CAPÍTULO Treinta y uno
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(Punto de vista de Aria)
No dormí bien.
Los sueños llegaban a retazos: destellos de mi vida anterior. La cara de Ronan. El asco en sus ojos. El desprecio que nunca se molestó en esconder.
Luego el sueño cambió.
Me empujó.
Caí de espaldas al río. El agua de invierno me golpeó como un muro de hielo y el frío me llegó hasta los huesos.
Un alambre de espino se me enroscó en los brazos y las piernas, se fue apretando despacio y tiró de mí hacia el fondo.
Sentía el pecho como si me hubieran puesto encima una losa. No podía respirar.
Intenté gritar. No salió nada.
El alambre seguía tirando. La oscuridad seguía cerrándose.
Y entonces, justo cuando los pulmones se me rindieron: un olor. Tenue. Familiar. Como hierbas secas calentándose al sol.
Algo cálido me envolvió.
Un latido, lento y firme, contra mi oído.
Mi propio corazón lo siguió hasta calmarse.
El resto de la noche dormí como no había dormido en años. El olor a hierbas se quedó. No sé cómo. Pero se quedó.
No me desperté hasta la mañana.
Kai ya había vuelto de la calle cuando salí del cuarto de invitados.
Dos cuencos de crema de calabaza sobre la mesa. Dos cruasanes de mantequilla, todavía calientes. Él estaba sentado con un periódico, sin levantar la vista.
—Come —dijo.
Me sentí algo incómoda. Me había dado cobijo por una noche y ahora esto.
—No tenías que hacer todo esto —dije.
—Es solo comida. —Pasó una página—. Siéntate.
Me aseé rápido y volví a la mesa.
Olía dulce. Probé una cucharada.
—¿Le has puesto miel? —pregunté.
—Mucha.
Lo miré. Seguía leyendo el periódico, llevándose la cuchara a la boca sin mirar el cuenco, tomándose la crema como si no tuviera adonde ir.
Usaba una de esas cucharas de porcelana fina labrada. De las que ves en un restaurante de lujo. Pero la sostenía como si no fuera nada.
Tomé nota en silencio.
Su gusto y el mío eran casi idénticos. La miel. Los cruasanes. Lo de tomarse las mañanas con calma.
No dije nada de eso en voz alta. Simplemente comí.
Me llevó a casa después del desayuno.
Había llovido toda la noche. El cielo estaba limpio y el sol de la mañana brillaba, afilado y luminoso.
Encendí el móvil mientras esperaba el ascensor abajo.
Lo había apagado la noche anterior porque Ronan no dejaba de llamar desde números distintos. No quería lidiar con eso.
La pantalla se iluminó.
Decenas de mensajes. Todos de números desconocidos. Todos preguntando dónde estaba. El tono empeoraba a medida que avanzaba la noche. Los últimos amenazaban a Ravenshade por su nombre.
Típico de Ronan. Podía imaginarme perfectamente la cara que tenía al escribirlos.
La copa de vino de anoche lo había sacado por completo de sus casillas.
No me arrepentía.
Ravenshade ya estaba acorralada por todos los flancos a los que él podía llegar. Su rabia no iba a empeorar nada para mí.
Los borré uno a uno.
Vi el nombre de Elena en medio del montón.
La llamé.
Contestó al segundo tono.
—Aria. —Le salieron las palabras atropelladas—. Pensaba que Ronan te había arrastrado a algún sitio. ¿Dónde estabas?
—Estoy bien —dije—. ¿Te llamó?
—Anoche. Parecía furioso. Me preguntó si sabía dónde estabas. —Soltó el aire—. ¿Qué pasó después de que te fueras?
Le conté la versión corta.
—No tiene ningún filtro —dijo ella—. Decir eso delante de todo el mundo. Me alegro de que hayas salido de ese matrimonio. Él y Vivian se merecen el uno al otro.
Hizo una pausa.
