CAPÍTULO Treinta
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(Punto de vista de Aria)
—Estoy bien —le dije a Beckett—. Vuelve dentro.
—Aria…
—Lo digo en serio. Vete.
Se quedó ahí un segundo y luego volvió hacia el salón.
Eché a andar.
No iba a ninguna parte. Caminé sin más por la calle, delante del local, mientras el ruido de la fiesta se apagaba a mi espalda. Las palabras de Ronan seguían atravesadas en el pecho, como algo que se traga mal.
Una loba que pasó un año entero como Luna y a la que nunca marcaron. Algo que ningún otro Alfa quiso.
La lluvia llegó sin avisar.
Un segundo antes no caía ni una gota. Al siguiente, diluviaba: agua fría y violenta que me empapó el vestido en cuestión de segundos.
No me moví.
Me quedé ahí, en la acera, y dejé que me cayera encima. El pelo se me pegó a la cara. Los tacones se me llenaron de agua. Aguanté de pie hasta que se me durmieron las piernas, y entonces me rendí y me acurruqué en el bordillo, abrazándome a mí misma, temblando un poco.
La lluvia sonaba fuerte. Apenas oía nada más.
Entonces, sobre mi cabeza, se hizo el silencio.
Un paraguas.
Alcé la vista.
Kai estaba de pie a mi lado. Lo sostenía sobre mí, no sobre él. Tenía la camisa blanca ya empapada.
No dijo nada dramático. Solo me miró y preguntó:
—¿Quieres venir conmigo?
Tenía la cabeza hecha un lío. Pero asentí.
Intenté ponerme de pie. Llevaba demasiado tiempo con las piernas dormidas. Me flaquearon y me fui hacia delante.
Su brazo me sujetó por la cintura antes de que llegara al suelo.
Nos quedamos así un momento, bajo la lluvia. Yo pegada a su pecho, con la oreja contra la camisa. Le oía el corazón. Lento y firme. Regular.
Chloe se calló en algún lugar muy dentro de mí.
No me aparté de inmediato.
Seguía latiendo. Lento. Constante. Como si no tuviera ninguna prisa.
Al cabo de un momento me incorporé. Él mantuvo el paraguas sobre mi cabeza todo el tiempo.
Caminamos hasta su coche sin decir una palabra más.
Me llevó a Skyline Residences.
Me senté en su sofá y no hablé. No estaba lista para hablar. Él no insistió.
Desapareció unos minutos y volvió con ropa doblada: un pijama de hombre limpio. Lo dejó en el cojín, a mi lado, y señaló el baño sin decir nada.
Estuve casi media hora metida en la bañera. Cuando salí, tenía las yemas de los dedos arrugadas y el nudo del pecho se me había aflojado un poco.
Había dejado leche caliente esperándome en la encimera. También había un pastelito en un plato; parecía que ya lo tenía en la nevera, como si lo hubiera comprado antes.
Lo puso todo en una bandeja y me lo trajo.
—Gracias —dije en voz baja.
Me senté en el sofá y comí a bocaditos. El pastel estaba dulce. Ayudó un poco.
Se sentó enfrente, sin hablar. Bajó la mirada una vez hacia mi pelo —aún húmedo, envuelto en la toalla que había cogido— y luego la desvió.
—La habitación de invitados está lista —dijo. Su voz sonaba más grave que de costumbre.
Fue entonces cuando me di cuenta.
Seguía con la camisa blanca del banquete. Empapada, secándose ahora sobre la piel. Desde que habíamos entrado no había dejado de traerme cosas. No se había cambiado de ropa.
Pensé en las otras veces que me había ayudado.
Nunca pedía nada a cambio. Sin condiciones. Sin segundas intenciones.
Era, simplemente… buena persona.
No me permití pensar más allá de eso.
Pero entonces volvieron las palabras de Ronan.
Una loba que pasó un año entero como Luna y a la que nunca marcaron. Algo que ningún otro Alfa quiso.
Apreté los dedos en torno a la cucharilla que tenía en la mano. Los nudillos se me pusieron blancos.
No estaba enfadada porque hubiera elegido a Vivian. Hacía mucho que eso había dejado de importarme. Lo que no soportaba era cómo lo había dicho. Como si fuera un hecho. Como si fuera culpa mía.
El que se negó a marcarme fue él.
