Inversores externos. Fuera del alcance de Ronan.

Oliver hojeó su carpeta.

—¿Has oído algo sobre el regreso de Thane Nighthollow?

Levanté la vista.

—¿Quién?

—El CEO de Nighthollow Industries. El multimillonario más joven del ranking de fortunas de las manadas norteamericanas.

Dicen que es un genio de los negocios. —Oliver se inclinó un poco hacia delante—.

Lo levantó todo de la nada desde Las Vegas.

Ni una aparición pública. Ni una foto en ninguna parte.

Nadie sabe a ciencia cierta qué aspecto tiene.

Bajó la voz.

—La base de Nighthollow Industries es la coalición del Territorio Renegado de Las Vegas. Todas las manadas o los temen o quieren acercarse a ellos.

—¿Y ha vuelto?

—Los resultados de la licitación de desarrollo regional han salido esta mañana. Nighthollow Industries se ha llevado varios de los proyectos principales. Ha vuelto, sin duda.

Noté que algo se removía por dentro.

—Mándame todo lo que tengas sobre ellos —dije—. Y consígueme el contacto de su asistente.

Oliver me lo tuvo todo listo en diez minutos.

Marqué el número.

Sonó dos veces. Alguien contestó.

—Soy Aria Ravenshade —dije—. Heredera Alfa de la manada Ravenshade. Me gustaría solicitar una reunión con...

La línea se cortó.

Aparté el teléfono de la oreja y me quedé mirándolo.

Me habían colgado.

Dejé el teléfono despacio sobre la mesa.

Ronan ya había llegado hasta ellos.

No solo estaba bloqueando mis acuerdos actuales. Se estaba adelantando a llamar. Cortaba todos los caminos antes de que yo pudiera llegar a ellos.

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