CAPÍTULO Veintiocho
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(Punto de vista de Aria)
Beckett me paseó por el salón durante unos veinte minutos.
Ronan no se acercó en ningún momento.
Me daba cuenta de que Beckett se estaba aburriendo. No dejaba de mirar a una mujer que estaba junto a la barra, alguien a quien claramente conocía. Al final se inclinó hacia mí, dijo algo de ponerse al día con una vieja amiga y desapareció entre la gente antes de que pudiera contestar.
Me dejó allí plantada.
Miré alrededor.
Sabía perfectamente cuál era mi situación. El nombre de Ravenshade ya no pesaba lo que antes. Si me acercaba a alguien y empezaba una conversación, parecería que me estaba arrimando a cualquiera que quisiera acogerme.
No iba a hacer eso.
Encontré un sofá vacío en una esquina, me senté y cogí una copa de vino tinto de la bandeja más cercana. No bebí. Solo la sostuve y observé la sala.
El salón estaba lleno de gente que actuaba para los demás. Había estado en suficientes fiestas como aquella para saber cómo funcionaba.
Unos sofás más allá, un grupo de mujeres conversaba. Una de ellas hablaba lo bastante alto como para que la oyera con claridad sin proponérmelo.
Reconocí la voz incluso antes de mirar.
Brenda.
Era una loba de alguna manada menor. Habíamos ido a la misma universidad. Por entonces había un chico que no dejaba de seguirme a todas partes. A Brenda le gustaba. Nunca me lo perdonó, aunque yo jamás hice nada para darle alas.
Entonces mantuvo la boca cerrada porque Ravenshade tenía dientes.
Por lo visto había decidido que ya no los teníamos.
—…dale un mes —estaba diciendo—. Volverá con Ronan arrastrándose, con el rabo entre las piernas.
Una de las otras mujeres se rio.
—Yo diría tres semanas.
—¿La habéis visto entrar con Beckett? —dijo otra—. Eso no va en serio. Solo quiere darle celos a Ronan.
—Evidentemente —dijo Brenda—. Ahora mismo no tiene nada más a su favor.
Me quedé ahí sentada un momento, escuchando.
Dejé la copa en la mesita auxiliar.
Miré hacia ellas.
—Me apuesto la vida entera —dije—. No voy a volver.
La conversación se cortó.
Brenda giró la cabeza. Abrió mucho los ojos un segundo al darse cuenta de que estaba justo ahí.
—Os he oído perfectamente desde aquí —dije—. Igual deberíais bajar la voz.
Brenda se recompuso rápido. Su expresión se volvió más afilada.
—Debe de ser duro de ver —dijo ella—. Ronan y Vivian no se separan últimamente. Todo el mundo sabe que ella es la razón de vuestra ruptura. ¿No crees que estás exagerando un poco?
La miré.
—Harvey volvió a salir anoche, ¿verdad? —dije.
Le cambió la cara.
—Cuando llegues a casa —dije—, revísale la chaqueta. Averigua de quién es ese olor antes de que tenga que decírtelo otra persona.
La mujer sentada junto a Brenda apretó los labios. Alguien detrás de ella emitió un sonido que casi fue una risa.
A Brenda y a Harvey los habían juntado sus familias. Cualquiera con dos dedos de frente en aquella sala sabía que Harvey andaba con otras lobas desde la luna de miel. Había dejado a Brenda sola en una cabaña de vacaciones al tercer día.
No era ningún secreto. Simplemente, nadie lo había dicho nunca en voz alta delante de ella.
Hasta ahora.
A Brenda se le puso la cara roja. Luego pálida.
—Tú…
Bajó la voz hasta un tono tenso y feo.
—Tú no fuiste capaz ni de retener a tu propio marido.
—Piensa dónde estás antes de volver a decir eso —dije.
Mantuve la voz neutra.
—Todo el mundo en esta sala sabe lo tuyo con Harvey. Si sigues hablando, serás tú la que salga de aquí avergonzada. No yo.
Le temblaban las manos.
No dijo nada.
No podía. No tenía nada a lo que agarrarse y lo sabía.
Chloe se removió en algún lugar profundo y silencioso dentro de mí, perezosa e indiferente, como si se hubiera pasado media dormida toda la escena y aquello solo le resultara un poco molesto.
No me interesaba alargar aquello.
Cogí la copa, me levanté y aparté la mirada de Brenda.
Fue entonces cuando lo vi.
Kai estaba de pie a unos cinco metros.
Llevaba una americana oscura e informal, nada llamativo, nada que pegara con la gente excesivamente arreglada que lo rodeaba. Parecía completamente fuera de lugar, en el mejor sentido posible: quieto y callado mientras todos los demás actuaban.
Ya tenía los ojos puestos en mí.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí.
Había visto toda la escena con Brenda. Estaba casi segura.
Sentí una pequeña oleada de incomodidad recorriéndome.
Me acerqué de todos modos.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Alguien me ha arrastrado —dijo él.
Eché un vistazo alrededor de él. No lo acompañaba nadie. Ninguna mujer cerca, ninguna mano en su brazo.
La opresión del pecho cedió, apenas un poco.
Preferí no indagar demasiado en eso.
Nos quedamos uno al lado del otro, mirando el salón. No se puso a llenar el silencio con charla, algo que le agradecí. Casi nadie aguanta un momento de silencio. Kai se quedó allí sin más, como si no le incomodara lo más mínimo.
El aire acondicionado del salón estaba puesto demasiado fuerte.
Noté cómo el frío se me metía en los hombros.
—Voy a buscar un sitio donde sentarme —dije—. Aquí hace un frío que pela.
Fui a darme la vuelta.
Algo me golpeó por detrás.
Fuerte.
El cuerpo se me fue hacia delante. Saqué una mano para frenar la caída, pero Kai ya estaba allí: levantó el brazo en un instante y me agarró del mío, con firmeza y seguridad, y me enderezó antes de que llegara a trastabillar.
Me sujetaba con firmeza.
Me soltó en cuanto recuperé el equilibrio.
Un chasquido seco resonó en todo el salón.
El murmullo de la sala bajó un momento y varias cabezas se volvieron hacia nosotros.
En el suelo, junto a mis pies, los trozos de una figura de cristal hecha pedazos devolvían destellos de luz.
Me di la vuelta.
Penelope Iron estaba detrás de mí, con los ojos muy abiertos y una mano todavía en alto por el impacto.
Iba caminando de espaldas y no me había visto.
La expresión le cambió rápido: del sobresalto a algo más duro.
—¿Qué haces ahí plantada en medio del salón? —espetó.
No contesté.
—Era una pieza de cristal —dijo ella, cada vez con la voz más alta—. Una amiga me la trajo del extranjero. Era un regalo de cumpleaños. —Señaló los pedazos que había en el suelo—. Me la vas a pagar.
Lo dijo como si ya estuviera decidido.
Un año antes no me habría hablado así.
Ravenshade había perdido terreno, y Penelope lo sabía. Allí plantada, con la barbilla alta, convencidísima de que tenía la sartén por el mango.
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