Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO Veintitrés
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CAPÍTULO Veintitrés

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(Punto de vista de Aria)

Dejé el comedero de Barnaby junto a la encimera de la cocina y lo vi lanzarse sobre él como si no hubiera comido en una semana.

Luego le puse el bebedero. Y después, la camita que había comprado en la tienda de animales de vuelta a casa.

Ya lo había bañado. Meterlo en la bañera había sido toda una odisea. Se retorció con tanta fuerza que acabé medio empapada yo también.

Ahora estaba sentado en medio del suelo del baño, todavía húmedo, mientras yo alargaba la mano hacia el secador.

Sonó el timbre.

Dejé el secador y fui a abrir.

Ronan estaba de pie en el pasillo.

Cerré la mano con fuerza sobre el pomo.

—¿Qué quieres? —pregunté.

Tenía el gesto frío. No se molestó en saludar.

—Antes incluso de presentar los papeles —dijo—, ya estabas con él.

—¿Perdona?

—Esa publicación. —Hablaba sin inflexión alguna—. Felix la sacó de camino aquí. Llegó a la lista de tendencias y la retiraron en menos de diez minutos. Esa clase de rapidez significa que alguien tenía mucha prisa por enterrarla.

Clavó los ojos en los míos.

—Alguien como tú.

—Y crees que fui yo.

—Te empeñaste en el divorcio sin venir a cuento. Y en cuanto se cerró el papeleo, ese hombre te estaba esperando a la salida del juzgado. —Se inclinó ligeramente hacia delante—. Eso no es una coincidencia. Es un plan.

Lo miré un momento.

—Has conseguido decir todo eso sin levantar la voz —dije—. Eso sí es un avance.

No reaccionó.

—La publicación era falsa —dije—. Esas fotos las sacaron esa noche sin que yo lo supiera. Entre Kai y yo no pasó nada. Nada.

Le sostuve la mirada. No aparté los ojos. No tenía nada que esconder.

Me observó un buen rato, como si estuviera pesando cada palabra.

Antes de que pudiera decirle que se fuera, empujó la puerta y entró directamente en el apartamento.

Fruncí el ceño.

—Eso es increíblemente grosero.

—Vivimos bajo el mismo techo durante un año —dijo, ya pasando por delante de mí—. Esto no cuenta como allanamiento.

—Eso era antes —dije—. Ahora estamos divorciados.

No se detuvo.

Su expresión cambió mientras miraba alrededor. Era un apartamento limpio. Sencillo. Nada lujoso. Lo había elegido porque estaba cerca del hospital donde estaba ingresado el abuelo.

Ronan miró las paredes, los muebles, el poco espacio que había.

—¿Vives aquí? —dijo, y el tono con el que lo dijo convirtió la pregunta en algo completamente distinto.

Me quedé junto a la puerta sin decir nada.

Recorrió el apartamento despacio. Vi cómo se le dilataban las fosas nasales: solo un poco, solo una vez.

Lo único que iba a captar era mi olor. Y el de perro mojado.

Eso era todo.

Ningún otro lobo. Ningún hombre. Nada.

La tensión de sus hombros cedió. No mucho, pero lo bastante para que yo lo notara. Había venido a comprobarlo. Y ya tenía su respuesta.

Salió del baño.

Una mancha blanca salió disparada de debajo del mueble del lavabo.

Barnaby seguía húmedo. Plantó las patas en medio del suelo, miró directamente a Ronan y se sacudió con todas sus fuerzas.

Salpicó agua por todas partes.

Ronan se quedó completamente inmóvil. Luego se miró la camisa y la chaqueta empapadas. Sacó un pañuelo del bolsillo y empezó a frotar la tela.

—Desházte de él —dijo.

Barnaby no se deshizo de sí mismo.

Trotó directo hasta los pies de Ronan y se sacudió otra vez.

Luego salió disparado a esconderse detrás de mis piernas y se quedó allí sentado, con aire de lo más satisfecho.

La mayoría de los lobos se achicaban delante de un Alpha. Sentían la presión y se hacían pequeños.

Barnaby acababa de sacudirle el agua encima a Ronan dos veces y se había escondido detrás de mí como si hubiera ganado algo.

Apreté los labios.

No iba a sonreír.

La expresión de Ronan había pasado de la irritación a algo peor.

Bajé la vista hacia Barnaby.

Este perro tenía muy buen ojo para la gente.