Nuestro matrimonio era un contrato. Nunca me trató como a su esposa. Ni una sola vez. ¿Con qué derecho lo usaba ahora contra mí?
Siempre sabía exactamente dónde clavar el cuchillo.
Chloe se movió, en algún lugar muy profundo. Suave. Como si intentara acercarse a la herida.
Respiré hondo y volví a enterrar la sensación.
Hoy había sido un mal día. Nada más. Solo un mal día.
(Punto de vista del autor)
En la finca de la manada Iron, Penelope se había encerrado en una habitación de invitados después de marcharse del salón.
Dentro se oía romperse cosas. Había tirado todo lo que tenía a mano.
Lucius estaba de pie al otro lado de la puerta.
—Penelope. Es tu cumpleaños. No puedes esconderte ahí dentro toda la noche.
Ella no contestó. Luego le gritó a través de la puerta que se había puesto del lado de una desconocida antes que del de su propia hija.
Lucius se quedó ahí un momento. Entonces oyó pasos en el pasillo.
Damon.
Lucius lo agarró del brazo.
—Ve a hablar con ella.
Damon se acercó a la puerta y llamó dos veces.
—Soy yo.
El pestillo se abrió con un clic casi al instante.
La cara de Penelope cambió al verlo. Se recompuso un poco.
—Damon.
—¿Qué ha pasado? —preguntó él—. ¿Has armado algún lío ahí fuera?
—Empezó ella. —La voz de Penelope se tensó—. Rompió la pieza de cristal que Mara trajo del extranjero. Mi regalo de cumpleaños.
Damon la miró.
—¿Eso es verdad?
Ella titubeó. Luego asintió.
Damon la observó largo rato.
—Yo me encargo —dijo.
Ya sabía que estaba mintiendo. Había oído lo suficiente para reconstruir lo ocurrido: Penelope había retrocedido y se había chocado con Aria, y Aria simplemente estaba allí de pie. Pero la manada Iron no necesitaba motivos para ir a por alguien. Solo necesitaba un blanco.
Aria no había hecho nada mal.
Eso no importaba.
Ronan ya despreciaba a Aria. Que Damon actuara contra ella era prácticamente hacerle un favor a Ronan. Dos pájaros de un tiro.
Se dio la vuelta y volvió por el pasillo.
(Punto de vista de Aria)
De vuelta en Skyline Residences, había acabado de secarme el pelo y le había mandado un mensaje a Oliver para decirle que estaba bien.
Volví al baño a colgar el vestido. Estaba empapado. Por la mañana lo llevaría a la tintorería.
El móvil vibró sobre la mesita de centro.
—Kai —llamé a través de la puerta—, ¿puedes cogerlo?
Una pausa. Después lo oí cogerlo.
Seguí colgando el vestido. Pasó un minuto.
Luego otro.
Salí del baño.
Estaba volviendo a dejar el móvil en la mesa.
—¿Quién era? —pregunté.
—Tu exmarido.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quería?
—Preguntó dónde estabas.
—¿Y qué le dijiste?
—Nada útil. —Hizo una pausa—. Le dije que estabas ocupada.
—¿Dijo algo más?
—Preguntó quién era yo. Se lo dije. Quería saber si estabas conmigo. Le dije que sí. Me contestó que ya me había advertido que me mantuviera alejado de ti. —La voz de Kai sonaba neutra—. Le dije que tú ya no eras asunto suyo. Y después colgué.
Me quedé allí un segundo.
—Bloquea el número —dije.
—Ya está hecho.
Dejó el móvil y se metió en el estudio a trabajar.
Me senté en el sofá.
La leche que me había calentado ya estaba fría. Aun así, me quedé con la taza entre las manos.
A medianoche se abrió la puerta del estudio. Salió y se detuvo al verme todavía en el sofá.
Se acercó y se sentó a mi lado.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy bien. —Hice una pausa—. Solo estaba pensando en algo.
Él esperó.
—Mientras colgaba el vestido —dije—, me acordé. De tu trabajo. De tu situación.
Lo miré.
—Me preocupaba que apareciera alguna mujer aquí en mitad de la noche y que por mi culpa perdieras una clienta.
Me miró un momento.
—Eso no va a pasar —dijo—. Eres la primera persona que entra aquí.
—Vale —dije en voz baja—. Buenas noches.
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