—Aria. ¿Crees que está…? No sé. ¿Que se está enamorando de ti?
El ascensor se abrió. Entré y pulsé el botón de mi planta.
—Para empezar, nunca sintió nada por mí —dije—. Esto no es que se esté enamorando. Es que no soporta que haya dejado de perseguirlo. No está acostumbrado.
—Eso no son sentimientos. Eso es ego.
—Exacto.
Una pausa. Luego, con cuidado:
—¿Todavía lo quieres?
—No lo odio —dije—. Es lo más generosa que puedo ser. No quiero nada de él. No quiero estar cerca de él. Solo quiero vivir mi propia vida.
El ascensor empezó a frenar.
—No merece ni un segundo de mi tiempo. Para mí se acabó en el momento en que salí de ese juzgado, y sigue siendo así. No…
Las puertas se abrieron.
Una mano salió disparada desde un lado.
Me agarró la muñeca —con fuerza— y tiró de mí.
Me estrellé de espaldas contra la pared del pasillo. El impacto me dejó sin aire. El móvil se me cayó al suelo.
Una oleada de presión Alpha se me vino encima.
—¿Te acostaste con él?
La voz era baja. Áspera. Apenas contenida.
Parpadeé, todavía recuperando el aliento.
Ronan.
Estaba justo delante de mí. Me tenía la muñeca inmovilizada contra la pared. Tenía los ojos inyectados en sangre, enrojecidos por los bordes, con ese brillo ámbar de lobo ardiendo por debajo. La camisa, arrugada. La mandíbula, apretada.
Parecía que no había dormido.
—¿Te acostaste con Kai anoche?
Intenté soltarme. Su mano no cedió.
—Suéltame —dije.
—Contéstame.
Bajó aún más la voz. Lo preguntó otra vez, más despacio, arrastrando las palabras como si cada una le costara algo.
—Te he buscado toda la noche —dijo—. Toda la noche, Aria.
Me quedé mirándolo.
Este hombre había perdido la cabeza del todo.
—Estamos divorciados —dije—. Lo que hiciera anoche no es asunto tuyo.
Algo se movió en el fondo de sus ojos. Oscuro. Inestable.
—¿Acabas de salir de nuestro matrimonio y ya tienes esa intimidad con otro hombre? —Le salió la voz tensa y cortante—. Primero Beckett. Ahora Kai. ¿Qué significa esto?
—Es mi vida —dije—. Y renunciaste a cualquier derecho sobre ella.
—Lo haces a propósito. —Apretó la mandíbula—. Quieres montar un escándalo. Dejar mal a las dos manadas.
Casi me reí.
—Le dijiste a una sala llena de gente que yo era una Luna sin marcar que ningún Alpha querría —dije—. ¿Y ahora te plantas aquí a preguntarme por qué sigo adelante con mi vida?
No contestó.
—Lo dijiste tú mismo anoche —dije—. Nadie quiso marcarme. Muy bien. Pues te demostraré que te equivocas. No necesito que me desees. Nunca lo he necesitado.
La presión de su mano cedió un poco. Solo un poco.
—Esa noche no pasó nada entre Vivian y yo —dijo—. En el hotel. Nada.
—No me importa.
—Aria…
—No me importa —repetí con voz plana—. Aunque esa noche no pasara nada, te pasaste un año tratándome como si no existiera. A ella se lo diste todo. Eso no se arregla con decirme que esa noche no pasó nada.
No se movió.
—No tienes derecho a cuestionar adónde voy ni con quién estoy —dije—. Ya no. Tomaste tu decisión.
Por fin apartó la mano de mi muñeca.
Di un paso atrás y puse distancia entre los dos.
—Ronan. —Me salió la voz firme—. Elegiste a Vivian. Pues quédate con Vivian. Deja de acercarte a mí. No voy a ser el plan B de nadie, y no voy a permitir que me hagas parecer la otra.
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