—Ya no formo parte de Stormcrest —dije, volviendo a levantar la mirada hacia Ronan—. Deja de hablarme como si estuvieras dando órdenes.

No dijo nada.

—Antes dejaba pasar las cosas porque me importabas —dije—. Ya no. Así que aquí no tienes ningún derecho. Ninguno.

Señalé la puerta con la cabeza.

—Vete. O dejo que Barnaby se familiarice un poco más con tu chaqueta.

Se giró hacia la puerta.

Me sonó el teléfono.

Lo cogí.

—¿Diga?

—¿Cómo se está adaptando Barnaby? —La voz de Kai sonó relajada, sin prisas—. ¿Te está dando guerra?

—Acabo de bañarlo —dije—. Mañana lo llevo a la peluquería canina. El pelo se le está volviendo imposible.

—Odia el secador. Te lo advierto.

—Ya me he dado cuenta.

Colgué.

Ronan no se había movido.

Estaba de espaldas a mí, con una mano apoyada en el marco de la puerta.

—Ese perro —dijo con voz muy baja—. ¿De quién es?

Se dio la vuelta.

—Esa voz del teléfono —dijo—. La he oído antes. Fuera de la taberna.

Le sostuve la mirada.

—Eso no es asunto tuyo —dije.

Algo cambió en su cara. La frialdad se agrietó, solo un segundo, y por debajo asomó algo más feo.

—Me da igual con quién pases el tiempo —dijo con voz baja y tensa—. Pero hazlo con discreción. Deja de airear las cosas donde las vea todo el mundo. Deja en mal lugar a las dos manadas.

—Curioso consejo —dije—. Quizá deberías aplicártelo tú mismo. Vivian y tú fuisteis inseparables durante años. ¿Eso te pareció discreto?

Apretó la mandíbula. No tenía nada que responder a eso.

Bajé la vista.

—Barnaby —dije—. Ve.

Barnaby salió disparado como si hubiera estado esperando justo ese momento.

Ronan empujó la puerta y se marchó.

La puerta se cerró con un clic a su espalda.

Solté el aire.

Barnaby volvió trotando hacia mí, con la cola girando en círculos completos, muy satisfecho de sí mismo.

Cogí el secador.

Cuando por fin tuvo el pelo seco, esponjoso y ridículo, ya era más de medianoche.

Cogí el móvil y le escribí a Elena.

La publicación de antes, ¿fuiste tú quien consiguió que la quitaran?

Su respuesta llegó unos minutos después.

¿¿No?? Mi madre me arrastró a una cosa social de la manada, apenas he mirado el móvil toda la tarde. ¿¿Qué ha pasado??

No había sido Elena.

Ronan creía que había sido yo.

Entonces, ¿quién había sido?

Envié otro mensaje.

¿Puedes ayudarme a averiguar de dónde salió la publicación? Quién la colgó primero.

Dejé el móvil y me fui a la cama.

Los mensajes de Elena llegaron a la mañana siguiente, antes de que me terminara el café. Varios, uno detrás de otro.

Aria.

Fue Vivian.

Pagó a una cuenta de cotilleos para que lo publicara. He encontrado el rastro.

Y hay más: Oliver recibió un correo anónimo esta mañana. Tiene los registros de sus pagos a la cuenta Y una transferencia que hizo a alguien llamado Dr. Fay.

Tenemos que ir a plantarle cara AHORA MISMO.

Respondí despacio.

Cálmate. Todavía no vamos a hacer nada.

Las pruebas se quedan donde están hasta el momento adecuado. Y ese momento no es ahora.

Dejé el móvil boca abajo sobre la mesa y me terminé el café.

Una hora más tarde fui en coche a la oficina. Oliver ya estaba esperando en la entrada con una carpeta en la mano.

—La información que me pidió —dijo, y echó a andar a mi lado.

Abrí la carpeta mientras caminábamos.

MK. Una marca de lujo con raíces en una manada europea, bien consolidada, reconocida internacionalmente.

Habían publicado un anuncio unos días antes: buscaban un distribuidor regional para la zona de las Montañas Rocosas.

Un representante vendría a Denver en dos semanas para evaluar a los posibles socios.

Oliver hizo una pausa.

—Una marca del nivel de MK —dijo con cautela— va a atraer el interés de la división comercial de todas las manadas importantes del país. —Me miró de reojo—. Con los recursos y el alcance que tiene Ravenshade ahora mismo… nuestra posición competitiva no es precisamente fuerte.

No terminó la frase.

No hacía falta.

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