CAPÍTULO Veinticuatro
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(Punto de vista de Aria)
El móvil vibró en plena revisión de presupuestos.
El nombre de Derek en la pantalla.
Dejé el bolígrafo y contesté.
—Sala de juntas. Ahora.
Colgó antes de que yo pudiera responder.
Cogí la carpeta y subí.
Felix salía de la sala de juntas justo cuando llegué a la puerta.
El Beta de Ronan. Aquí.
Me lanzó una mirada rápida —con algo complicado en los ojos— y pasó de largo sin decir palabra.
Empujé la puerta.
Derek estaba de pie. Victor, sentado, con los brazos cruzados y el gesto tenso. Los dos parecían haber esperado lo suficiente como para haberse puesto hechos una furia.
Derek señaló la mesa en cuanto entré.
—Stormcrest acaba de enviar una notificación —dijo—. Se retiran de cuatro de nuestros proyectos activos. Cuatro. Necesito que me expliques qué ha pasado y que me digas exactamente cómo piensas arreglarlo.
Miré los documentos extendidos sobre la mesa.
Acuerdos de inversión. Todos cuantiosos. Todos, ahora, papel mojado.
Hice los cálculos rápido.
Cubrir esos huecos significaba congelar todo lo demás. Todos los proyectos que teníamos en cola. Incluida la distribuidora de MK que llevaba tiempo preparando.
No contesté a Derek.
Saqué el móvil y llamé a Ronan.
—Estoy ocupado —dijo. Ni un saludo.
—Tengo algo sobre Vivian —dije—. Sobre su reputación. Creo que querrás oírlo en persona.
Silencio.
—Una hora —dijo, y cortó la llamada.
Derek se me quedó mirando.
—¿Qué estás haciendo?
—Yo me encargo —dije, y salí.
El despacho de Ronan era exactamente como lo recordaba. Líneas limpias, nada fuera de sitio, todo dispuesto para transmitir control.
Estaba detrás del escritorio cuando entré. No se levantó.
Me senté enfrente y fui directa al asunto.
—¿Por qué retiras la financiación?
Se quedó callado un momento.
No respondió.
Lo observé. No iba a decirlo directamente; eso estaba claro. Lo que de verdad lo carcomía, fuera la publicación, fuera Kai, nunca lo diría en voz alta.
—¿Te crees —dijo al fin, con voz plana y dura— que lo que le hiciste a Vivian se olvida así, sin más?
Casi me reí.
Casi no: me reí. Un sonido corto y bajo.
Vivian pone su cara de víctima y él retira millones en inversiones sin pestañear.
Ya había visto esto antes. No algo parecido: exactamente esto.
La otra vez, Vivian se cayó por unas escaleras y le dijo que yo la había empujado.
Ronan no hizo una sola pregunta. Canceló ese mismo día todos los acuerdos que Ravenshade tenía con Stormcrest.
Los proyectos se detuvieron. Los socios se echaron atrás.
La manada se desangró despacio durante los dos años siguientes, y luego más rápido, y luego se acabó.
Fui a verlo. Le pedí —le supliqué, para ser sincera conmigo misma— que pensara en lo que el abuelo había construido. Décadas de trabajo. Me miró como si fuera una desconocida que le pedía algo descabellado, y me dio la espalda.
Vi cómo Ravenshade desaparecía de todas las listas que importaban.
El recuerdo se me quedó en el pecho como una piedra. No era solo pena. Algo más pesado que eso.
Porque fui yo quien metió a Ronan en la vida de Ravenshade. Le confié cosas que no solo yo tenía derecho a arriesgar.
Lo enterré.
Metí la mano en el bolso y saqué un pendrive.
Lo deslicé por el escritorio.
—Míralo antes de decir nada —dije.
Lo cogió. Lo conectó al portátil. Fue pasando archivos.
Estaba todo ahí. Registros de pagos de Vivian a una cuenta de cotilleos de la comunidad lobuna. Registros de transferencias a un tal Dr. Fay, el médico que atendió a Vivian en la clínica privada de Stormcrest donde la trataron.
Vivian y su médico, construyendo una historia juntos.
La expresión de Ronan apenas cambió. Pero las pupilas se le movieron. Solo un poco.
Cerró el portátil.
El sonido fue seco.
—Tus tácticas son cada vez más sucias —dijo—. ¿Te has inventado todo esto y esperabas que me lo creyera?
—Cada vez que te planteaba un problema con Vivian, me decías que te trajera pruebas —dije—. Ahora las pruebas están sobre tu escritorio y dices que son falsas.
Mantuve la voz neutra.
—Si no vas a tomártelo en serio, lo haré público. Que decida la comunidad. Vivian acaba de volver. Todavía no ha reconstruido nada. Si esto sale ahora, su nombre está acabado.
Se levantó.
Me sacaba unos centímetros incluso estando yo de pie. Sentada, la diferencia de altura se acentuaba. Y la usaba a conciencia.
—Stormcrest no necesita socios —dijo—. Si nadie en la comunidad quiere trabajar con Vivian, la financiaré yo. Le montaré una empresa de diseño desde cero.
Bajó la voz.
—Si filtras una palabra de eso, retirar la inversión será el menor de tus problemas.
Sentí que se me tensaban las manos sobre las rodillas.
Alcé la vista hacia él.
—Ravenshade le prestó cinco mil millones a Stormcrest durante la crisis —dije—. Sin ese dinero, tu manada no habría sobrevivido. No tendrías nada de esto.
—Esos cinco mil millones compraron una alianza matrimonial entre dos manadas —respondió—. Y los devolví. Hasta el último céntimo, con intereses.
No apartó la mirada.
—Deberías haberte quedado en tu papel de Luna de Stormcrest en vez de usar a Vivian como excusa para exigir el divorcio. Lo nuestro fue un acuerdo de negocios desde el principio. Y fuiste tú quien lo destruyó.
Se hizo el silencio en la habitación.
Entonces lo entendí: no iba a ceder.
Cogí el bolso y me levanté.
—Ganas esta ronda —dije con voz firme—. Ya has hecho lo que viniste a hacer por Vivian. Te pido que, de ahora en adelante, te mantengas al margen de los asuntos de Ravenshade.
Me miró.
Había algo en su expresión que no supe nombrar. Como si mirara a alguien que no reconocía del todo. La versión de mí misma que solía doblegarse ya no existía, y él todavía no se había acostumbrado a la que tenía delante.
Volvió a sentarse.
—Ya veremos —dijo—. Fuera.
Le dediqué una última mirada.
Salí de allí.
Me sonó el teléfono antes de llegar al ascensor.
Oliver.
—Victor y Derek acaban de salir hacia el hospital —dijo—. Van a ver al anciano Richard.
Ya iba camino de la salida.
Conduje directamente hasta allí.
Cuando llegué al pasillo del hospital, los dos estaban sentados en el banco frente a la habitación del abuelo. Derek llevaba la camisa por fuera. A Victor se le había torcido un poco la chaqueta.
Les habían negado la entrada.
Derek se puso de pie antes de que yo llegara hasta ellos.
—¿Por qué tienes a gente bloqueando la entrada? —dijo—. También es de nuestra familia. No te corresponde a ti decidir quién lo visita.
Después del incidente con los ancianos y los parientes lejanos apiñados alrededor de su cama, esa misma noche le había pedido a Oliver que apostara unos cuantos guardias de Ravenshade frente a la habitación del abuelo. Sin interrupciones. Sin sobresaltos.
—Necesita descansar —dije.
Me volví hacia Victor.
—Ya te dije que me encargaría del asunto de Stormcrest —dije—. Así que explícame qué haces aquí, plantado junto a la cama de un hombre enfermo.
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